CRÓNICA

El partido de #YoSoy132 vs. simpatizantes de Peña

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Por Óscar Balderas  @oscarbalmen

A los 24 años, Juan José no conocía el Estadio Azteca. Desde que tiene memoria, su sueño era conocerlo y ver un juego, el que fuera, desde las gradas del coloso de Santa Úrsula. Sus amigos saben que este mecánico de Atizapán solía decir “daría mi vida por estar en el Azteca”.

Por eso, cuando un cliente y miembro del PRI le ofreció hace una semana dos boletos para el juego entre México y Guayana, Juan José aceptó cualquier condición.

¿Qué tenía que hacer? La orden era simple, pero contundente: había que bloquear todo lo que pareciera #YoSoy132. Si había que quitar mantas, arrebatarlas; si había que romper cartulinas, rasgarlas; si había que intimidar, golpearlos. Lo que fuera.

Los amigos del “Jefe”, como le dicen los candidatos mexiquenses del PRI a Enrique Peña Nieto,  le dijeron que a cambio del pago de una “actividad de acercamiento al deporte”, él tendría que corresponder con la simple tarea de controlar a unos “revoltosos que no quieren que le vaya bien a México”.

A Juan José, que nunca había peleado en su vida, le pareció un trato justo. Era menos que dar la vida y, además, era un juego en el que alineaba de titular el “Chicharito” Hernández, el mejor ejemplo de la juventud exitosa, antítesis de Juan José y sus pantalones viejos embarrados de aceite.

Así que aceptó. Llegó puntual a las 4 de la tarde del viernes en una esquina de su municipio y se subió al camión que le indicaron. Adentro había banderines, playeras y hasta un lunchibox con un raquítico sándwich de jamón, manzana y jugo de uva que sabía a pintura. Apenas lo tocó; sólo quería ver su boleto prometido en la zona general, la más alejada.

“No se olviden que Paco los invitó”, le dijo un joven que reparía boletos. “¿Cuál Paco?”, preguntó. “¿Cómo que cuál? Pues el hijo de Barrera”, respondió otro.

Y arrancó el camión de Juan José y otros tres más. Sumados, 160 chavos se movilizaron con cargo a la cartera de Francisco Barrera, hijo María Elena Barrera, candidata a senadora en el Estado de México por el PRI y a quien Peña Nieto le dice “mi amiga”.

 EN EL ESTADIO

Cuando el camión de Juan José atravesó la puerta 3 del Estadio Azteca, ya había más de 200 camiones.

Cientos bajaban con boletos regalados desde camiones con el logotipo de Karim Carvallo, aspirante priista a la presidencia municipal de Cuautitlán Izcalli; otros más se desbordaban por los buses de Pablo Bedolla, el priista que busca gobernar Ecatepec; otros con porras para Martha Hilda González, cercana colaboradora de Arturo Montiel y candidata del PRI a gobernar Toluca.

“¡Griten fuerte, chingada madre, para que no les ganen los putos de 132!”, arengaba un priista para calentar gargantas, contra una convocatoria lanzada hace semana y media en redes sociales contra el PRI y Enrique Peña Nieto.

A unos 500 metros, el jefe delegacional de Coyoacán, Raúl Flores, se mesaba el cabello cano con preocupación y extrañeza, ante la llegada de cada vez más y más camiones con logotipos del PRI.

Se quejaba de que nadie avisó, contrario a lo que suele suceder cuando grandes contingentes viajan al Estadio Azteca y piden que les tengan armado un plan de Protección Civil. No estaba previsto algo así. Incluso, preguntaba asombrado ¿cómo es que el PRI viene con 400 camiones repletos? ¿cómo compraron 16 mil boletos de golpe para 16 mil personas?

“Esto es completamente atípico. En tres años de delegado he visto muchas cosas, pero esto es nuevo”, decía Flores, quien movía nerviosamente los dedos sobre el radiolocalizador.

“Esto les debió salir en 3 millones de pesos, fácil, sólo en boletos”, calculó Flores.

EN LA GRADA

Juan José entró al estadio por una puerta en zona general que daba atrás de la portería de Jesús Corona, el guardamenta mexicano. Y aunque a 10 minutos del encuentro el coloso lucía a un tercio de su capacidad, el joven de 24 años no pudo evitar sentir una emoción en el estómago que casi le hace soltar una lágrima.

Lo único que mejoraría el momento sería tener una cerveza, pero costaban 60 pesos y Juan José sólo traía 30 pesos, que le alcanzaron para unos cacahuates japoneses. Estaba a punto de sentarse, cuando de reojo vio que, a unos 200 metros, jóvenes de su misma edad habían extendido una playera gigante de la Selección Mexicana con el número 132.

Emocionado, lo primero que hizo Juan José fue usar sus cacahuates como proyectiles. Cuando se le acabaron, él y varios más corrieron hacia la camiseta. Los dos grupos chocaron. Unos jaloneaban para quitar; otros, forcejeaban para mantenerla. “¡Quítenla, hijos de la chingada!”, “¡No, la camiseta se queda y Peña se va!”. Al final, los #YoSoy132 quitaron la camiseta, entre amenazas de “picarlos” si no lo hacían.

La pelea hubiera durado hasta el primer herido, pero el salto a la cancha de los seleccionados a las 7 de la noche en punto desactivó el peligro. Los divide la política, pero el futbol no, por lo que se decretaron una tregua hasta pasada la alineación y el Himno Nacional.

El estadio no era el hervidero que se preveía. Había gritos flojos por aquí, cornetas por allá, una porra tímida y aplausos distraídos para los jugadores. En la cancha el calentamiento de Giovanni Dos Santos y Andrés Guardado era lento, calculado, sin pasiones, mientras, en la zona general el ambiente era caliente.

