#Elección2012

Enrique Peña Nieto regresa al PRI a la Presidencia de México

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Por Óscar Balderas  @oscarbalmen

El PRI está a punto de regresar a la Presidencia de México llevando como estandarte a Enrique Peña Nieto, el exgobernador del Estado de México que, a sus 45 años, se propone representar la imagen de renovación del instituto político que gobernó México de 1929 a 2000.

El consejero presidente del Instituto Federal Electoral, Leonardo Valdez, anunció la noche de este domingo lo que todas las encuestadoras anticiparon hace meses y los sondeos de salida horas antes: el candidato del PRI y del Partido Verde virtualmente ganó la elección presidencial según el conteo rápido del árbitro electoral, que le dio entre 37.93 y 38.55% de las preferencias.

En esta medición quedó en segundo lugar Andrés Manuel López Obrador, postulado por el PRD, el PT y el partido Movimiento Ciudadano, quien pidió esperar a los resultados definitivos del proceso electoral antes de aceptarse perdedor en su segundo intento por llegar a la Presidencia.

En el conteo del IFE -que tiene un margen de error de 0.5% según su metodología, basada en el estudio de 7,500 casillas, 5% de las 143,150 totales- el exjefe de Gobierno del Distrito Federal alcanzó entre 30.90 y 31.86% de las preferencias.

En tercer lugar quedó la candidata del partido en el gobierno, la exdiputada federal Josefina Vázquez Mota, nominada por el Partido Acción Nacional y cuya candidatura alcanzó en el conteo rápido entre 25.1 y 26.03% de los votos.

A diferencia de López Obrador, Vázquez Mota fue la primera en reconocer que los resultados no le favorecían. Su derrota electoral impedirá un sexenio más del PAN en el Gobierno Federal mexicano.

Gabriel Quadri, cuarto lugar en todas las encuestas durante los tres meses de campaña, alcanzó en el conteo rápido entre 2.27 y 2.57% de las preferencias, lo que de confirmarse garantizaría el registro de su partido, Nueva Alianza, fundado por la líder del sindicato magisterial más grande de América Latina, Elba Esther Gordillo.

El proyecto del conteo rápido del IFE fue diseñado por especialistas en Estadística y Matemáticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM).

Sin embargo, el resultado no es definitivo. Este lunes a las 20:00 horas terminarán de computarse las casillas en el Programa de Resultados Electorales Preliminares y se publicará en internet una copia de todas las actas de las votaciones del país.

El miércoles 3 de julio se inician los cómputos distritales y el jueves 4 se instala el Consejo General del IFE, así como los 32 consejos locales y los 300 consejeros distritales, para continuar el conteo por distritos.

El 8 de julio se da un informe final sobre los cómputos distritales, y de lo que ellos resulte por circunscripción prlurinominal; al dar estos datos, el IFE da por concluida su responsabilidad en la jornada y queda en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolver las impugnaciones que procedan.

Con el triunfo de Enrique Peña Nieto, el PRI, que gobernó México como poder único durante más de 70 años y fue llamado “la dictadura perfecta” por el escritor Mario Vargas Llosa, volvería a la Presidencia de la República después de 12 años de gobiernos panistas, los de Vicente Fox y Felipe Calderón.

Peña Nieto logró lo que no pudo Roberto Madrazo en 2006, que quedó en un lejano tercer lugar en la contienda presidencial tras Calderón y López Obrador, pero ¿de dónde salió este hombre, quien en 9 años pasó de ser un desconocido a ser virtual ganador de la Presidencia de México?

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Peña Nieto causa el mismo furor en sus actos políticos que un cantante de moda en un concierto. Cuando las mujeres advierten su emblemático copete entre la multitud, gritan, avientan contra las vallas y, en ocasiones, lloran de la emoción; los hombres usan su fuerza para abrirse paso, estrechar su mano y pedirle una fotografía que, en la mayoría de los casos, terminará como trofeo en sus redes sociales.

La exaltación que causa Peña Nieto le viene de dos situaciones.

Primero: sus seguidores lo consideran un hombre atractivo, pulcro, con las uñas de las manos perfectamente recortadas en media luna y un rostro aniñado que contrasta con las canas que peina en un copete ligeramente inclinado a la derecha. Tiene apariencia de actor de telenovelas, dicen.

