COLABORACIÓN INVITADA

AMLO, el tabasqueño que se sintió presidente antes de serlo

Print Comments
Califica el desempeño de este personaje a partir de esta nota:
Andrés Manuel López Obrador
Andrés Manuel López Obrador VER PERFIL
Promedio global

Por Emiliano Ruiz Parra  @emiliano_rp
   0 Comentarios

NOTA DEL EDITOR: Emiliano Ruiz Parra es periodista y escritor, tiene estudios de licenciatura en Letras Hispánicas por la UNAM y maestría en Filosofía Política por la University College London.


1. La decepción

1 de julio de 2012. El jeep negro avanzó entre las vallas y se estacionó frente a las puertas de cristal del Hotel Hilton, en el centro de la Ciudad de México. Unas 200 personas esperaban a Andrés Manuel López Obrador desde hacía un par de horas.

Los números de las encuestas ya circulaban entre los teléfonos celulares con noticias decepcionantes: el candidato del Movimiento Progresista perdía las elecciones presidenciales por una diferencia inobjetable.

Detrás de las vallas, los simpatizantes de López Obrador gritaban consignas como “¡Si hay imposición habrá revolución!”. Del jeep negro bajó un hombre de corbata que levantó los brazos como un boxeador que acaba de noquear y gritó “¡Despierta, México!” Los lopezobradoristas celebraron su gesto triunfalista y le gritaron: “¡Presidente, presidente!”

Los brazos en alto de Miguel Torruco —consuegro de Carlos Slim y aspirante a secretario de Turismo de un eventual gabinete de López Obrador— fueron el único gesto triunfalista la tarde del primero de julio. El resto del día privó la cautela y las caras largas. López Obrador retrasó cinco horas su aparición ante los medios de comunicación y, cuando lo hizo, dirigió un mensaje de unos cuatro minutos.

El candidato presidencial votó hacia las 9 de la mañana en una casilla instalada en el patio de la Comisión Nacional del Agua, en Insurgentes y Copilco, al sur de la Ciudad de México, tras una espera de casi una hora para que se terminara de instalar la casilla.

Tras declarar que había votado por el escritor José María Pérez Gay —en los hechos un voto nulo— López Obrador no volvió a aparecer ante los medios de comunicación sino hasta después de las once de la noche, lo que dejó en la ambigüedad su reconocimiento de su derrota con la frase: “la postura que asumo es la de esperar”.

Desde las seis de la tarde se esperaba la presencia de López Obrador en el salón Don Diego del Hotel Hilton, tal como lo había anunciado su equipo de campaña. Pero el aspirante presidencial retrasó cinco horas su llegada al recinto.

Se mantuvo en su casa de campaña, en la que celebró dos reuniones con Marcelo Ebrard, Cuauhtémoc y Lázaro Cárdenas, y Manuel Camacho. López Obrador no salió de sus oficinas de la calle San Luis Potosí hasta las once de la noche, subió al asiento del copiloto de una camioneta van blanca y se dirigió al Hilton para dirigir su mensaje:

“Todavía no está dicha la última palabra”. Con esa frase, Andrés Manuel López Obrador anticipó que su presencia en la vida política mexicana está lejos de extinguirse.

Con una preferencia de unos 15 millones de votos —una cantidad similar a la que obtuvo en 2006— confirmó que es el líder más exitoso en la historia de la izquierda mexicana y que su segunda derrota en las elecciones presidenciales no representa su retiro de la vida pública.

2. La misión

Un brazo de mujer se extendió entre el remolino y abrazó el cuello de López Obrador: “¡Andrés Manuel, te amamos!”, le gritó la mujer mientras el candidato presidencial se abría paso entre un enjambre de cámaras y grabadoras hacia su vehículo, a las puertas de su casa de campaña.

López Obrador quizá no gane elecciones presidenciales, pero es el campeón indiscutible en despertar pasiones. “Todo el mundo tiene una misión en la vida: nuestra misión es apoyar a Andrés Manuel”, me dice Bartolomé Orozco, un jubilado que vive en la colonia Moctezuma del Distrito Federal y que espera cinco horas la llegada de López Obrador al Hotel Hilton.

- ¿Y si le gana Enrique Peña Nieto qué debe hacer López Obrador? —le pregunto.

- Nada más que darle las gracias a Dios porque él ya cumplió su misión.

