OPINIÓN

El día que el Tribunal declaró a Calderón presidente electo

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Por Luis Carlos Ugalde  @LCUgalde
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NOTA DEL EDITOR: El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación dictaminó la validez de la elección presidencial y declaró presidente electo a Enrique Peña Nieto, en medio de protestas y descontento de los partidarios de Andrés Manuel López Obrador.

¿Cómo se vivió hace seis años la calificación de la elección y la entrega de la constancia de presidente electo a Felipe Calderón Hinojosa? Luis Carlos Ugalde, entonces consejero presidente del IFE, narra aquel episodio en su libro Así lo viví (Grijalbo, 2008), cuyo capítulo 16, “Ya hay presidente electo”, se reproduce a continuación con autorización del autor. La versión digital puede adquirirse en www.asilovivi.com

Mi dignidad política había sido cuestionada, pero nunca había sentido mi integridad física en peligro. El 6 de septiembre de 2006, un día después de que el Tribunal Electoral declarara válida la elección, y presidente electo a Felipe Calderón, sentí miedo no por la decisión del tribunal, sino porque por vez primera sentí en riesgo mi integridad corporal. Supe entonces que las agresiones políticas en las plazas y en los discursos son digeribles. No tenían consecuencias irreparables. ¡Cuánta tolerancia había desarrollado!

Ese 6 de septiembre el tribunal entregaría a Felipe Calderón su constancia legal de presidente electo. Al igual que los demás consejeros del Instituto Federal Electoral (IFE), esa mañana había recibido la invitación para acudir a la ceremonia. En momentos normales esa invitación era parte del protocolo burocrático, y una ocasión para saludar a amigos. Pero los eventos de los dos meses recientes volvían esa invitación incómoda, no por quien invitaba, sino por el clima que vivía el país y por las manifestaciones de protesta que se habían anunciado alrededor de la sede del tribunal esa tarde.

Días antes los consejeros electorales habíamos asistido, como en años anteriores, a la ceremonia del informe del presidente Vicente Fox. Era el último como presidente de la República. Había sido un caos. Los partidos agrupados en la coalición que apoyaba a López Obrador habían amenazado con que no dejarían que Fox leyera su informe. Cumplieron. La zona alrededor del Palacio Legislativo de San Lázaro había sido acordonada: parecía una zona de guerra. Al interior del recinto prevalecía el encono, los denuestos y la violencia verbal. El presidente Fox no pudo llegar a la tribuna. Entregó su informe por escrito en el vestíbulo del Congreso, frente a las barricadas humanas que se interponían para que entrara. Ese 1 de septiembre presagiaba un tono semejante en la ceremonia en la que el tribunal entregaría la constancia de mayoría a Felipe Calderón.

Salimos de la oficina poco antes de las 4 de la tarde. La cita era a las 5, en las instalaciones del tribunal, al suroriente de la ciudad. Iba con el consejero Andrés Albo, y en otro automóvil venía Alejandro Ríos Camarena, mi secretario particular. Nos acompañaba una escolta que mantuve a lo largo de esos meses. Por el clima que vivía el país, el Estado Mayor Presidencial había procurado la protección apropiada para evitar incidentes durante 2006. Cuando nos acercábamos al tribunal vi a lo lejos una enorme concentración humana en la puerta principal. “¡Fraude, fraude!” La gente se veía más enardecida que en otras ocasiones. Era entendible. Esa tarde el tribunal entregaría la constancia de presidente electo a Felipe Calderón, y eso significaba el fin de la ruta legal para revertir el resultado. Después de ese día, no había recurso legal adicional alguno del que dispusiera López Obrador para impugnar la elección. Esa tarde concluía, desde un punto de vista legal, no político ni social, la historia de la elección.

El día anterior, tras conocer el fallo del tribunal, en una asamblea informativa en el Zócalo capitalino, López Obrador lo había desconocido. Su rechazo era parte de la ruta que había iniciado el 6 de julio, cuando desconoció los resultados del IFE al concluir los cómputos distritales. No había nada nuevo bajo el sol. El 6 de julio había dicho que acudiría al tribunal para limpiar la elección. Este había revisado su impugnación durante varias semanas, había recontado miles de casillas y revisado la evidencia ofrecida. El día anterior los magistrados habían concluido que la elección era legal y válida. Habían declarado presidente electo a Felipe Calderón. López Obrador desconoció el fallo.

