CRÓNICA

La lucha de #YoSoy132 contra la veda electoral

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Por Óscar Balderas  @oscarbalmen

Los cubrebocas pasan de mano en mano entre la multitud. Hay que tomar uno, pasar el resto y colocárselo para que la boca luzca clausurada. Al fin y al cabo, la cuarta y última marcha antes de la elección del movimiento #YoSoy132 debe ser silenciosa para no romper la veda electoral... pero alguien grita una consigna y es imposible no seguirla, sobre todo cuando resume todo aquello que piensan los presentes en Tlatelolco: “¡México, sin PRI!”. El silencio muere y comienza un ensordecedor aplauso.

Hace una semana, el IFE llamó indirectamente al movimiento #YoSoy132 a no manifestarse contra algún candidato presidencial durante la veda electoral, pues podrían ser sancionados por incumplir el artículo 237 del Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales.

“La ley es específica, no es sólo a los partidos políticos: ninguna manifestación a favor o en contra de algún candidato. Estos actos, estos tres días, están prohibidos”, dijo el consejero presidente del IFE, Leonardo Valdés.

Sin embargo, la multa de hasta 500 días de salario mínimo a quien incumpla con la ley no espanta a la multitud. Los cubrebocas de tela con la leyenda “Que México hable”, que se usarían para la marcha silenciosa, se quedan colgando en los cuellos de los jóvenes antes de que éste empiece, pues en la Plaza de las Tres Culturas gritan hasta desgañitar la garganta “¿y en dónde están, en dónde están, esos del IFE que nos iban a multar?”.

Y es que la concentración es todo menos callada. “Hay que estudiar, hay que estudiar, el que no estudie como Peña va a acabar”; “Que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, ese no es candidato, es un asesino macho burgués”; “Que no quede Peña, que no y que no, que no quede Peña”, son los coros favoritos de unos 10 mil jóvenes que este sábado a las 5 de la tarde se encuentran reunidos en la Plaza de las Tres Culturas.

Son la vanguardia de un contingente que se juega sus últimas cartas ante la inminente llegada del 1 de julio. Su ruta es Tlatelolco, Televisa Chapultepec y terminar en el Zócalo, donde harán un pronunciamiento sobre el movimiento y las elecciones. No habrá silencio, sino todo lo contrario.

A unas horas de la elección presidencial, los universitarios han decidido retar a la ley, salir a las calles y ponerse en una postura de franco repudio al candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto. Es ahora o nunca, dicen.

“Es mejor pagar una multa que pagar con seis años de nuestra vida un gobierno corrupto”, se justifica Jazmín Olvera, de la UAM-Xochimilco, para portar un cartel con un copete engominado tachado con pintura que asemeja sangre.

Así que la marcha comienza a caminar a las 18:30 horas por Paseo de la Reforma rumbo a la sede de la televisora más poderosa del país. Para entonces, los 10 mil jóvenes se han duplicado y caminan haciendo el mayor ruido posible.

“¡Si hay imposición, habrá revolución!”, “Que pena das México, si votar por un nieto”, “¡Aquí se ve, aquí se ve, que Peña presidente no va a ser!”, entonan miles de jóvenes que, ante la posibilidad del regreso del PRI, han preferido volverse supuestos delincuentes electorales y no callados espectadores de los comicios presidenciales.

Una porra hace que los aplausos alcancen mayores decibeles: "¡Yo no quiero, no quiero más, 70 años de miseria y 12 de violencia!".

Pese a que el villano favorito de la marcha va en primer lugar de las encuestas, hay un ánimo festivo. Entre la multitud hay un arlequín, un cantante que improvisa las marchas, un oso de peluche y hasta una boda: se casan la señora Fraude Electoral con el señor IFE y tienen por testigos a Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

Los de la Universidad Iberoamericana han hecho un barco de tela llamado “Democracia” que ellos tripulan con su andar; y los del ITAM han creado una caravana que entona canciones populares, adaptadas al rechazo a Peña; los de la UNAM una galería itinerante de cuadros que cuelgan de sus pechos y una compañía de teatro hace una obra entre un guapo, una militar y un amoroso que gana una carrera.