La espera a las puertas del Hotel Hilton se convierte en festival de la protesta. Los lópezobradoristas que aguardan a su líder son principalmente mujeres y adultos mayores. Pero ahí vibra el espíritu estudiantil.

“Yo soy mamá 132”, grita una simpatizante cuando la enfoca una cámara de televisión. “No estoy aquí por mi torta, sino por mis huevos”, secunda Ofelia Cisneros, una anciana bajita de 82 años, presencia constante en las concentraciones de López Obrador y vistosa para los medios de comunicación por la energía que retumba en su piel arrugada: “soy una guerrera hermosa”, repetía.

“¡El que no brinque es Peña!”, añadió un contingente de jóvenes que se cansó de esperar a su candidato en el Zócalo —al que nunca llegó— y se fue a las puertas del hotel Hilton a armar barullo.

Y fue justamente ese movimiento de jóvenes el que le dio a López Obrador el mejor momento de su campaña y su concentración más emotiva, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco el 21 de mayo. La irrupción del movimiento estudiantil en la escena política nacional alteró la percepción de que las elecciones presidenciales estaban decididas de antemano y que la cita a las urnas era un trámite para Enrique Peña Nieto.

A partir de la movilización estudiantil en las calles y en las redes sociales, el político tabasqueño cosechó la simpatía de ser el representante del voto útil: en los aeropuertos se formaban colas para retratarse con él y sus mítines garantizaron plazas llenas. A sus 58 años, aun cansado por los miles de kilómetros de terracería que se le notaron en una leve cojera de la pierna derecha, López Obrador trabajó 16 horas diarias, recorrió 22,000 kilómetros y celebró 136 mítines.

A las 11:20 de la noche, Marcelo Ebrard, Juan Ramón de la Fuente y Cuauhtémoc Cárdenas salieron del salón del hotel en donde López Obrador había pronunciado su breve discurso con sus frases importantes: “todavía no está dicha la última palabra” y “voy a estar a la altura de las circunstancias”.

Entrevistados, los tres personajes —los más relevantes de su hipotético gabinete— secundaron a López Obrador: habrían de esperar hasta los cómputos finales. Se les veía adustos, pero serenos. A diferencia de 2006, ni López Obrador ni ninguno de sus hombres más cercanos se atrevió a pronunciar la palabra “fraude”.

3. El guarura

En el bolsillo izquierdo del pantalón, Andrés Manuel López Obrador carga un escapulario: “es mi guarura”, explica a quienes lo miran con curiosidad cuando debe vaciarse los bolsillos para pasar los detectores de metales de los aeropuertos.

En las camionetas blancas en la que recorrió el país, sentado en el asiento del copiloto, no falta una cajetilla de cigarros Raleigh, a los que da dos o tres chupadas a escondidas de la prensa, y un vaso de café que bebe a sorbos. Ahí lleva también pastillas para el mareo y sus lentes de miope, regularmente manchados de las huellas de sus dedos, que también se quita y se pone a discreción para no ser fotografiado con ellos.

Las horas en camioneta —en donde ha pasado la mayor parte del tiempo entre noviembre de 2005 y julio de 2012— transcurren en silencio, mientras reflexiona y mira el paisaje, armonizadas por boleros o música tropical. Al volante va, casi siempre, Nicolás Mollinedo Bastar, su amigo, paisano y coordinador de seguridad y de logística. Otro de los asientos está reservado para César Yáñez Centeno, su leal jefe de prensa desde 1996, colaboradores que se dirigen a él como “licenciado”, como manda la tradición burocrática. En esas camionetas blancas —modelo Sonora o Suburban— López Obrador ha recorrido el país tres veces para encontrarse con sus simpatizantes en concentraciones que van de apenas un puñado de personas hasta decenas de miles, a las que acude para obtener “su vitamina P” —así llama a sus baños de pueblo— que lo impulsa a continuar la marcha.

Su amigo y colaborador José Agustín Ortiz Pinchetti lo compara con un gallo: “en los momentos de riesgo, su mirada fija y negra arde, buscando al adversario. Es valiente y le gusta la pelea. Prefiere el riesgo a una situación tranquila”. Los dirigentes del Partido de la Revolución Democrática (PRD) familiarizados con su biografía, coinciden: “Andrés Manuel siempre camina en el filo de la navaja”. Él mismo reconoce ese rasgo de carácter: “Sigo siendo tabasqueño de primer impulso: y éste es mi punto más débil: soy un político de alto riesgo”, le dijo a Ortiz Pinchetti.

