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El viacrucis de la víctima de Pemex confundida con otra

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Por Óscar Balderas  @oscarbalmen

Alan Carmona aún habla en presente cuando recuerda a su mamá, aunque ella murió hace 8 días, justo a las 15:57 horas del 31 de enero, cuando una explosión cimbró el edificio B2 de Petróleos Mexicanos y se llevó 37 vidas.

A sus 23 años, el estudiante de Medicina de la UNAM la recuerda, respira y habla de ella… para luego detenerse, corregir y emplear el verbo correcto: pasado, porque María de la Cruz murió por múltiples traumatismos, causados por el concreto que se desprendió de paredes y techo por una fuga de gas.

-  Ella trabaja – dice Alan y pausa. – Perdón… trabajaba… en el área administrativa de Servicios Médicos, edificio José Colomo, en contraesquina de la torre de Pemex.

Su historia es como la de los familiares que perdieron a sus seres queridos aquella tarde, pero su dolor es diferente: por una confusión, el cuerpo de su mamá fue entregado a otra familia, velado en una casa ajena, cremado sin el consentimiento de su esposo e hijos, y un día después le fue regresado en cenizas dentro de una urna metálica con una disculpa y sin la certeza de que sean de su mamá.

-   ¿Usted estaría conforme de tener sólo unas cenizas? ¿De no corroborar que ese es el cuerpo? – dice Alan a un ritmo despacio, buscando entre las palabras la mejor descripción para eso que llama “pesadilla”.

La historia de un mal sueño que pudo cambiar con 3 minutos de diferencia y que cuenta, por última vez ante los medios.

***

María de la Cruz, o Maricruz como la llamaban en su trabajo, tenía como característica su risa: contagiaba su humor a los enfermeros y médicos que llegaban hasta su escritorio con alguna preocupación por un trámite burocrático.

Sus compañeros la recuerdan como una mujer empática, dispuesta, alegre y puntual a la hora de hacer su trabajo; cuando no estaba atendiendo pilas de papeles, apoyaba su celular sobre las tres perforaciones de su oreja derecha y platicaba con alguno de sus tres hijos: Alexis, ingeniero de 29 años, Yadira, licenciada en Turismo de 23 y su cuate Alan, el médico de la familia.

El día de la explosión, María de la Cruz y su esposo Roberto Carmona, bombero de Pemex, dejaron cerca de las 6:30 horas su casa en el municipio de Nezahualcóyotl, Estado de México, para llegar a la sede de la paraestatal. Checaron tarjeta y cada quien se dirigió a su área de trabajo. Quedaron de verse más tarde en la salida de las instalaciones para comer juntos.

Dieron las 15:00 horas y ella se puso de pie, abandonó el primer piso del edificio José Colombo y salió a comer. Regresó cerca de las 15:50 horas y para no checar con retraso su tarjeta, se despidió de su esposo con la promesa de verse en la noche para volver a casa.

Se besaron. Dieron la vuelta y se apartaron. La tarjeta de ella checó a las 15:54; tres minutos después, el edificio explotó. En ese instante, María de la Cruz había cruzado el edificio B1 para entrar al B2.

En un principio, Roberto Carmona no se acordó de su esposa durante la explosión. Escuchó el tronido, dio vuelta y recordó lo mejor que pudo sus lecciones de primeros auxilios; según su hijo Alan fue una especie de “laguna mental” que le permitió hacer su trabajo de bombero y rescatista y salvar varias vidas.

Sin reparar en María de la Cruz, Roberto usó lo poco que tenía a la mano para auxiliar a sus compañeros de trabajo: manos, palas, cubetas, sogas, todo lo necesario para auxiliar a los heridos, quienes no comprendían lo que sucedía, pero alcanzaban a estirar sus brazos para pedir ayuda. Uno, dos, tres, hasta 10 cuerpos sacó Roberto hasta que su esposa llegó a su mente.

Cuando vio suficientes manos que ayudaban, Roberto llamó a su hijo Alexis y Alan para comunicarles lo que en ese momento presumía: estalló una bomba en Pemex, hay muchos muertos, tu mamá está bien, pero hay que encontrarla.

Movieron vigas, paredes, techos, plafones, todo lo que sus cuerpos podían cargar. Salían heridos, manchados de cabeza a pies con un polvo blanco. No la encontraron en el derrumbe, así que pensaron que alguien, como hizo Roberto, la ayudó y estaría en algún hospital.

Alan recorrió la mayoría de ellos: la Cruz Roja, los del Gobierno de la República, los del Gobierno del DF y los privados. Nada. Sus tíos, María Eugenia y Armando Carmona, regresaron a casa, vaciaron los cajones, encontraron una fotografía reciente de María de la Cruz y con ella diseñaron un cartel con sus teléfonos y la leyenda “Desaparecida”.

Si los rescatistas se cansaban de buscar los cuerpos, Alan, sus hermanos y su papá entraban en acción a la hora que fuera; con sus manos movían el cascajo, gritando y luego callando para tratar de escuchar una voz de auxilio.

El viernes 1 de febrero por la noche, Alan tuvo que aceptar una idea a la que se había resistido: atender la convocatoria de las autoridades de la PGR para que los familiares que no encontraban a sus seres queridos los buscaran en las planchas para cadáveres del Servicio Médico Forense (Semefo).

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El Semefo es un lugar frío. El anfiteatro, de paredes blancas y grises, es una cámara con dos grandes plantas de refrigeración y una de congelación para conservar más de 150 cuerpos al mismo tiempo. Quienes ahí trabajan dicen que la temperatura del lugar obliga a quien entra a experimentar un escalofrío, casi siempre acompañado de mucho silencio.