Camina por ahí Marlen Hernández, de 21 años, cuyos padres casi se divorcian por los apuros económicos que generó la crisis económica de la dupla Salinas-Zedillo; y por allá va José Manuel Chávez, de 16 años, cuyo abuelo fue torturado en 1969 durante el gobierno de Díaz Ordaz; y más al frente, por Paseo de la Reforma y Niza está Joseph Castro, de 18 años y votante primerizo, cuya más cercana referencia del PRI es la del partido que abandonó a su familia a la suerte durante el terremoto de 1985.

“¡Huele a historia, chingaos! ¿nos querían calladitos? ¡Ni madres, tomen su democracia! Si nos vuelven a hacer fraude, no se la acaban!”, asegura Tania Pallares, vocera de la Universidad Latinoamericana.

En realidad, huele a gasolina quemada, a parafina derretida y a vasos de unicel que se queman tratando de guardar la llama de una veladora, pues a medida que anochece los jóvenes sacan sus velas, cirios y hasta bengalas para iluminar su camino y hacer más vistosa su protesta.

Hay quienes llevan cirios benditos, como doña Martha Reyes, quien todos los días ora por los jóvenes para que tengan la fuerza de parar “a ese desalmado del Peña”; otros, llevan antorchas, unas 50, que amenazan con hacer arder todo lo que se interponga en su camino con el primer chispazo de violencia.

Casi tres horas después de su salida, paran en Televisa Chapultepec. Los reciben mil granaderos de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal, que los cuenta ya sobre 30 mil... y sumando.

Los espera también un contingente de habitantes del municipio de San Salvador Atenco, quienes son recibidos como héroes. Entre aplausos de estudiantes de universidades públicas y privadas, reciben a los campesinos que ondean sus machetes en el aire.

Luego de gritar consignas a favor de una cobertura de medios más equitativa el contingente toma la avenida Chapultepec, Izazaga y se enfila por 20 de Noviembre hacia la plancha capitalina.

Ya van 40 mil y su número se demuestra a todo estruendo. Tocan tambores, gritan como si fueran apaches, golpetean las láminas de los teléfonos públicos, aporrean las cuerdas de una guitarra y entonan su grito favorito “¡Si hay imposición, habrá revolución!”.

Llegan así al Zócalo a las 23:00 horas. Son más de cinco horas de marchar, pero hasta quienes nunca lo habían hecho, como el estudiante de preparatoria José Escurdia, no lucen cansados. La máxima explanada de la capital, iluminada con velas, les transfiere energía.

“¡Órale cabrones, ya es lo último. La democracia no es sencilla!”, arenga un estudiante y todos le aplauden. “Pues sí, tiene razón”, concede otro, caminan con más enjundia y se unen a la porra de “¡México, México!”.

Al llegar a la plancha, los recibe un templete donde los líderes del movimiento Ruth Briones, Nahúm Pérez, Miriam Hernández, Thalía Guajuardo y Bernadette Sandoria hablan en esa delgada línea que divide lo legal y lo ilegal.

Aseguran, sin dar nombres y apellidos, que #YoSoy132 no validará la imposición del “viejo régimen” y de “prácticas antidemocráticas”. Adelantan que cualquier fraude encenderá una llama más intensa que todas las velas juntas que transformaron la marcha en una lunada.

La gente se prende. Un grito unánime resuena en la plancha del Zócalo cerca de la medianoche, justo el banderazo de salida para el 1 de julio: “¡Si intentan fraude, a chingar a su madre!”.

Por eso, cuando se plantea que el movimiento #YoSoy132 se declare en asamblea permanente y en vigilancia constante sobre el IFE, los aplausos truenan y de nuevo el silencio queda relegado.

“Con el pretexto de la veda nos querían en casa, aceptando sus resultados como si no supiéramos lo que pasó en 2006. No, en democracia no pueden callar a la gente. Por eso elegimos hacer ruido en el silencio”, dice Cristina Vanegas, estudiante de la Universidad Anáhuac.

Son las 00:01 horas del domingo 1 de julio. La plancha del Zócalo aún luce llena y la alumbran cientos de destellos que quieren iluminar la elección presidencial.

Poco a poco se van a sus casas. A descansar y dormir para abrir bien los ojos ante un eventual fraude. Es ahora o nunca, dicen.

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