“Los magistrados […] se sometieron, no tuvieron el arrojo, la dignidad, el orgullo, la arrogancia de actuar como hombres libres. Optaron por convalidar el fraude electoral. […] Se negaron al recuento voto por voto, casilla por casilla. Se negaron a trasparentar la elección. […] Todo ello se explica, porque el candidato de la derecha no ganó la elección presidencial”.

Mientras López Obrador hablaba, caía una densa lluvia, que resaltaba una plaza triste, con expresiones de frustración y rabia combinadas. Según las crónicas periodísticas, había gente que lloraba. Para millones de mexicanos que querían un cambio, y para quienes López Obrador era un halo de esperanza, esa tarde todo concluía. En su mente seguramente surgía la frustración y el coraje de la desigualdad, el abuso y la corrupción. Para esos mexicanos que lloraban esa tarde en el Zócalo no importaba lo que dijera el tribunal ni sus razonamientos y tecnicismos legales. Tampoco importaba si López Obrador mentía o hablaba con la verdad. Para ellos AMLO estaba de su lado, y lo veían como la única salida hacia una vida mejor. López Obrador había despertado una aspiración legítima a una vida mejor, y esa tarde el tribunal les decía que esa esperanza ya no existía.

“[…] Por lo anteriormente expuesto, expreso mi decisión de rechazar el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y desconozco a quien pretende ostentarse como titular del Poder Ejecutivo Federal sin tener una representación legítima y democrática”.

Aunque en ocasiones anteriores ya había desconocido a las instituciones, en esta ocasión fue aún más lejos:

“Por eso, aunque no les guste a mis adversarios, ¡al diablo con sus instituciones!”

Esa noche legisladores y miembros de su coalición, firmaron un documento para impedir que el 1 de diciembre Felipe Calderón tomara posesión como presidente de México. “No permitiremos que el presidente espurio tome posesión el primero de diciembre de 2006.” La concurrencia reaccionó: “¡No pasarán, no pasarán!” Y se oyeron, como se habían oído en las semanas previas, reminiscencias de 1988: “¡Repudio total al fraude electoral!” La historia no acababa, como muchos habían pensado a principios de julio, cuando defendieron el derecho de AMLO a acudir a las instancias legales para impugnar la elección. El fallo se había dado, y la historia apenas comenzaba.

***

La tarde anterior, la Misión de observación electoral de la Unión Europea emitió su comunicado final después de haber permanecido en el país por casi tres meses. Decía que “los resultados oficiales anunciados por el Tribunal Electoral son el reflejo de la voluntad legítima de los ciudadanos mexicanos”. Reiteró lo que había dicho desde el 3 de julio: que la elección se había desarrollado en un ambiente transparente y competitivo; que las autoridades electorales habían sido responsables de la organización de un proceso electoral “caracterizado por altas dosis de apertura, imparcialidad y profesionalismo”; y que “los electores acudieron a las urnas en número significativo y ejercieron en términos generales su derecho al voto libremente, sin intimidaciones y de manera tranquila y ordenada”.

La Misión de la Unión Europea validaba la elección mexicana. López Obrador los había descalificado desde antes:  —no vieron nada—, dijo una y otra vez cuando le decían que los europeos decían que la elección había sido legal y transparente.

***

Cuando nos acercábamos esa tarde del 6 de septiembre a la puerta del tribunal, y a la distancia oía y veía a la multitud enardecida, me preguntaba cuándo sería el final del conflicto postelectoral. Este era simplemente un reflejo de divisiones sociales más profundas. El grito de fraude era más que un grito en contra de un resultado electoral. Era el síntoma de una enfermedad profunda que el país había arrastrado por siglos: la enfermedad de su desigualdad, su clasismo, su impunidad.

