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Opinión: La red encuestas-PRI, una hipótesis por comprobar

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Por Socorro Díaz  @ADNPolitico
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NOTA DEL EDITOR: Socorro Díaz (Colima, 1949) es periodista. Ha sido diputada, directora del ISSSTE y Liconsa, y subsecretaria de Gobernación. Dejó el PRI por trabajar con Andrés Manuel López Obrador en la campaña presidencial de 2006.

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Una dosis de incertidumbre ha permeado en el ánimo colectivo respecto a los resultados electorales del próximo domingo. Este hecho es en sí interesante y novedoso.

Hace dos meses, antes del encontronazo de Enrique Peña Nieto con  la comunidad estudiantil de México, su carrera a la Presidencia de la República parecía una marcha  triunfal de aciertos, a la espera un tanto aburrida del  trámite costoso de la formalidad electoral.

Pero los tiempos están cambiando.

Una sociedad con mayor nivel de autoconciencia y el prodigio de las comunicaciones han venido a modificar muchas certezas y la percepción política en el país. Los periódicos y la radio y la televisión resultan, de pronto, medios tradicionales y  bastante previsibles para un porcentaje importante de los electores. Los jóvenes en edad de votar por primera vez y los que tienen menos de 30 años no sólo han recordado la mala cara de los gobiernos priistas, sino que sí tienen credencial para votar. Y lo harán.

“La novedad de la patria” es que esté en el aire la hipótesis del triunfo sin retorno, la hipótesis planteada para ser cumplida, no para sujetarse al clásico procedimiento de prueba, acierto o error, se comprueba o se desecha, como corresponde a toda hipótesis que aspira a ser una hipótesis científica, esto es, razonablemente veraz.

Los estrategas que rodean al exgobernador del Estado de México presuntamente tejieron una sólida red de apoyos y compromisos, tanto mediáticos, como vinculados a los poderes fácticos. Habrían tendido, con audacia y sagacidad, un cable conductor entre mediciones de opinión favorables “al candidato puntero” (extrañamente inamovibles), y una estructura electoral anclada en las más decantadas prácticas priistas (con aventajados imitadores en otros partidos) del control de casillas, acarreo de votantes y compra, en especie o en efectivo, del voto de personas  muy pobres o inconscientes.

Del primer eslabón de este “amarre” pueden haberse encargado algunas casas encuestadoras. La relativa similitud de sus resultados –con llamativas excepciones como la antepenúltima medición de Reforma y la última de IPSOS-BIMSA— no es de extrañar. Es práctica frecuente que en las entidades federativas y en diversas localidades los técnicos que levantan cuestionarios para una firma lo hagan para dos, tres o más casas encuestadoras. Aquí estoy dándoles, anticipadamente, una buena coartada.

El último eslabón de la cadena correspondería armarlo a los gobiernos estatales y a las estructuras partidistas. Y aunque se trata de una elección federal, la del primero de julio tendrá un enorme componente local. Trasladado parte del poder político del presidente a los gobernadores, con 20 gubernaturas los dirigentes del  PRI pensaron que ese partido “era mano”, que tenía “cartas marcadas”.

Pero como señalo párrafos arriba se apareció la sociedad autoconsciente, el internet, las redes sociales, los muchachos que ven los acontecimientos en tres o más pantallas… y tienen credencial para votar y ojos, oídos, boca para transmitir de dónde salen los “operativos” electorales, dónde están las bodegas con “utilitarios”, cómo se trasladan, etcétera. En resumen, un segmento importante de la sociedad vigilará la elección.

La otra parte esencial de esta tarea de neutralización de prácticas fraudulentas corresponde a los partidos políticos. Ellos son los responsables de vigilar que los directivos de casillas ajusten sus actos a la ley y cuenten bien los votos.

De eso depende que el ambicioso proyecto planteado por los estrategas del viejo PRI no sea una hipótesis para cumplirse, el primero de julio veremos si se comprueba o se desecha.

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