Educado en escuelas públicas, provinciano confeso —tal como se define él mismo— López Obrador se impuso como el principal dirigente de la centroizquierda mexicana desde el año 2000, cuando asumió la jefatura de gobierno del Distrito Federal.

Su figura ascendente opacó la del fundador y tres veces candidato presidencial del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas y, en los hechos, se convirtió en el dirigente determinante de la izquierda hasta este 2012, que dejó en el camino a Marcelo Ebrard en la disputa por la candidatura a la presidencia de la República.

López Obrador se convirtió en un fenómeno de masas que atrae a decenas de miles de personas a las plazas del país —principalmente en el sur y en el centro— y aun sin cargos públicos su influencia política ha sido de enorme trascendencia.

Personaje insólito, como lo define su amigo Ortiz Pinchetti, López Obrador ha sido uno de los personajes más influyentes del México de la alternancia, aun cuando no hubiera ganado la presidencia de la República. Aun cuando AMLO se retire de la política o se disponga a dar la batalla otro sexenio, hay que entender las claves de este insólito y fascinante personaje.

4. Tabasco

“Acá Andrés Obrador es una creencia. Nosotros pedimos en el templo por él”, me dijo Lourdes García en Tamulté de las Sabanas, una población conurbada de Villahermosa, Tabasco, en abril de 2006. Cada vez que Andrés Manuel López Obrador pasa por una zona de turbulencia política, acude a su natal Tabasco a recargar energías. Se le recibe como un ídolo en los municipios que pisa: las plazas llenas a pesar del calor que araña los cuarenta grados y de una humedad que le dibuja grandes lamparones de sudor en la camisa blanca.

Con López Obrador ocurre un fenómeno singular: un reportero puede preguntar al azar por qué están ahí a las personas que asisten a sus mítines. Será común que la gente responda: “porque Andrés Manuel comió en mi mesa hace 20 años”, o “se detuvo a dormir en mi casa cuando lo sorprendió la noche en una gira”, o “me ayudó a hacer un trámite para comprar mi terreno”, como si de una presencia ubicua se tratara, como si cada uno de los cientos o miles de simpatizantes en Tabasco tuviera una anécdota por contar de su dirigente.

Nacido en Tepetitán, Macuspana (13 de noviembre de 1953), López Obrador pasó sus años “de tierno” —como él dice— en el municipio de Jalapa, Tabasco. Su padre Andrés López Ramón era trabajador en la naciente industria de pozos, y su madre Manuela Obrador, la hija de un próspero comerciante de origen español. En la década de 1950, Tabasco gozó de un auge económico tras el descubrimiento de yacimientos petroleros debajo de sus marismas y las aguas someras de sus costas. Sus padres vivieron una época de prosperidad que les permitió abrir una zapatería y una mercería en el mercado de Villahermosa y, años después, un pequeño hotel en Palenque, Chiapas.

En mayo de 1968, cuando cursaba tercero de secundaria en Villahermosa, a López Obrador lo marcó el maestro de secundaria Rafael Lara Lagunas, un encendido joven de 26 años que se instaló en huelga de hambre en la plaza central para protestar contra el porrismo en la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UAJT), en donde también era alumno de posgrado. El profesor Lara Lagunas —hoy diputado federal del PRD— fue el primero que le habló de la Guerra de Vietnam y la Revolución Cubana.

Tras terminar la preparatoria, el joven de 19 años se mudó al Distrito Federal a estudiar ciencias políticas a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se acogió a la hospitalidad de la Casa del Estudiante Tabasqueño —dependiente del gobierno local— y se mantuvo alejado de la política universitaria de la efervescente década de 1970. Con la mirada puesta en su estado natal, frecuentó al poeta Carlos Pellicer y al secretario de agricultura Leandro Rovirosa Wade. Ambos serían electos en Tabasco en 1976, el primero como senador y el segundo como gobernador.

Integrante del grupo “Contemporáneos”, mezcla de cristiano y socialista, Pellicer fue su primer mentor político. En 1976 un joven López Obrador de 23 años colaboró cercanamente en su campaña para senador y se contagió de su pasión por los indígenas chontales: “Pocas cosas me marcaron tanto como la relación con Pellicer”, ha contado AMLO. En 1977, Ignacio Ovalle, entonces director del Instituto Nacional Indigenista, lo nombró coordinador del Centro Indigenista Chontal del Estado de Tabasco. Acompañado de su esposa Rocío, vivió durante años en una choza con hamacas, bajo temperaturas de cuarenta grados.

