Opinión

Opinión: Mi primera experiencia en una manifestación

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Por Chumel Torres  @ChumelTorres

Estaba listo. Tomé el marcador y la cartulina gigantesca y escribí “No creo en una elección en donde en Atenco ganó el PRI”. Llegamos al lugar y unos aplaudieron al vernos caminar con nuestra manta; entendí que era un ejercicio común con cada persona que se adhería al grupo. Hacía un calor demoniaco pero estaba contento. Mi primera marcha estaba teniendo un gran comienzo.

Comenzamos y poco a poco se me fue quitando la penita de gritar “El que no brinque es Peña”. Pero no me fiaba del todo. La marcha llevaba muchas banderas, calcomanías y estandartes del movimiento #YoSoy132, pero a mí me constaba que tal marcha no fue convocada por un 132, fue organizada desde otra trinchera, no menos válida, pero no de la que se pretendía colgar.

Empecé a sospechar. Porque los viejos cascarrabias como yo, de todo desconfiamos, y nos vale madre. Cuando llegamos a la Plaza de Armas de mi natal Chihuahua gritamos iracundos al Palacio de Gobierno, nos cansamos de gritar, prendí un cigarrillo y comenzó el mitin. “Ahora sí ya va a sacar el cobre esta marcha”, me dije. Y sí.

Un joven de voz potente, invitaba a quien quisiera a dar unas palabras en el micrófono, “ahora sí ya valió pito”, pensé de nuevo. Ya veía yo al típico chavito con camisa del Che gritando “¡Pinches políticos de mierda!”. Y no me equivoqué.

Dentro de las muchas consignas dichas hubo chavitos que ni edad para votar tenían, pero decían lo mismo una y otra y otra vez; luego, para mi pánico revolucionario, las agendas se fueron mezclando, y cuando un señor en el micro dijo “¡Queremos libertad a presos políticos!”, dije “¿QUÉQUÉQUÉ?”.

Y mi instinto señoril no me falló. Sabía que esto para allá iba. A un “vamos a protestar por todo lo que está mal con el país” y eso era justo lo que me temía. Soy un firme creyente del poder de una manifestación en la calle, pero esa sola manifestación no puede resolver nada, es un acto simbólico, es un decir “mira cuántos somos y estamos inconformes”, pero al mismo tiempo, en todo movimiento social, se precisa de una agenda, de un, digamos ideal común. Ese ideal común estaba bastante diluido esa tarde en el centro de Chihuahua.

Me di cuenta que cada quien tenía una idea del para qué era esa marcha, unos decían que “La no imposición del gobierno priista”, otros “buscar la anulación de las elecciones”, etc. El chiste es que cada quién iba a algo diferente.

Lo que sí pude ver, es que nuestra marcha no era una marcha incluyente, a lo mejor yo tenía otro concepto e imaginaba a los líderes del grupo repartiendo volantes con las consignas que nos tenían esa tarde allí, información para todas las señoras que se nos quedaban viendo, un “qué queremos y por qué lo queremos”, pero no hubo tal. Me dolió poquito ver cuando los más jóvenes buscaron entrar a la fuerza al Palacio de Gobierno. Ahí fue cuando me perdieron. “Éstos no se saben manifestar”, pensé.

Y no es que me considere un experto en la protesta, insisto que es mi primera, pero lo que sí sé es cómo nos ve la gente, la ciudadanía. Como escribí en el artículo pasado, este país es de todos y todos tenemos que luchar juntos, pero cuando estamos haciendo algo que se sale de los límites de la civilidad (como irrumpir en el despacho del gobernador, yo no sé para qué) ahí es donde la demás gente se nos raja.

Pero en el DF la cosa tocaba los límites del surrealismo: llegando a mi casa me entero de que la marcha tomó un rumbo a la boda de Eugenio Derbez. Quiero pensar que el fin era que se escucharan las protestas en cadena nacional en aras de “es un evento público y él se atiene a eso”, pero también se me hace invadirle un momento familiar y de celebración a alguien que se ha manifestado en desacuerdo con el regreso priista, pero nuestros jóvenes no entendieron razones y bloquearon el evento.

Pero ahí no se acababa el corrido, al día siguiente me entero con el horror más cabrón de mi joven vida revolucionaria que la “artista conceptual” (inserte comillas épicas) “Congelada de Uva”, como parte de un “performance” (inserte comillas aún más épicas) defecaba encima de una manta de Peña Nieto en plena vía pública. Sip. Cagando por la democracia. Como pinches bestias.

No tengo palabras para expresar mi resentimiento hacia los que no hicieron nada por impedir esto. Peor aún, por los que la defendieron en las redes sociales. ¿Cómo pueden? ¿Cómo queremos que la gente nos tome en cuenta si en nuestras marchas se desarrollan estos actos? No es por mocho (o tal vez sí) pero pienso que si yo fuera alguien ajeno a la manifestación, un padre de familia, digamos, y veo a alguien cagando en la vía pública como que no me dan muchas ganas de incluirme a la causa. Obvio por uno la llevan todos pero, si todos somos México, ésa es la imagen que damos.

Viendo las fotos de tal momento “artístico” sentí lo mismo que sentí cuando vi a los chamacos esos querer entrar al Palacio de Gobierno: unas ganas de decir “no, niños; no la caguen (literal, en este caso)”. Sentí una voz que entendía a las señoras que nos veían desde lejos, a los jóvenes que no se nos adherían, a la gente que a veces nos cataloga como revoltosos, a los señores que nos gritan “pónganse a jalar”, a las madres con sus hijos que nos sacan la vuelta al vernos recorrer las calles.

Sé que generalizo, sé que no todos estuvimos ahí y sé que no todos nos comportamos así, pero por uno la llevamos todos. Y eso es bien pinche cierto. Tan es cierto que así como por unos, que decidieron cambiar su voto libre por una tarjeta de Soriana, la vamos a llevar todos. Y la vamos a llevar por seis largos años.

A menos… a menos que hagamos algo. Porque ya nos urge, nos urge unirnos, nos urge ser ciudadanos, nos urge rescatar este país. Nos urge un México. Defendámoslo.

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