Segundo, difícilmente deja a alguien con la mano estirada. Puede tardar hasta una hora en llegar al templete donde hablará, dejar esperando a sus compañeros de partido y a la prensa, todo para estrechar las manos, besar las mejillas y tomarse una fotografía con quien se lo pida y firmar autógrafos.

Pero no siempre fue así. La mayor parte de su vida transcurrió bajo las sombras con un pasado que se convirtió en destino.

Nació en 1966 en un pueblo con fama de ser cuna de jóvenes ambiciosos que se convierten en poderosos políticos: Atlacomulco, Estado de México, donde existe una supuesta cofradía política llamada “Grupo Atlacomulco”, que catapulta a sus miembros hasta alcadías, diputaciones, gubernaturas, pero que no había podido llegar a la Presidencia de la República... hasta ahora.

El último en intentarlo fue su tío lejano y padrino político, quien gobernó el Estado de México antes que él y que en 2005 intentó ganar la nominación presidencial del PRI: Arturo Montiel Rojas, que acabó relegado a causa de un escándalo de supuesto enriquecimiento ilícito durante su administración.

Su búsqueda por el mayor puesto de México estaba alineada en el imaginario colectivo con una profecía: se cuenta que en 1940 la vidente del pueblo, Francisca Castro, reunió a los notables de Atlacomulco para comunicarles una visión: “Seis gobernadores saldrán de este pueblo. Y de este grupo compacto, uno llegará a la Presidencia de la República”. 

En ese ambiente de misticismo creció Peña Nieto, quien a los 25 años tuvo su primer encargo político: coordinar la asamblea de jóvenes del PRI en el municipio donde nació.

Al mismo tiempo, terminaba la carrera de Derecho en la Universidad Panamericana, una institución fundada bajo la dirección del grupo católico Opus Dei, donde dejó ver sus aspiraciones: tituló su tesis “El presidencialismo mexicano y Álvaro Obregón” y la dedicó, “por su ejemplo de tenacidad y trabajo”, a su jefe, Arturo Montiel, quien en ese entonces era presidente estatal del PRI.

Después, ascendió varios puestos menores: fue tesorero en la campaña del candidato priista Emilio Chuayffet a gobernador en el Estado de México, y cuando éste ganó, llevó a Arturo Montiel a la secretaría de Desarrollo Económico, donde Peña Nieto fungió como su secretario particular. En los hechos, el joven Enrique cargaba el portafolio y agendaba las citas de Montiel.

Cuando acabó la administración de Chuayffet y lo sucedió Montiel, Peña Nieto fue llamado a ocupar la Secretaría de Administración, su primer puesto relevante, que le permitió manejar las finanzas del estado.

No sería el único joven al que Montiel convocó: creó un grupo de noveles funcionarios que tenían tres rasgos comunes: una buena educación, pertenecían a una clase económica resuelta y se preocupaban por su imagen en un estado con más de la mitad de sus pobladores en pobreza.

Los medios les llamaron los “golden boys” (o “chicos dorados”), una mezcla entre políticos y metrosexuales que, a cambio de cumplir con eficiencia las órdenes de Montiel, recibían oportunidades para su crecimiento en la administración pública.

Y ahí empezó el despegue.

Como favorito del gobernador, Peña ganó la nominación del PRI a diputado local en el distrito 13, que tiene como cabecera su municipio natal, donde la mayoría de los habitantes son priistas y la oposición ni siquiera hace campaña.

Ganó holgadamente y, para sorpresa de muchos, se convirtió en el coordinador de los diputados del PRI en el Congreso mexiquense, donde convirtió con eficacia las propuestas de Montiel en leyes. Lo hizo negociando, cuando las fracciones parlamentarias del PAN y las izquierdas tenían cerca de dos tercios de los diputados.

En 2005 volvió a ser sorpresa: los poderosos mexiquenses Carlos Hank Rhon, Isidro Pastor, Héctor Luna de la Vega, Guillermo González Martínez, Óscar Gustavo Cárdenas Monroy, Eduardo Bernal Martínez, Cuauhtémoc García Ortega y Fernando Alberto García Cuevas querían la gubernatura. El nombre de Enrique Peña Nieto “sonaba”, pero no con fuerza, hasta que de acuerdo con versiones Montiel reunió a los aspirantes en una cena y les pidió declinar a favor de su sobrino. La disciplina del PRI se hizo presente y Peña Nieto se convirtió esa noche en el candidato “de facto” de su partido a la gubernatura.

