Columna: Cartas a mis hijos

Opinión: La alternancia y pluralidad tras las elecciones

Print Comments

Por Armando Ríos Piter  @RiosPiterJaguar
   0 Comentarios

NOTA DEL EDITOR: Armando Ríos Piter es diputado Federal de la LXI Legislatura de la Cámara de Diputados y candidato a senador por el estado de Guerrero.

Las opiniones de los colaboradores y los usuarios de ADNPolítico.com no representan el punto de vista de este sitio ni el de Grupo Expansión.

 


 

La jornada electoral del pasado 1 de julio arrojó diversas lecciones para los que contribuimos, desde diversas trincheras, en la consolidación de nuestra joven democracia.

Por mucho, la más significativa fue la que ofrecieron todos los ciudadanos, por un lado, como actores directos en la organización de la jornada y, por otro, como electores comprometidos y conscientes de la importancia cívica de este acto, logrando que esta elección haya contado con el mayor número de votos en la historia reciente de nuestro país.

Y no es poca cosa.  Durante gran parte del siglo XX, el sistema electoral mexicano y el voto emanado de él –real o ficticio– fue utilizado por el régimen hegemónico priista para legitimarse en el poder y legitimar las acciones derivadas de su ejercicio. Carecía de las cualidades fundamentales de las que hoy goza y que permiten a los actores políticos y sociales del siglo XXI tener la certeza de que cada voto contabilizado de una urna es el voto depositado por un ciudadano con nombre y apellido. Por supuesto, existe el escenario contrario. No obstante, ha dejado de ser la regla y se ha constituido en la excepción.

La historia del voto es, en este sentido, la historia de nuestra democracia. Las reformas electorales que dieron paso a la evolución del sistema de partidos y, de este modo, a la participación de fuerzas políticas distintas y plurales, así como aquéllas que impulsaron la conformación de un sistema electoral robusto y confiable con órganos electorales autónomos y ciudadanos, y más recientemente aquéllas que han fortalecido la transparencia y la revisión de los resultados electorales, han logrado que el voto ciudadano se traduzca en agendas políticas y acciones de política pública; o bien, en la expresión del rechazo a aquéllas carentes de apoyo o base sociales.

En este sentido, la elección del pasado domingo, desde una visión retrospectiva, representó una clara desaprobación al gobierno de Felipe Calderón. De acuerdo a los resultados extraídos al cierre del PREP, prácticamente el 70% de los electores que acudieron a las urnas, esto es alrededor de 35 millones de mexicanos, votaron por un partido distinto a aquel que ocupa el poder, relegándolo, de hecho, a la posición de tercera fuerza política.

Bastaron 12 años y dos administraciones federales panistas para que quedara demostrado que el discurso democrático-humanista del PAN había sido superado por el pragmatismo y la búsqueda de la supervivencia política en el poder. Para que resultara evidente la ausencia de un proyecto de nación que, por principio de cuentas, rechazara en el discurso y en la praxis, el ejercicio de las más añejas y condenables conductas priistas. Para que quedara evidenciada su falta de oficio político. Para que fuera necesaria una segunda alternancia.

En este contexto, resultan por demás destacable los resultados a nivel local. Por un lado, Jalisco, uno de los principales bastiones panistas en el país, así como Morelos, que iniciara el siglo XXI con gobiernos emanados del PAN, decidieron apoyar y dar paso a la alternancia. El primero, tras 24 años de gobiernos panistas, decidió volcarse hacia el PRI, mientras que el segundo optó por dar su confianza a un gobierno de izquierda progresista.

En el caso del PRI, en un escenario similar se situó el estado de Tabasco, bastión que, por primera vez en su historia, se estrena en la alternancia con un voto de confianza hacia la izquierda. Ambos casos, sin duda, constituyen una conquista trascendental para esta fuerza política.

A nivel federal, el eventual triunfo de la coalición “Compromiso por México” obligará a los actores políticos y sociales a realizar un análisis serio y profundo de las razones por las que los electores decidieron optar por un partido al que costó tanto tiempo y esfuerzo enseñarle a compartir el poder y, eventualmente, a perderlo. Aunque su mandato sea, efectivamente, el continuar compartiéndolo. Así lo confirma lo que todo indica será la nuevamente plural composición de ambas Cámaras del Congreso de la Unión.

Por lo pronto, toca a todos aquellos candidatos de la izquierda para los diversos puestos de elección popular que se vieron favorecidos por el voto ciudadano impulsar la agenda que más de 15 millones de mexicanos respaldaron.

La izquierda en México debe consolidarse, ya como una fuerza política moderna y progresista que muestre y demuestre que es la opción más viable para sacar al país del impasse político, social y económico en el que se encuentra. Ésa será la principal herencia que hombres y mujeres de izquierda construiremos durante los próximos seis años. Ésa será la herencia que posibilitará que los hijos e hijas de todos los mexicanos en su edad adulta volteen con mayor convicción y contundencia hacia una verdadera alternancia de izquierda.

Síguenos en twitter y facebook

Por favor déjanos tu comentario