A unos metros de llegar, me di cuenta de que mi presencia podría ser disruptiva y causar aún más encono del que ya se percibía. Decidí acostarme cara abajo en el piso del asiento trasero de la camioneta, para evitar que los manifestantes me identificaran. Ya sin ver lo que ocurría, por los gritos supe que ya nos encontrábamos a la entrada. “¡No pasarán, no pasarán!” Los gritos que escuchaba eran cercanos y sentía a la multitud sobre mí. Eran cientos de voces enardecidas que querían dejar evidencia de su furia por lo que sería, dos horas después, el acto final del proceso electoral.

Por estar prácticamente oculto en el piso de la camioneta, oía con más nitidez los gritos y las estridencias. Los gritos crecían. De repente, la camioneta se detuvo. La multitud impedía que avanzara el convoy. Nadie ahí sabía que Ugalde estaba en esa camioneta que ellos ya golpeaban. Sabían que ese convoy iba a la ceremonia “del futuro presidente espurio” y eso era causa suficiente para agredir al automóvil y a sus ocupantes.

—Andrés, dime qué pasa —gritaba al consejero que estaba sentado observando la trifulca externa. Andrés Albo es un hombre sensato, ecuánime y de buenos modales. A lo largo de los años que compartimos en el IFE nunca estalló en cólera o exabruptos, a pesar de que tuvo justificación para hacerlo en más de una ocasión. La prudencia lo definía. Pero esa tarde la situación externa nos ponía en el límite.

—No te muevas, están volteando para ver quién está adentro —me dijo Albo mientras simulaba hablar por su teléfono celular para fingir normalidad.

Afuera había una multitud agraviada y enardecida con palos y piedras. Yo representaba la cara del fraude en que ellos creían. Yo era a sus ojos y a sus gritos uno de quienes habían manipulado la elección para mantener un mundo de privilegios. Un obstáculo para que ellos vivieran mejor. Si alguien me veía en ese momento, la gresca y el linchamiento podrían ser inevitables. La furia de las masas es un proceso emocional y colectivo que no tiene límites. Ocurre, y en ocasiones sus consecuencias son mortales. Cuando la masa se enardece y encuentra un ícono para descargar su coraje, actúa en cascada y no hay fuerza ni razón que la detenga.

Sentí miedo. Estaba acostado boca abajo y mi única protección era mi anonimato. Pero ese anonimato desaparecería en cuanto uno de quienes golpeaban las ventanas de la camioneta me descubriera y gritara “Ahí está Ugalde”. Un hecho contingente quizá me salvó del linchamiento. Esa mañana Adalberto, quien era mi chofer y colaborador de muchos años, había recogido la ropa de la tintorería y la había colgado en la parte trasera de la camioneta, justo arriba de mi cabeza, que en esos momentos quería desaparecer. Mis camisas y pantalones recién lavados impedían la visión hacia el interior por uno de los flancos y eso, quizá, evitó que fuera reconocido.

La multitud aventaba huevos y golpeaba con más fuerza la carrocería de la camioneta, que se movía en sincrónica cadencia de un lado para el otro. Detrás de nosotros la suerte de Ríos Camarena era también de alto riesgo. Se subieron al cofre y al techo de su automóvil mientras él, indefenso, sorteaba la agresión en espera de un milagro.

—Adalberto, vámonos ya —le gritaba al chofer con mi voz apagada por la alfombra. Pero Adalberto no podía moverse en reversa porque estábamos rodeados. Fueron segundos eternos. Presentí que en cualquier momento alguien gritaría “Ahí está Ugalde” y ocurriría la catástrofe.

—Andrés, vámonos ya —le gritaba al consejero, ante la inmovilidad que percibía. Andrés seguía fingiendo que hablaba por su celular y mantenía la calma de su gesticulación. En ese momento recordé su rostro inalterable, cuando en las sesiones del Consejo General aguantaba los ataques de los partidos por las multas que recibían. Pero en ese momento yo prefería los gritos de los partidos enardecidos que la furia incontrolable de la turba que nos rodeaba. Pasaron varios minutos, que para mí fueron décadas. Finalmente, Adalberto imprimió la reversa, pero a un paso lento, por la multitud que rodeaba el automóvil. Fueron momentos en los que me di cuenta de que las agresiones verbales son irrelevantes. Había tenido que estar en una situación límite para pensar eso. ¡Qué grave!