No había tiempo que perder. Para muchos, el nuevo candidato era un desconocido, un “golden boy” consentido por el gobernador o un “guapo” en la política sin propuestas, así que había que catapultarlo a la fama con urgencia.

De acuerdo con el escritor Carlos Tello, ese mismo mes Peña Nieto se reunió con dos de los publicistas más reconocidos en México: Liébano Sáenz, el poderoso secretario particular del último presidente priista Ernesto Zedillo y fundador del Gabinete de Comunicación Estratégica, y Ana María Olabuenaga, la creadora del esolgan “Soy Totalmente Palacio” para la cadena de tiendas departamentales Palacio de Hierro.

Lo hicieron por conducto del vicepresidente de comercialización de Televisa, la televisora más poderosa del país que retiene el 80 por ciento de los canales nacionales, Alejandro Quintero.

Ellos fijaron a estrategia para impulsar a Peña Nieto a las grandes ligas políticas: lo venderían como un “rockstar”, un joven apuesto, sonriente, respetuoso, como saliente de un programa de televisión que sería el centro de la campaña y no caería en las provocaciones de un expriista postulado por el PAN, Rubén Mendoza, quien lo aventajaba en su propio estado.

“Me gusta”, habría dicho Peña Nieto cuando le presentaron la propuesta. Sólo aportó una idea, que se convirtió en su sello político: todos sus compromisos los firmaría ante notario público y su eslogan se basaría en ello. “Te lo firmo y te lo cumplo”.

En una sociedad como la mexicana, hastiada de políticos que se comprometen, pero no cumplen, su campaña subió como espuma. El 3 de julio de 2005 ganó la gubernatura con el doble de los votos que obtuvo Mendoza y dejó en tercer lugar a la candidata de las izquierdas, Yeidckol Polevnsky, apoyada por el entonces jefe de Gobierno de la ciudad de México, López Obrador, quien iba como favorito en las elecciones presidenciales de 2006 y finalmente perdió por 0.56% por ciento de los votos frente al conservador Felipe Calderón.

En su trayecto hacia la titularidad del gobierno del Estado de México, Peña Nieto consolidó otra una característica que desde entonces no lo abandonó: el chico dorado que triunfa apoyado en la asesoría de la televisión y de su imagen personal.

Esa especie de maquinaria victoriosa lo acompañó durante su gestión: cada acto de gobierno era acompañado una intensa campaña mediática; cada aparición pública semejaba la de un cantante en gira; cada discurso tenía implícita la visión de que él forma parte de una nueva generación de políticos.

Gobernó con una inversión en Comunicación Social de 646.6 millones de pesos -según el Centro de Análisis e Investigación Fundar- y se ufanó de que terminaría su gestión con el 100% de cumplimiento en los 608 compromisos que se fijó como candidato.

La oposición criticó su gasto en exposición mediática; un operativo policiaco para impedir la obstrucción de una carretera en el municipio de Atenco que causó la muerte de dos civiles y 26 mujeres violadas por policías mexiquenses; el crecimiento de los feminicidios en el estado; su supuesto encubrimiento a la corrupción de su antecesor Arturo Montiel, y su proyecto para montar luces y sonido en las Pirámides de Teotihuacán, que terminó por dañar la zona arqueológica.

Incluso, sus detractores acusaron que su segundo matrimonio -luego de la muerte de su primera esposa, Mónica Pretelini, por epilepsia- con la actriz de telenovelas Angélica Rivera, era una especie de acuerdo para impulsar su candidatura con la televisión.

Sin embargo, Peña Neto salió adelante de las acusaciones y en 2011 terminó su gestión con un triple triunfo: primero, con la versión oficial de que cumplió todos sus compromisos; segundo, el candidato del PRI a sucederlo arrasó la elección local con más del 60 por ciento de los votos; tercero, se consolidó como el favorito para ganar la elección presidencial.