En 1983, el intelectual y académico Enrique González Pedrero asumió la gubernatura y nombró a López Obrador, entonces de 30 años, presidente del PRI en la entidad. El joven dirigente sólo habría de durar unos siete meses en el cargo, removido por el gobernador tras la presión de los dirigentes priistas municipales.

Con su familia, López Obrador, se refugió en la ciudad de México, en donde Clara Jusidman —previa autorización de Carlos Salinas de Gortari, entonces secretario de Programación y Presupuesto y su cabeza de sector— le dio trabajo en el Instituto de Protección al Consumidor como director de capacitación.

En 1988 regresó a su estado y buscó la candidatura a presidente municipal del PRI al municipio de Centro, donde se ubica la ciudad de Villahermosa, pero la candidatura estaba reservada para los caciques del sindicato petrolero. Aceptó entonces la invitación de Cuauhtémoc Cárdenas —a través de Graco Ramírez— para ser el candidato a gobernador del Frente Democrático Nacional, con lo que iniciaba su vida política en la oposición.

5. El salto a la política nacional

Derrotado por Salvador Neme Castillo en 1988, López Obrador buscó nuevamente la gubernatura en 1994, establecido ya con su esposa Rocío Beltrán en una casa de interés social en la colonia Galaxia de Villahermosa.

Oficialmente, le ganó Roberto Madrazo Pintado, el otro político tabasqueño de proyección nacional de su generación, y que representaba su antítesis biográfica: mientras López Obrador aprendía a hacer política en los pantanos de la Chontalpa, Madrazo se formaba con Carlos Hank González, que lo adoptó como a un hijo tras la muerte de su padre, el priista rebelde Carlos Madrazo, en un sospechoso accidente de avión. Madrazo, joven delegado en Magdalena Contreras, al sur del Distrito Federal, se libró rápidamente del acento tabasqueño, que López Obrador ha insistido en conservar como un rasgo distintivo de su oriundez.

En 1994 López Obrador marchó hasta la ciudad de México para instalarse en plantón contra un presunto fraude electoral cometido a favor de Madrazo Pintado. Sorprendió a la opinión pública con la exhibición de 250 cajas de documentos con las facturas que había pagado el PRI durante la campaña y que acreditaban un gasto de 70 millones de dólares, más costosa que la de Bill Clinton por la presidencia de Estados Unidos. Y aunque el presidente Ernesto Zedillo ofreció a Roberto Madrazo la Secretaría de Educación Pública a cambio de renunciar al gobierno estatal y así resolver la crisis, una rebelión de priistas mantuvo a Madrazo en el puesto.

Dos años después, en febrero de 1996, López Obrador tomó pozos petroleros en Tabasco para exigir compensaciones a los indígenas chontales afectados por la extracción de crudo. El gobierno estatal lanzó a la fuerza pública y los desalojó con violencia. La portada del semanario Proceso retrató a López Obrador descalabrado y con la camisa manchada de sangre.

Esa portada allanó su camino a la presidencia del PRD, junto con el apoyo militante del que era hasta entonces líder indiscutible del partido, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Los perredistas recuerdan los mítines en Michoacán, el bastión del fundador del PRD, repletos de perredistas que escuchaban la consigna que llegaba del hijo del General Lázaro Cárdenas: “Compañeros, hay que votar por Andrés Manuel López Obrador” mientras lo señalaba con el dedo.

Andrés Manuel era, hasta entonces, miembro del equipo político de Cárdenas y a él le debía su ascenso a la dirigencia nacional del partido. En su camino, por cierto, López Obrador y la mayoría cardenista aplastaron a otro líder simbólico de la izquierda, Heberto Castillo Martínez, quien reclamaba su turno de presidir el PRD después de que los dos fundadores ex priistas ya habían tenido su oportunidad, el propio Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. El tabasqueño, quien llevaba como candidato a secretario general a Jesús Ortega, ganó con más de 70 por ciento de los votos.

Desde entonces, López Obrador empezó a recorrer el país en camioneta, acompañado de su leal chofer Jesús Falcón, Chuy, quien luego sería sustituido por Nicolás Mollinedo.

—Licenciado, siquiera hay que irnos a dormir a la camioneta, no ve que aquí está lleno de pulgas… —le pedía Chuy.