La camioneta salió magullada, pero sus ocupantes ilesos. Tomamos la ruta que debimos haber seguido desde el principio, la de la puerta trasera. ¡Cuántas veces en esos meses tuvimos que entrar por la puerta de atrás para no ser vistos! Esa tarde, por error, habíamos querido entrar por la puerta de adelante y habíamos estado a punto de ser linchados. Teníamos que entrar por las puertas secretas, las de los privilegiados o las de los acusados, como se le quiera ver. En México era lo mismo en ese momento. Entramos al estacionamiento del tribunal y llegó la calma.

Subimos al cuarto piso. Como siempre ocurría, había edecanes amables que conducían a los invitados a la sala de reuniones. Su sonrisa, lejos de cambiar mi estado de ánimo, acentuó mi sensación de preocupación. No era ya el linchamiento que había evitado, sino que esas sonrisas reflejaban cierta ficción del acto al que acudía. No era ficción legal. Era la ficción de dos Méxicos, uno que habitaba adentro de las instituciones y otro afuera de ellas. Uno con acceso, otro sin oportunidades. Esa tarde, intramuros, acudíamos a la entrega de una constancia de presidente electo, pero afuera habitaba otro México. Las sonrisas amables de las edecanes hacían más nítido ese contraste.

Afuera se escuchaban gritos de desesperación “¡Fraude, fraude!” Adentro, nos servían vino tinto. Afuera gritaba una multitud furiosa. Adentro, estaban los magistrados del tribunal, los ministros de la Suprema Corte y los consejeros del IFE. Poco a poco fueron llegando los demás: Felipe Calderón con su esposa, Margarita, y varios de sus colaboradores cercanos. Florencio Salazar, su asesor, apareció ya tarde. Había sido zarandeado por manifestantes cuando intentaba entrar a pie en las instalaciones. Su traje lucía descompuesto. Le habían lanzado huevos. Al final de la recepción llegó el todavía gobernador de Jalisco, Francisco Ramírez Acuña, quien sería secretario de Gobernación por un periodo breve, al inicio del gobierno de Calderón.

Poco antes de las 7 de la noche estábamos ya instalados en la sala de sesiones del tribunal. A mi izquierda estaba Mariano Azuela, presidente de la Corte, y Carlos Abascal, secretario de Gobernación. A mi derecha, del otro lado del pasillo, Manuel Espino, presidente del PAN; Felipe Calderón, su esposa y Germán Martínez, representante ante el IFE. Atrás, los demás invitados. Fue una ceremonia breve. Después de que recibió su constancia, Calderón leyó un mensaje. Convocaba a la reconciliación nacional. Pero tras los muros se oía el eco del “voto por voto”, y los gritos de coraje y frustración. En ese momento podíamos desestimar las razones de los inconformes y cuestionar la validez legal de sus alegatos, pero había un hecho político real: el acto democrático para ungir a Calderón como el futuro presidente de México se realizaba bajo estrictas medidas de seguridad.

Cuando concluyó la ceremonia nos condujeron a nuestros vehículos por el estacionamiento de atrás. Habíamos entrado por atrás y saldríamos por atrás. Calderón había llegado en helicóptero y se marcharía por aire. La democracia mexicana certificaba la elección de 2006 en un búnker. La elección había sido legal y democrática, pero muchos mexicanos pensaban diferente. Eso no era una buena noticia para el futuro de México. Salí triste y preocupado. Había salvado mi integridad física esa tarde, pero el sabor que me quedó no era bueno. Algo sabía mal.

***

Tiempo después le pregunté al capitán Aguilar, jefe de la escolta, qué hubiera pasado si los manifestantes me hubieran descubierto y se hubiera armado un linchamiento. Con tranquilidad y certeza aseveró: “Doctor, a usted jamás se lo hubieran llevado. Estamos entrenados para eso.” No me lo dijo, pero entendí que si la violencia hubiera estallado, la escolta habría impedido cualquier agresión física, con los métodos y los instrumentos para los cuales estaban entrenados. Hubiera sido lamentable.

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