Había un partido en el pasto, pero también había uno en las gradas.

EN EL PARTIDO

El primer gol fue para los priistas, aunque, en realidad, fue más un autogol de los #YoSoy132. En redes sociales se había convocado a que después del Himno Nacional se gritaría “¡Fuera, Peña!”, pero nada ocurrió, pues la timidez de los universitarios no activó ninguna protesta. 1-0 a favor de los priistas.

A los 11 minutos un balón cayó del cielo e impactó en el empeine del mexicano Carlos Salcido, quien lo dirigió desde fuera del área hasta la red contraria. El estadio estalló en júbilo. Gritos, abrazos y cerveza volaba por todos lados. La convocatoria de corear “¡El que no brinque es Peña!” con cada gol mexicano se perdió entre la alegría de los aficionados. Juan José sonrió. 2-0 a favor de los priistas.

A los 13 minutos del primer tiempo, un joven delgado de barba prominente y ojos claros sacó una pancarta que decía “¡México no te quiere, Peña!”. La gente cercana le aplaudió; los priistas lo insultaron y alguien le aventó un vaso vacío de cerveza. Como sea, 2-1.

Al cumplirse el primer tercio de juego, los priistas sacaron una manta blanca de unos 3 metro en la que se leía “Peña presidente”. Duró apenas unos instantes, pues segundos después el número 10 de la Selección Mexicana, Giovanni Dos Santos, anotó el segundo tanto. Del lado de los #YoSoy132 hubo burlas para el mal “timming” de los peñanietistas. 2-2.

A los 39 minutos de juego, el movimiento #YoSoy132 remontó el marcador. Un espontáneo grito de “¡Peña, puto!” se expandió como ola en las gradas y retumbó por todo el estadio. "Se acaba de escuchar un grito bastante sonoro... ahora estoy tratando de identificar... contra el candidato Enrique Peña del PRI a la Presidencia de la República", reconoció el locutor de Televisa Javier Alarcón.

El coro duró apenas 38 segundos, suficientes para alterar los nervios de los priistas, que miraban rabiosos a los #YoSoy132, festejando su hazaña como un gol de chilena en Mundial de futbol. 3-2, por primera vez la ventaja es para los opositores al exgobernador del Estado de México.

El segundo tiempo fue el más ríspido: apenas llevaba 3 minutos el juego, cuando Juan José, inexperto en peleas, alcanzó a golpear en la boca a un joven del #YoSoy132 que lo llamó “acarreado”. Eso bastó: llovieron golpes, patadas, mentadas de madre y hasta escupitajos.

Ni siquiera vieron cuando John Rodríguez, de Guayana, marcó un autogol que amplió la ventaja mexicana a tres tantos. O cuando el mexicano Héctor Moreno metió un autogol. Eso era lo de menos. Lo importante estaba en la pelea.

“A ver putos, párense por mi barrio y les rompo la madre”, “Ponte a estudiar, pinche acarreado”, “Ahorita que te vea te voy a desmadrar todo”, “Priista tenías que ser, ignorante”, intercambiaban los dos bandos, hasta que llegó la policía, los dividó, los cercó y les impidió mostrar una manta más.

Pero eso no los cansó. A falta de mantas, más gritos hasta tronar la garganta, lo que provocó que la afición dividiera su atención entre los jóvenes y el partido, que poco ofrecía a unos espectadores que esperaban una goleada.

De pronto, el tesón de los #YoSoy132 metió otro gol. Al minuto 87, el “¡Peña, puto!” volvió a resonar, incluso con más fuerza. La gente en los palcos privados se unió al canto. La afición en plateas y en zonas especiales también coreó. Incluso, un recojebalones vociferaba divertido “¡Peña, puto!”.

Por 27 segundos, el villano del estadio no era el guyanés, Leon Cort, sino el candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto.

Tres minutos después, un silbido terminó con el encuentro. 3-1 entre México y Guayana y en momentos estelares terminó 4-2 a favor del movimiento #YoSoy132.

A LA SALIDA

Juan José abandonó la zona general cabizbajo por el túnel 5. Arrastraba los pies sin energía, con el enojo contenido en el pecho y los sentimientos encontrados de ver ganar a México, pero creer que falló en la misión encomendada.

Decidió poner el último esfuerzo en la salida del Estadio Azteca y unirse a los coros de un grupo nutrido de priistas que cantaban como si fuera Peña Nieto, y no Javier Hernández, el goleador de la selección.

“¡Enrique yo tengo huevos, yo tengo aguante y sigo a los priistas a todas partes!”, “¡Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver ese no es el Peje, es una puta de cabaret!”, “¡Vamos, vamos Enrique, que esta noche tenemos que ganar!”

 “¿Ya para qué culeros, en qué quedamos?”, les gritó un priista que detuvo el entusiasmo. “¡Sí, culeros, dos veces le gritan al 'Jefe' y ustedes no hicieron nada! Ni les hubiéramos dado nada, ya súbanse a los camiones”, ordenó.

El corazón de Juan José quedó hecho añicos. Sintió ese vacío en el estómago y que las piernas le fallarían. Nunca más volvería al Estadio Azteca ni a ver a la Selección Mexicana. Sólo pudo sentarse y esperar a que se le pasara la tristeza.

“¿Qué tienes, chavo?”, le preguntó un hombre. “Nada… es que los putos de los 132 gritaron un chingo y ya no me van a volver a invitar a nada”, contestó Juan José.

Y el mecánico de 24 años subió a su camión, apartó el lunch que le regalaron, se hundió en el asiento y esperó pacientemente a que partieran con rumbo a Atizapán. Con los nudillos blancos del coraje, alcanzó a sacar la cara por la ventana y gritó:

“¡De haber sabido, me traía una llave para romperles su madre!”

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