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Opinión: El México que piensa en las elecciones

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Por Miguel Carbonell  @MiguelCarbonell
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NOTA DEL EDITOR: Miguel Carbonell es investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su cuenta de Twitter tiene más de 72,000 seguidores. Su sitio web es www.miguelcarbonell.com


Lo que vimos el domingo 1 de julio fue un ejercicio masivo de civilidad, el cual se había venido preparando durante meses. Los partidos seleccionaron a sus respectivos candidatos, las autoridades desahogaron todas las etapas del proceso, se realizaron centenares de mítines, hubo debates, los medios analizaron con cuidado (y con equidad) los dichos y los hechos de los distintos actores políticos, etcétera. Todo eso pavimentó la ruta hacia el gran día de las elecciones.

El día de la jornada electoral un millón de mexicanos estuvieron listos y puntuales en las casillas electorales para que todos los demás pudiéramos votar. El número de casillas instaladas superó cualquier precedente histórico. Todas ellas fueron vigiladas por representantes de los partidos políticos, quienes contaban con una copia del listado nominal de electores para ir verificando que el trabajo de las mesas directivas de casilla fuera apegado a la ley.

A las 20 horas (tiempo del centro del país) los medios de comunicación comenzaron a dar a conocer sus primeras estimaciones, con base en las encuestas de salida. A partir de esa hora arrancó el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), en el que cual fueron fluyendo los resultados de las casillas electorales, tal como iban llegando. A las 23 horas del domingo el Presidente del IFE dio a conocer las primeras estimaciones, con base en un conteo rápido encargado por la propia autoridad electoral sobre una muestra de 7,500 casillas repartidas a lo largo y ancho del país.

Eso fue lo que vimos y lo que se puede constatar, para quien lo analice sin prejuicios y sin ánimos partidistas: el fabuloso mecanismo de la democracia electoral funcionó.

Incluso más: los ciudadanos demostraron una gran madurez. Castigaron, como corresponde, a los gobiernos que no habían tenido un desempeño adecuado y premiaron a otros que lo hicieron mejor.

Hubo alternancia en la Presidencia de la República, pero también en Tabasco, Jalisco y en Morelos. En cambio, los partidos gobernantes renovaron la confianza ciudadana en el Distrito Federal y en Guanajuato.

El partido que ocupa el gobierno federal se fue hasta un lejano tercer lugar, algo que hubiera sido impensable hace un par de décadas. Quienes votaron por una opción para Presidente lo hicieron por otra en el caso de los legisladores federales.

Todo eso demuestra que tenemos ya una ciudadanía dispuesta a participar (más de 45 millones acudieron a las urnas), dispuesta a transitar por la vía electoral para elegir a sus gobernantes y atenta a las distintas opciones. Se dice fácil, pero a la luz de lo que ha sido la historia de México es una hazaña monumental que hay que valorar y defender.

Lo que vimos el domingo 1 de julio fue un pueblo compuesto por ciudadanos pensantes, que albergan visiones distintas del país y de sus opciones políticas, que creen en la democracia y que apuestan por la paz. Eso significa que vimos el ejercicio de un pueblo pensante.

Nadie debería descalificar gratuitamente a esos millones de mexicanos que decidieron ejercer su derecho fundamental de participación política, a través de los cauces que les marca la Constitución y la ley. El resultado final nos puede gustar más o menos, pero lo importante es que ese fue el resultado por el que votaron la mayoría de los mexicanos. Eso es lo principal y lo que nos debe llevar a reconocer las virtudes del sistema democrático que hemos ido construyendo en los años recientes.

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