—No, Chuy, no podemos despreciar la hospitalidad de la gente, no se vayan a ofender, decía López Obrador y trataba de conciliar el sueño cuando visitaban a perredistas de comunidades rurales.

En su despacho de Monterrey 50, colonia Roma, en la Ciudad de México, a donde se accedía tras remontar un pequeño laberinto, López Obrador colgó tres retratos: de Gandhi, de Benito Juárez y del general Lázaro Cárdenas. Sus amigos recuerdan que a su escritorio lo adornaba un libro con cubierta de estaño con una inscripción en griego: “No sólo de pan vive el hombre”. López Obrador pernoctaba con frecuencia en el Hotel Marbella, de la Avenida Cuauhtémoc y preparaba su tercera candidatura para la gubernatura de Tabasco, que se volvería a disputar en octubre del año 2000.

En 1997 se inició la transición mexicana: el PRI, partido del presidente Ernesto Zedillo perdió la mayoría en la Cámara de Diputados. Cuauhtémoc Cárdenas ganó la jefatura del Gobierno del Distrito Federal y López Obrador se acreditó el mérito de convertir a su partido en la primera fuerza parlamentaria de oposición (el PRI quedó con 239 diputados, por 125 del PRD y 122 del PAN).

En la Cámara se formó el Bloque opositor, capitaneado por Porfirio Muñoz Ledo y Carlos Medina Plascencia, coordinadores de los bloques parlamentarios del PRD y el PAN, respectivamente. Los jefes de esos partidos también se sentaron a negociar una agenda política. De esos encuentros se conserva una foto en un Sanborns con la irrepetible imagen de López Obrador tomando café con Felipe Calderón.

Con la mira puesta en Tabasco, López Obrador recortó su periodo al frente del PRD para irse a hacer campaña a su estado natal. Vinieron las desastrosas elecciones del 14 de marzo de 1999 en donde los candidatos Amalia García y Jesús Ortega se acusaron de fraude. Tras el escándalo, chuchos y amalios se pusieron de acuerdo para repartirse el Comité Ejecutivo Nacional pero López Obrador amagó: o se anulaban las elecciones y se reponía todo el proceso o él renunciaba al PRD en protesta. No quería que su trayectoria como presidente del partido se manchara con la sombra de elecciones internas fraudulentas.

Los comicios se repusieron, Amalia García y Jesús Ortega acudieron en una misma planilla (con Jesús Zambrano como candidato a secretario general) y repentinamente Andrés Manuel López Obrador cambió de parecer: ya no sería candidato a gobernador de Tabasco —en donde el madracismo impulsaba a Manuel Andrade— sino a jefe de gobierno del Distrito Federal.

Sin mayor arraigo en la Ciudad de México, se alió con René Bejarano, que le proveyó de estructura territorial, y ganó las elecciones del 2 de julio de 2000 apenas por uno por ciento de los votos sobre Santiago Creel, el candidato del PAN, y se colocó así en la disputa por la presidencia de la república hacia 2006.

6. Desafuero y esplendor

El mejor día de Andrés Manuel López Obrador fue el 25 de abril de 2005, cuando la concentración más grande en la historia moderna del país vibró al escuchar el cierre de su discurso: “los quiero desaforadamente”. López Obrador se miró en el espejo de las masas y vio el rostro del próximo presidente de la república. En enero del siguiente año estaba ya en campaña para alcanzarla.

Con disciplina espartana, López Obrador recorrió 76,000 kilómetros en carretera y celebró más de 400 mítines (cuatro a cinco cada día durante cinco días de la semana)  entre enero y junio de 2006. Su campaña fue una insurrección electoral: miles de personas, pobres y viejos en buena medida, se movilizaban por su propio pie, sin prebendas ni acarreo de por medio, para escuchar a su dirigente, que llevaba un mensaje de esperanza a pueblos que la habían perdido décadas atrás. Parecía como si el simple hecho de escuchar su oratoria pausada y didáctica les aliviara el sufrimiento.

López Obrador ponía las cosas en blanco y negro: los camajanes, los machuchones, los de arriba, se robaban el dinero de los mexicanos y lo gastaban en coches, choferes, viajes en el avión presidencial. Pero eso se iba a terminar el 2 de julio, que el pueblo no se dejaría engañar más “porque el pueblo es mucha pieza” decía. Con un discurso que no varió casi nada en esos seis meses, recorrió el país en busca de la Presidencia. El 2 de julio parecía un trámite para alcanzarla.

