Columna

Opinión: La revolución ha comenzado

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Por Caleb Ordóñez Talavera  @CalebMx
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NOTA DEL EDITOR: Caleb Ordóñez es abogado, comunicador y especialista en Periodismo digital por la Universidad Complutense de Madrid.


Sin duda, el país está despertando.

El movimiento de los jóvenes universitarios es un anhelo cumplido por ver a una nueva generación manifestarse y hacerse notar, buscando cambiar cosas, modificar sistemas, penetrar en los temas más importantes de la nación. ¿A quién no le emociona ver sin distingos sociales, religiosos e ideológicos a miles de jóvenes unirse y levantar la voz? Los más jóvenes hacen rugir su voz en medio de la apatía y el silencio, de la tensa estabilidad y una sociedad inmovilizada. Impacta ver las miradas llenas de ganas, de fuerza y hasta furia por despertar del letargo que hemos vivido; son los estudiantes de la Ibero quienes perdieron el temor y la intimidación frente a los políticos, dieron un ejemplo nacional de valentía ante el hartazgo.

Aunque no representan a toda la juventud  del país,  los universitarios capitalinos que se han activado de pronto, si representan el hambre de manifestación y expresión de millones de mexicanos, el cansancio y la degradación, representan al pobre que no tiene voz porque no se le ha permitido levantarla. El legítimo reclamo de la nueva generación, viene llena de esperanza y avizora que no todo esta perdido en México. Jóvenes que cuestionan y hacen temblar los sistemas establecidos por años; nuevos ideólogos que encuentran en la quimera del nuevo país, la causa justa por la cual movilizarse y movilizar a otros. Un movimiento civil ha despertado en el país, que debemos cuidar, alimentar y motivar. Que no debe callar jamás, hasta que las estructuras de corrupción sean destruidas, hasta que el hambre sea exterminada, hasta que cada mujer y hombre en México sea totalmente libre y feliz. No debe nadie callar la voz de aquellos que vuelven a soñar que las cosas pueden y deben cambiar. Nadie tendría la autoridad moral de detenerlos. Algunos creemos que la alarma nacional resuena tan audible que es imposible no unirse a la ola de los que buscan reformar las cosas.

Otros también gritan

 “¡Estamos hasta la madre!”, gritan unos;  “¡Justicia para nuestras hijas¡” gritan en otro lugar; “¡Que termine la guerra!” Reclama la mayoría. Gritos desesperados en el país, en cada punto cardinal, reclamos justos ante oídos aparentemente sordos y regímenes indolentes. Hoy nace un grito, justo en medio de las elecciones más importantes de los próximos 50 años, cuando más de ocho millones de mexicanos votarán por primera vez y definirán al próximo presidente de la República.

La manifestación, estoy seguro, no es propiamente contra Enrique Peña Nieto, sino contra la clase política de éste país, a quien los hemos hecho dueños y señores de nuestras voluntades. Ellos, envestidos de poder y fuero, tratados como la aristocracia, a quienes les aplaudimos por hacer su trabajo; la cultura mexicana del político rodeado de potestad y preponderancia ante  el ciudadano atrincherado y temeroso. La lucha de los osados, no será en vano y eso ya esta en el ánimo de todos los que un día estuvimos a merced del temor ante la venganza política.

El movimiento ha despertado, más fuerte y audible que nunca, no es propiamente a favor de un candidato, una bandera o un color, (¡Qué decepcionante si así fuera!) sino a favor de romper los paradigmas y las cadenas que nos han oprimidos por siglos, que nos tienen aprisionados. Los que dieron arranque a este mover  y aquellos que luego nos unimos debemos encausar este fuego a favor de los que menos tienen, no desperdiciarlo en una situación electoral.

Un movimiento encausado

Si te sientes identificado con esta fuerza, con la pasión de un nuevo país, no solo reclames que los políticos cambien, no es a través del odio y la división que se transforman las naciones, sino moviéndonos, llevando justicia donde ni siquiera la conocen; es el tiempo de que nosotros, la gente, los de a pie también nos autocritiquemos y decidamos ser el cambio que queremos ver en el país, parafraseando a Mahatma Gandhi.

Marchemos, sí, por todas y cada una de las causas que merecen justicia en México. Marchemos, juntos contra el hambre en la sierra tarahumara, llevemos educación y esperanza a los zapotecos, mayas, purépechas, mixtecos, yaquis, kikapúes y otomíes. Forjemos una nueva realidad a más de 30,000 niños huérfanos por la guerra contra el narco, unámonos al clamor de justicia de aquéllos que no lo han encontrado. ¿Somos miles? Representemos la fuerza, levantando casas en las zonas serranas, uniéndonos a organizaciones civiles en contra del cáncer en los niños, del sida, de la maldita droga. Es un llamado desde esta humilde trinchera a los que ya organizan a la fuerza de este país, desde las redes sociales como en las universidades: Marchemos rumbo a un nuevo país, sin necesidad de reclamos, odios ni amores a los “redentores” políticos. Uniendo esfuerzos a lo que realmente importa. Éste país nos necesita enfocados.

Ya somos miles, es nuestro tiempo, la revolución ha comenzado.

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