Todos los cadáveres acomodados en planchas grises y cubiertos con sábanas blancas tenían un primer expediente con la posible causa de muerte, hora aproximada, identidad probable, descripción de lesiones internas y externas, hallazgos de la necropsia, toma de ADN y huellas dactilares, descripción atropométricas y, algunos, apertura y cierre de cavidades como cráneo, cuello, tórax, abdomen y útero.

Hasta ese lugar llegaron los familiares y por orden de arribo les permitían ver los cuerpos para que reconocieran a sus madres, padres, hijos y tíos que trabajaban en Pemex.

Primero, tenían que elegir quienes harían los reconocimientos a través de un cristal que dividía dos cuartos y prepararse emocionalmente para la imagen de su familiar sumamente golpeado, a veces desfigurado. Si lo reconocían, firmaban el acta médica, un documento de aceptación e identidad para llevarlo y velarlo; si no, descubrir un cadáver tras otro hasta que apareciera el familiar.

Alan y su familia tuvieron el lugar 11, delante de 18 turnos. Les mostraron varios cuerpos, unos identificables y otros irreconocibles, pero ninguno se parecía a María de la Cruz: 158 centímetros, robusta, cabello chino rojizo teñido, uñas pintadas de color verde, lunar en la clavícula derecha, ojos café, cicatriz en el glúteo derecho y los tres orificios en la oreja derecha.

Al final, el sábado 2 de febrero, ningún cadáver era el de la mamá de Alan. Y pensó “tal vez se encuentre viva”. Pero la esperanza duró poco.

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Para el 4 de febrero, Alan había convocado ya a varios medios de comunicación para refutar los dichos de las autoridades. Con una fotografía de su mamá del tamaño de su torso colgado en el pecho dijo que no era verdad que todos los muertos, heridos y sobrevivientes estuvieran contabilizados.

-   Mi mamá sigue desaparecida. Y no nos vamos a ir hasta que nos la entreguen como sea – dijo el joven con su bata de médico puesta, explorando por primera vez la posibilidad de que ya no la encontrarían viva.

No lo sabía en ese momento, pero mientras seguía su búsqueda, el cuerpo de su mamá estaba en casa de la familia Falcón Lavín, que equivocadamente veló a María de la Cruz pensando que se trataba de Margarita Falcón Lubián, otra trabajadora de Pemex.

Su viudo Jorge Romo, había acudido unos minutos antes que Alan al Semefo, y detrás de un cristal identificó a la que pensó era su esposa.

A Jorge sólo le dejaron ver una cabeza cubierta por una cofia y un rostro desfigurado de la nariz para arriba. El dolor de ver más allá apresuró su decisión y firmó que ese cadáver era el de su esposa, según fuentes consultadas por la PGR.

Jorge se llevó el cuerpo y pese, según las autoridades, a que el peso, estatura, cabello y ropa no concordaban, María de la Cruz fue cremada en la zona centro del Distrito Federal con el nombre de Margarita.

Mientras tanto, Alan ya sospechaba de un posible error. Su mamá no aparecía por ningún lado – apenas su celular y credencial de trabajo – por lo que pidió a las autoridades que le hicieran una prueba de ADN a su hermano mayor y la cotejaran con todos los cadáveres entregados.

Así se hizo y el lunes por la noche un sobre blanco con el logo de la PGR descubrió la confusión: el cadáver de la mamá de Alan fue entregado a otra familia. Para entonces, sólo quedaban cenizas.

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A las 7:30 horas del martes 5 de febrero, María de la Cruz regresó a manos de su hijo Alan dentro de una urna metálica. Fue un proceso que duró toda la madrugada y culminó con la entrega del cuerpo correcto a la familia Falcón Lavín y el regreso de los restos para la familia Carmona Canales.

Los detalles del intercambio, cuenta Alan, sólo los conocen ambas familias, que no emprenderán acciones legales contra las autoridades: una que veló dos cuerpos en la misma semana y otra que no tiene la certeza plena de que dentro de esa urna estén las cenizas de María de la Cruz.

-   Es inexplicable, es algo muy confuso que reciban un cuerpo que no es de ellos. Es una situación delicada. (…) Para terminar de angustiar a la familia, de deshacerlos internamente con tristeza y perder la esperanza, terminaron por incinerar el cuerpo. Ellos tomaron esa decisión (…) Ninguna familia quedaría conforme con recibir sólo cenizas, ¿a quién le lloramos? ¿de quién podemos despedirnos? ¿cómo podemos vivir este proceso de duelo, sólo con las cenizas? – pregunta Alan, quien trata de no llorar frente a las cámaras.

El martes 5 de febrero fue su última aparición en medios. Después de unas breves entrevistas, anunció el inicio de su duelo que debió empezar el mismo 31 de enero y se alargó por más de 120 horas hasta un desenlace “dolorosísimo”.

- Eso me deja ella: poder luchar hasta conseguir lo que uno quiere. Es una persona que voy a amar toda mi vida, es mi ejemplo a seguir y que nos deja una gran enseñanza – cuenta el joven, quien se disculpa cada vez que habla en presente de ella.

Las cenizas de su mamá, dice Alan, se quedarán en casa, en un espacio entre la sala y la cocina, justo el lugar donde María de la Cruz cocinaba el platillo favorito de su hijo: un guisado de suadero y nopales con salsa roja.

Ahora, ese ritual de comer juntos en casa todos los viernes, para el estudiante de medicina quedó pendiente. -Ya la tendremos–, dice Alan, con resignación, mientras da la vuelta y emprende el regreso a su casa en Nezahualcóyotl.

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