7. El día D

Sirva una anécdota para ilustrar el ánimo triunfalista que ostentaba Andrés Manuel López Obrador tres días antes de las elecciones del 2 de julio de 2006:

López Obrador citó a los reporteros que cubríamos sus giras a una charla informal en su oficina de campaña, en la calle de San Luis Potosí, colonia Roma. Era una charla informal, pues ya estaba prohibida toda promoción electoral. El candidato, de traje oscuro, se sentó en una silla frente a nosotros y contestó nuestras preguntas, también informales. En aquel entonces se jugaba la Copa del Mundo en Alemania, y se había cuestionado al director técnico de la Selección Mexicana, Ricardo La Volpe, por haber excluido a Cuauhtémoc Blanco de la alineación mexicana.

- ¿No le va a pasar como a la Selección Nacional, que perdió por no alinear a Cuauhtémoc? —le preguntó un periodista acerca del distanciamiento de Cuauhtémoc Cárdenas de la campaña.

Todos reímos. López Obrador sonrió pero no contestó nada más. 

Después, un colega le pidió al candidato que emitiera su voto por la tarde. De esa manera, le permitiría a los reporteros ir a votar por la mañana y después concentrarnos a cubrir las actividades del candidato. Si, por el contrario, el candidato acudía a votar por la mañana, lo reporteros se verían forzados a acompañarlo desde antes de la apertura de las casillas y ya no podrían acudir a las urnas a votar.

Relajado, López Obrador no contestó de inmediato. Con el dedo índice de la mano derecha empezó a contar a los reporteros: “uno, dos, tres, cuatro, cinco... veintidós, veintitrés, veinticuatro” hasta que nos recorrió a todos: “veinticuatro votos menos, no importa”, sentenció con una sonrisa socarrona.

La mañana del 2 de julio votó a primera hora en Copilco. Los reporteros que tuvieron que hacer guardia se quedaron sin votar. Ese día, por la mañana, en el hotel Marquís del Paseo de la Reforma, los miembros del equipo de campaña de Andrés Manuel López Obrador se disponían a matar el tiempo hasta el cierre de las casillas, para dirigirse a celebrar la victoria al Zócalo capitalino.

Gerardo Fernández Noroña, entonces portavoz del PRD y participante del cuarto de guerra de la campaña (con Claudia Sheinbaum y Julio Scherer Ibarra) declaró hacia las 10 de la mañana que no había ningún incidente y la jornada se desarrollaba con toda tranquilidad. López Obrador votó temprano en una casilla a unos metros de su departamento de la calle de Odontología, en el perímetro de la UNAM, y se regresó a comer un almuerzo tabasqueño con sus hijos.

Un par de días antes de la elección visité a uno de los dirigentes del PRD. Cuando le pregunté “cómo estás” respondió con un enigmático: “viviendo los últimos momentos de incertidumbre democrática”.

Me enseñó la encuesta más reciente del equipo de campaña: López Obrador estaba tres puntos arriba de Felipe Calderón —empate técnico— pero con un voto oculto de 4.6 por ciento. Fue la primera vez que un alto dirigente perredista reconocía que se les escapaba la presidencia de las manos.

Durante el transcurso de la jornada, circularon en el equipo de campaña cifras alegres. Del equipo de campaña se difundían estimaciones en donde López Obrador ganaba por uno a tres puntos. Pero conforme pasaron las horas el nerviosismo sustituyó al exceso de confianza. Acudí a las oficinas centrales del PRD.

A las cuatro de la tarde se vivía un ambiente de frenesí e incredulidad. Cinco diputados federales, encargados de supervisar la movilización electoral, daban órdenes como “lleven a votar a las abuelitas, a todo el mundo, todavía tenemos dos horas”.

De regreso al Marquís, los dirigentes del PT reconocían que la ventaja se había cerrado a menos de un punto y, pensando que el ganador era López Obrador, insistían ante los reporteros que aun una ventaja pequeña otorgaba suficiente legitimidad al próximo presidente.

Cuando el presidente del Instituto Federal Electoral (IFE), Luis Carlos Ugalde, declaró que la tendencia estaba muy cerrada como para dar un ganador, el equipo de campaña se reunió de emergencia. A la salida, el que se veía despachando en la Secretaría de Hacienda, Rogelio Ramírez de la O, me dijo: “nos hicieron fraude”.