Con esa inercia, obtuvo sin dificultades la nominación presidencial del PRI, que vio la posibilidad de regresar a la Presidencia de la República con un candidato joven que no estaba vinculado a los gobiernos del siglo 20 que causaron devaluación y crisis económicas.

El 30 de marzo de 2012 comenzó su campaña y a lo largo de 90 días se mantuvo como puntero en todas las encuestas, aunque su imagen quedó abollada por tres incidentes: antes de ser oficialmente candidato, en la Feria Internacional del Libro celebrada en el estado de Jalisco, Peña Nieto no pudo dar los títulos y autores de tres libros que marcaron su vida.

El segundo, reconoció en una entrevista con la periodista Katia D’Artigues que había sido infiel durante su primer matrimonio, producto de lo cual tuvo dos hijos, uno que ya falleció y otro al que visita poco. La madre del otro hijo emprendió una campaña contra él en redes sociales y lo acusó de ser un padre ausente; él reconoció su debilidad por las mujeres y por los "affaires".

El tercero, cuando la campaña iba sin sobresaltos se gestó una protesta de estudiantes en un foro de Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, uno de los colegios privados más prestigiados de México. Las acusaciones de dirigentes priistas acerca de que los jóvenes habrían sido “porros” y entrenados por la oposición para movilizarse contra el exgobernador encendió las alertas de quienes vían en ello un gesto autoritario al estilo de exmandatarios priistas en los años 70.

Esto desató un movimiento juvenil sin precedentes en su contra que logró movilizar hasta 96,000 personas en un sólo día contra su candidatura.

Se ofertó como un “nuevo PRI”, aunque en la práctica sus operadores fueron acusados de presuntas compras de votos, de llevar gente a sus actos a cambio de comida, de entregar despensas o cemento a cambio de activismo a su favor y de violencia por parte de algunos priistas hacia sus adversarios.

Pero todo eso poco influyó para hacer caer a Peña Nieto del primer lugar.

En cada mitin al que asistía, las mujeres enloquecían con gritos y agitaban pancartas. “Enrique, bombón, te quiero en mi colchón”, “¡Peña, hazme un hijo!”, “¡Papacito!”, se podía leer en cada acto del priista, quien solía llegar a sus actos de campaña en una camioneta blindada, se subía en ella y saludaba a la multitud como estrella de la música. Luego, caminaba con la camisa pulcra entre la gente, que lo tocaba, besaba, apapachaba y hasta le colgaba escapularios, mientras sonaban canciones hechas especialmente para él.

El priista respondía con guiños, sonrisas que enseñaban una ortodoncia perfecta y un olor amaderado desprendido de alguna loción. Posee una coquetería experta.

Para muestra, lo que hizo durante su único acto de campaña en Atlacomulco: una persona del otro lado de las vallas, a unos 100 metros, pedía una fotografía a gritos con el candidato. Peña Nieto alcanzó a verla y con agilidad subió dos plataformas, cruzó a los reporteros, brincó sillas y corrió. Tomó la cámara y él mismo hizo “autofoto” y se retrató con su simpatizante.

El candidato terminaba invariablemente con la camisa sucia, a veces rota por los jaloneos,  el cabello despeinado y marcas de lápiz labial en la cara que se limpiaba sonriente. Pero al llegar al templete, las cámaras de televisión lo captaban impecable, a causa de una segunda muda de ropa que le guardaba su equipo.

Peña Nieto retomó esa fórmula que le diseñaron hace siete años y la que él mismo creó: basó su campaña presidencial en firmar más de 500 compromisos locales y nacionales y ofertó un cumplimiento de 100 por ciento.

Prometió seguros de vida para las jefas de familia, un sistema de seguridad social universal, hacer crecer al país tres veces más, crear una gendarmería nacional para abatir la violencia en México, educación media superior garantizada para todos, una Comisión Nacional Anticorrupción, regalar computadoras portátiles con internet a niños de quinto y sexto de primaria, entre otras cosas.

Aseguró que, en caso de ganar, no ejercería el poder como los otros gobiernos del PRI, que acusados de nepotismo, corrupción y robo fueron castigados en el año 2000 con el voto popular.

Y los mexicanos le creyeron. Enrique Peña Nieto logró lo que muchos líderes de opinión alguna vez pensaron imposible en el siglo 21: que México perdonara al PRI y lo regresara a la Presidencia de la República.

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