HÉCTOR FAYA

Opinión: Ser ejemplo anticorrupción, el reto del PRI y Peña

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Por Hector Faya Rodríguez  @HectorFaya
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Nota del editor: Héctor Faya Rodríguez es abogado y maestro en Gobierno por la Universidad de Georgetown.


De todos los temas pendientes en la agenda pública hay uno que es la llave maestra para poder abordar los demás: el combate a la corrupción. Este tema debe estar arriba en la lista porque en una atmósfera de corrupción es imposible que prospere la paz, el desarrollo o los derechos humanos. El uso inapropiado del poder público o privado contagia de desconfianza las relaciones sociales y genera, como reacción en cadena, cada vez mayores incentivos para incumplir la ley.

En casi todas las actividades imaginables en nuestro país, la corrupción ha generado unos males y ha profundizado otros. La baja calidad educativa, la fragilidad del sistema judicial, el narcotráfico, la debilidad democrática, el crecimiento económico mediocre, los marcados índices de desigualdad social y la degradación del medio ambiente son temas que no pueden comprenderse desvinculados al problema de la corrupción.

Con una calificación de honestidad de 3 en una escala de 10, México es calificado por Transparencia Internacional como uno de los países más corruptos del mundo, con claros retrocesos durante los últimos años. Nuestro país está situado por debajo de países como Zambia, India, Perú, Marruecos, Liberia, El Salvador y Ghana. Si nos concentramos en los países de América Latina, México ocupa la posición 20 entre 32 países.

El costo anual de la corrupción en México es de 1.5 billones de pesos, de acuerdo con estimaciones del Centro de Estudios del Sector Privado (CEESP). Lo anterior equivale a 10 por ciento del Producto Interno Bruto del país, es decir, 35 veces el presupuesto anual del Poder Judicial de la Federación. Este estado de antiderecho es alimentado de un 98% de impunidad; es decir, sólo se castigan 2 de cada 100 delitos cometidos.

El origen de la corrupción no es necesariamente económico. Estados Unidos, la potencia más importante del mundo, está dos lugares por debajo de Chile en el índice de corrupción, y México se encuentra 73 posiciones por debajo de Chile. La corrupción es fundamentalmente resultado de los rasgos culturales de las sociedades formados a través de la historia, combinados con la capacidad o incapacidad de los sistemas políticos de construir reglas confiables y aplicarlas eficazmente (Estado de Derecho).

Como están diseñadas las reglas del juego en México, ser corrupto sale más barato que ser honesto. Desde que nuestro país fue conquistado, la corrupción ha sido una práctica usual. La venta de cargos públicos, la malversación de fondos, el nepotismo y el soborno fueron prácticas permitidas por la Corona Española durante los 300 años que duró el período colonial. Ya como nación independiente, México perpetuó las mismas reglas. Con tal normalidad, el profesor Hank González, con cinismo agudo, acuñó la frase “un político pobre es un pobre político”.

Periodo por periodo, en cada nivel de gobierno todos los partidos políticos han sucumbido ante el "canto de las sirenas". La corrupción sigue creciendo de manera desmedida y, sin duda, esto ha contribuido a que los ciudadanos vean a sus gobiernos federal, estatales y municipales como parásitos y estructuras ajenas, en vez de ejes que aglutinan proyectos comunes.

El nuevo Gobierno Federal tendrá una tarea gigantesca, que no podrá ser enfrentada sólo con una súper Comisión Anticorrupción. Enrique Peña y su gabinete necesitarán, primero, la suficiente voluntad política para luchar contra sus propios monstruos de la corrupción para comenzar con el ejemplo y generar credibilidad. Después, habrá que construir un gran consenso nacional para que la sociedad civil se convierta en el gran vigilante del actuar del gobierno y de las relaciones entre éste con los particulares. Cambiar es posible, y hay que comenzar con el pie derecho.

Reivindicar la política, repensar esquemas de ética pública y convertir el “método” de la democracia en un “hábito” del sistema es una tarea gigantesca, inserta en la transformación cultural que debe buscar nuestro país. Compartir los principios de la democracia como forma de vida es el camino indicado para fortalecer la cohesión social, que cada vez más debe estar respaldada por hábitos de comportamiento que deben ser comunes a políticos, funcionarios públicos, empresarios y ciudadanos.

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