Crónica

El fantasma del fraude ronda de nuevo por la izquierda

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Por Óscar Balderas  @oscarbalmen

Las nubes grises anuncian que la lluvia se convertirá en aguacero, pero a nadie le importa. Las gotas caen pesadamente desde la frente hasta la boca de las personas, pero nadie en la multitud se mueve, hasta que alguien ve un Jetta blanco sobre la avenida Juárez, en el centro de la ciudad, y comienza la locura.

“¡Presidente, presidente!”, gritan decenas de jóvenes mientras corren y se interponen en el paso de ese auto con placas 295XXD, que transporta a Andrés Manuel López Obrador, quien recibe trato de campeón y no de segundo lugar en los resultados preliminares de la contienda presidencial.

Apenas pone un pie frente al hotel Hilton Centro Histórico y la gente lo recibe con besos, aplausos y sonrisas. El tabasqueño les devuelve amor, pero un seguidor lo hace fruncir el ceño y poner ese rostro combativo que le critican sus adversarios.

“¡No te dejes, cabrón! defiende nuestro voto”, le dice el simpatizante.

López Obrador le toma la mano, la atrapa con su puño y lo mira fijo a los ojos: “Yo no les voy a fallar”, contesta y entra al hotel, mientras su gente lo espera bajo la lluvia.

Un centenar de reporteros y camarógrafos aguardan adentro, impacientes por saber si el segundo lugar que le da el conteo preliminar de votos, harán que el exjefe de Gobierno del DF acuse fraude y llame, como hace seis años, a una resistencia civil pacífica.

También lo esperan en primera fila el líder del Sindicato Mexicano de Electricistas, Martín Esparza; el representante ante el IFE del Movimiento Progresista, Jaime Cárdenas; los líderes nacionales del PT, Alberto Anaya, y del Movimiento Ciudadano, Luis Walton; así como  el candidato a senador en el Estado de México, Alejandro Encinas, entre otros.

Es este último quien, antes de que entre López Obrador, revela en una plática con Porfirio Muñoz Ledo que el tabasqueño apenas ha dormido, que ha pasado la noche en vela revisando irregularidades, pero está de buen humor. 

En tercera fila está Martí Batres, cercano a López Obrador, despedido de la secretaría de Desarrollo Social del gobierno capitalino por Marcelo Ebrard, quien asegura tener un expediente de presuntas 400 pruebas que acreditan un fraude “a la antigua” por parte del PRI: compra de votos, despensas, cemento por sufragios; amenazas y mensajes de texto durante el domingo llamando a votar por el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que también postuló a Peña Nieto como su nominado presidencial.

Pero López Obrador llega al salón del hotel sin documentos en la mano, carpetas o cajas repletas de evidencia de un fraude.

Camina con las manos vacías acompañado por sus hijos, su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, y un coro de seguidores que se han colado en el área de reporteros que también gritan “¡Presidente, presidente!”.

Tiene el semblante sereno. Camina con la cabeza erguida, las canas ligeramente despeinadas y una corbata azul cielo que desentona con las camisas amarillas de su equipo de campaña, liderado por su incondicional “Nico”.

Mientras arriba, saluda con la mano en el aire y sube rápidamente al templete, donde lo aguardan los líderes nacionales del PRD, PT y Movimiento Ciudadano... y tres hojas blancas tamaño carta. Es todo.

No han pasado ni 20 segundos del discurso, cuando Andrés Manuel avienta la primera declaración: “No puedo aceptar algún resultado”. Y la gente aplaude. Alguien desde el fondo del salón le grita: “¡A huevo!”.

“La elección federal a todas luces fue inequitativa y plagada de irregularidades. El candidato del PRI usó dinero a raudales, millones de pesos de procedencia ilícita (de presupuestos estatales) y rebasó por mucho lo permitido por la ley. Al mismo tiempo, fue patrocinado de manera excesiva por la mayoría de los medios de comunicación”, señala.

El tabasqueño asegura que no puede reconocer la victoria de Peña Nieto, porque el PRI se hizo de más de un millón de votos en el Estado de México con la compra de mil 800 millones de pesos en despensas, entre otras cosas.

No aporta pruebas; su voz es suficiente para sus seguidores, quienes han convertido el encuentro con medios en un mitin.

“Si se limpia la elección, y eso es quitar todos los votos irregulares, ganamos la elección y por mucho”, afirma. Las porras vuelven.

A partir del miércoles, cuando inicie el conteo del cómputo distrital, dijo que comenzará una lucha legal de su equipo de campaña para limpiar los comicios de lo que llamó “irregularidades antes, durante y después de la elección”.

Sudoroso, López Obrador se limpia la frente con un pañuelo y pide a sus simpatizantes e integrantes de Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) que se sumen al esfuerzo de documentar pruebas sobre las anomalías.

“¡Usted mande, señor presidente!”, grita Ana Claudia Jiménez, una tlaxcalteca, integrante del movimiento #YoSoy132, quien dice ser seguidora del izquierdista desde que tenía 15 años.

Ana Claudia espera que su líder la llame a un nuevo plantón, a una revolución pacífica o, al menos, a una marcha multitudinaria, pero no.

El tabasqueño adelanta que no convocará a cerrar ninguna calle o tomar alguna plaza, pues es responsabilidad del IFE apaciguar la inconformidad popular que horas antes se tradujo en una marcha estudiantil de la Estela de Luz al Monumento a la Revolución.

Parece un López Obrador distinto al de 2006, hasta que acusa a Grupo Milenio y Televisa de estar al servicio de Peña Nieto.

“¿Ya oyeron, cabrones? Pinches vendidos”, atiza una seguidora a todos los reporteros, quienes sonríen entre divertidos y molestos por la arenga.

“Es imprescindible que no haya duda sobre la elección, por el bien de México y de nuestro pueblo”, concluye López Obrador.

Finalmente, abandona el salón. De nuevo, la multitud lo aclama y lo nombra presidente.

Debe salir rápido, antes de que los lopezobradoristas se acerquen demasiado a él, caigan sobre las sillas y haya algún lastimado.

La escena es tan chusca que, desde el fondo, uno de los hijos de López Obrador, mira divertido el caos que provoca su papá con sólo caminar unos pasos hacia la puerta.

“¡No estás solo, no estás solo!”, le gritan al tabasqueño, mientras toma un elevador rumbo al lobby y sale a la calle.

Aborda rápido su Jetta blanco y sale entre una multitud de jóvenes que portan playeras del movimiento #YoSoy132.

Lo último que alcanza a escuchar es “¡Peña no ganó, el IFE lo ayudó!”.

Andrés Manuel López Obrador deja la definición de la elección abierta a cualquier posibilidad y a una multitud bajo unas nubes grises que presagian tormenta.

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