Era la primera vez que oía esa palabra en boca de un prominente lópezobradorista. Miembros de la coordinación general de campaña se acercaron a reporteros a pedir teléfonos de los encargados de la operación electoral de la campaña del priista Roberto Madrazo Pintado. Unos días después nos enteraríamos por qué: los perredistas habían estado ausentes de la mitad de las casillas del país, y necesitaban las actas de los priistas para demostrar el supuesto fraude electoral.

Esa noche López Obrador se declaró ganador por 500,000 votos (un punto porcentual) en un Zócalo que no sabía si festejar las palabras de su líder o llorar de frustración.

8. El plantón

López Obrador no consiguió ni el recuento de voto por voto ni la nulidad de las elecciones presidenciales de 2006. Tras dos marchas multitudinarias, instaló un plantón en el Paseo de la Reforma y el Zócalo, desoyendo la recomendación de la Comisión de Resistencia Civil del movimiento, que le había recomendado instalarse en huelga de hambre. El 16 de septiembre de 2006, una plaza pública lo declaró a mano alzada presidente legítimo.

Durante el sexenio de Felipe Calderón, López Obrador recorrió el país en camioneta, se casó con la escritora poblana Beatriz Gutiérrez Müller y tuvo a su cuarto hijo, Jesús Ernesto.

En sus giras afilió a cientos de miles de simpatizantes al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), cuya principal tarea fue cuidar las casillas este 1 de julio de 2012. López Obrador se impuso a Marcelo Ebrard por la candidatura a la Presidencia de la República a través de una encuesta.

Ahora la pregunta que recorre a los perredistas es si López Obrador cederá su lugar como el principal dirigente de la izquierda a favor de Marcelo Ebrard o si permanecerá seis años más en la construcción de una nueva candidatura presidencial.

9. La nariz tapada

“Ningún veneno mayor para López Obrador que el triunfalismo de él o de sus gentes”, escribió José Agustín Ortiz Pinchetti en la última página del libro “Andrés Manuel y sus claves” (Porrúa, 2006). Cuando esas líneas se escribieron, el ex jefe de Gobierno del Distrito Federal estaba a punto de lanzarse a una campaña que parecía pavimentada hacia la Presidencia de la República, que terminó en derrota y autoproclamación de presidente legítimo.

“Las elecciones del 2006 nos dejaron la impresión de atravesar a nado el océano para ahogarnos a unos metros de la orilla”, dijo en agosto de ese año el escritor Juan Villoro, que entonces —como ahora en 2012—apoyó públicamente al candidato de las izquierdas.

Como reportero de un periódico nacional, cubrí la campaña de López Obrador en 2006 y me sorprende su capacidad de cometer, en 2012, el mismo error de 2006: sentirse presidente antes de ganar las elecciones e incurrir en exceso de confianza.

En 2012 AMLO alcanzó un momentum el 31 de mayo, cuando la encuesta de Reforma lo ubicó a cuatro puntos de Enrique Peña Nieto, con una tendencia alcista frente a un descenso sostenido del candidato del PRI (en 2006 AMLO acusaba a ese periódico de “arreglar sus encuestas en Los Pinos”).

Pero López Obrador dejó escapar ese momento hasta que su tendencia alcista se revirtió: llegó al segundo debate, el 10 de junio, con el mismo discurso que ha repetido durante años en los mítines, sin un mensaje innovador que definiera en su favor el voto antipriista, todavía mayoritario en el país.

AMLO fue incapaz también de responder a la campaña negativa que se lanzó en su contra, en parte porque su estrategia de la República Amorosa le amarraba las manos, pero en parte también a su convicción de que la Presidencia estaba a la vuelta de la esquina y le bastaba repetir su discurso de honestidad para alcanzarla. En sólo veinte días las tendencias eran las opuestas: Peña Nieto recuperaba su camino ascendente y se separaba dos dígitos de López Obrador.

En 2006 López Obrador puso a consideración del electorado su proyecto de gobierno. Aquella elección respondió a la pregunta ¿López Obrador sí o no? En 2012 la pregunta ha sido ¿regresa el PRI sí o no? López Obrador apareció como la alternativa de voto útil frente a la supuesta regresión autoritaria encarnada en Enrique Peña Nieto.

