TIARÉ SCANDA

Opinión: En la politica mexicana nadie es monedita de oro

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Por Tiaré Scanda  @tiare_scanda
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NOTA DEL EDITOR: Tiaré Scanda es actriz de cine, teatro y TV. Participa actualmente en la telenovela "Por ella soy Eva”. Es autora del monólogo “Con la P en la frente” y otros espectáculos de cabaret, conductora de la Feria de Derechos Humanos de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal y vocera de Save The Children México.

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No somos moneditas de oro pero secretamente a todos nos gustaría tener un cofre lleno de ellas. Ya sea para sobrevivir, para viajar o para financiar la revolución. Por supuesto no es políticamente correcto decirlo si eres de izquierda.

Desgraciadamente el dinero ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. Por eso existen sicarios que matan por 2,000 pesos y mexicanos que por 500 venden su voto a algún partido.

Quienes estamos decepcionados del resultado de la elección preferimos hacer como que creemos que esas prácticas son exclusivas del PRI.  Esas y las otras: los acarreados, las despensas, etc. 

Casi oigo la voz de algún lector diciéndome: “Es que no se comparan las tranzas de unos y de otros. El PRI es más corrupto”.  Así han de decir los sicarios: “Ese güey es más sicario que yo porque cobra más caro”.

Recordemos también que en todos los grupos de personas -léase nuestra familia, el lugar en que trabajamos, los partidos políticos, los pobres, los ricos, el IFE y el TEPJF- están mezclados todo tipo de caracteres, patologías y ambiciones.

Como nuestro país tiene una tendencia natural al melodrama solemos ver y etiquetar a los personajes públicos como buenos sin defectos o malos sin virtud alguna y por supuesto, nos identificamos con el más débil. A veces, sedientos de justicia, defendemos acaloradamente a uno u otro político -al que ni siquiera conocemos en persona- al grado de poner en riesgo amistades, vínculos familares o hasta nuestra integridad física, porque si se arman los trancazos, nadie va a averiguar si nosotros estábamos protestando en son de paz. 

Difícil, por cierto, eso de protestar en paz… Enojarse bonito… Sea usted tan amable de indignarse tranquilo: no corro, no grito, no empujo.

En nuestro afán de luchar al lado de aquellos a quienes consideramos los buenos, corremos riesgos. Es triste pensar que a la hora de la hora, los políticos no van a venir a rescatarnos de los granaderos porque en la gran escala de las cosas, somos hormigas. O para decirlo de manera más institucional, daños colaterales.

En este cochinero que es la política mexicana, es difícil saber quiénes son los buenos y quiénes los malos y cuál de todas las verdades es la verdad. Quién es honesto cuando nos dice que está luchando por nuestros derechos y quién nada más está pensando en su hueso. Quién es cuate de quién o pareja de quién aunque estén en partidos rivales o quién está recibiendo dinero de quién y para qué. Dinero. Dinero. Dinero.

Políticos o no, quizá lo que más debería alarmarnos es la importancia que tiene el dinero en la escala de valores de la mayoría de los mexicanos.

Cuando escuchamos por ahí que todos somos parte de la corrupción, pocos podrían alzar la mano y decir: “Yo no”. ¿Cuántos podrían afirmar: “Yo no me vendo, yo no tengo un precio en dinero” y entonces sí, arrojar la primera piedra?

Conocí muy de cerca a una abogada que se pasó la vida ayudando gratis a gente que no podía pagarle. Para ella, la solidaridad era un valor mayor que la acumulación de riqueza y lo más gozozo del dinero, cuando lo había, era compartirlo. Hay gente muy pobre que piensa igual y comparte lo poco que tiene con gran generosidad.

No cualquiera se vende. El valor que se le da al dinero tiene que ver con la educación que uno recibe en casa, sin importar la clase social a la que se pertenezca. En casa te enseñan que no se roba bajo ninguna circunstancia, que no se abusa de alguien más débil, que no se miente.

Eso me hace pensar que la revolución también se puede hacer desde las casas y los salones de clases. Sin violencia, generando cambios verdaderos (valga el slogan) en las nuevas generaciones y educándolos con el ejemplo.

¿Qué mejor lección de democracia que tratar a los hijos e hijas como ciudadanos con derechos iguales y respetar sus opiniones, aún si no coinciden con la nuestra?

Y en la medida de lo humanamente posible, ser irreprochables como padres, como ciudadanos, como mexicanos a los que de verdad les preocupa el bienestar de su país. De esos mexicanos que jamás tirarían basura en la calle porque están concientes de que, al llegar las lluvias, eso provoca inundaciones que afectan sobre todo, a los más pobres. De los que, si manejan, le dan prioridad al peatón. De esos que respetan a las mujeres.

Tal vez no lleguemos a ser moneditas de oro pero sí gente que cumpla reglas simples:  “No robo, no miento, no insulto”.

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