El mensaje que transmitió su equipo de campaña fue “incluso yo soy menos peor que la vuelta del PRI”. Dar a conocer su gabinete anticipadamente lanzó un mensaje similar: “No voten por mí sino por la gente que me rodea”. En cualquiera de los dos casos, un buen número de electores de AMLO acudieron a las urnas con la nariz tapada, para salvar al país del mal mayor que, a sus ojos, representaba Enrique Peña Nieto, aunque el vehículo fuera un hombre que se merecía sus más duros calificativos, como los del escritor Juan Villoro: “AMLO es un caudillo anticuado que no conoce la autocrítica pero que representa un mal menor” (El País, 22 de junio de 2012).

El novelista Jorge Volpi, en su artículo más reciente, dijo que “haber ‘mandado al diablo’ a las instituciones y asumirse como presidente legítimo (en 2006) constituyó una enorme irresponsabilidad política. No obstante, será la opción que elegiré, no tanto por el propio López Obrador… sino por dos figuras que lo acompañan: Marcelo Ebrard y Juan Ramón de la Fuente”.

El exceso de confianza es un rasgo que se repite de 2006. En abril de ese año, cuando el candidato panista Felipe Calderón ya lo había alcanzado en las mediciones de intención de voto, López Obrador presumía en las plazas públicas que “pobremente” llevaba 10 puntos de ventaja.

Su público le pedía a gritos “chachalaca, chachalaca”, y él los satisfacía con su consigna “¡Cállese, señor presidente; cállate, chachalaca!”, con lo que perdía la confianza de los votantes volátiles.

“A pesar de la campaña del miedo y la parcialidad del gobierno, López Obrador pudo ganar la Presidencia. Hay que condenar los obstáculos aviesos que se le pusieron, pero también sus propios errores. No asistir al primer debate fue una afrenta al diálogo. Mientras sus enemigos lo comparaban con Hugo Chávez, él hizo poco para convencer que era un candidato para todos”, escribió Villoro en 2006.

Tras la elección, se reveló que su estructura de vigilancia del voto sólo existía en el papel: a pesar de contar con 400 millones de pesos para la estructura electoral, su equipo de campaña apenas pudo tener representantes en la mitad de ellas.

Nunca, ni en público ni en privado López Obrador reconoció sus errores.

Sabemos que en el análisis de la historia no caben las preguntas contrafácticas como “¿estaríamos mejor con López Obrador?” Ni siquiera estamos seguros de que no se hubiera producido la militarización de la seguridad pública (o guerra contra el narcotráfico) con sus 60,000 muertos, porque fue el propio López Obrador el que ofreció al embajador de Estados Unidos, Tony Garza, el 23 de enero de 2006, sacar al ejército a las calles a combatir al narcotráfico “porque era el menos corrupto de todas las corporaciones mexicanas y podía ser el más efectivo”: los mismos argumentos que nos ha brindado el presidente Calderón.

Incluso AMLO confiaba en procesar una reforma constitucional que respaldara jurídicamente la intervención de las fuerzas armadas, un paso que ni Calderón Hinojosa se atrevió a dar (véase el cable de Wikileaks 06mexico505). Quizá por eso López Obrador omitió de su campaña el tema de la crisis de derechos humanos por la que atraviesa el país y no dijo nada o casi nada de los huérfanos, las viudas, los desaparecidos o los migrantes centroamericanos secuestrados.

López Obrador se presentó con la oferta “del cambio verdadero”. De su discurso y su paso por el Gobierno del Distrito Federal, sin embargo, hay pocas luces de que ese cambio vaya más allá de reducir gastos suntuarios en el aparato burocrático y mantener la propiedad pública sobre los recursos energéticos.

AMLO nunca presentó una propuesta de rediseño institucional del país que permitiera, por ejemplo, transitar hacia un régimen semiparlamentario (como el francés) o parlamentario (como el inglés), que obligara a las fuerzas políticas a construir mayorías antes de formar gobiernos.

El proyecto de López Obrador no consistió en reformar el régimen para distribuir el poder, sino ejercerlo con todas las atribuciones del presidencialismo mexicano. 

En abril de 2006, cuando sentía que las elecciones eran un trámite para acceder a la presidencia, su llamado a los electores no era para que votaran por él —lo cual daba por hecho— sino para que le dieran mayoría absoluta en el Congreso de la Unión y pudiera gobernar sin contrapesos.

Califica aquí el desempeño de Andrés Manuel López Obrador a partir de esta nota

Síguenos en twitter y facebook

Por favor déjanos tu comentario