GOBIERNO

Crónica: 'Es la bienvenida', advierten manifestantes a Peña

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Por Óscar Balderas  @ADNPolitico

"¡Le dieron, le dieron!”, grita Mariana, histérica, mientras abraza a Juan, su novio, tendido frente a la estación del Metrobús San Lázaro. Una esquirla de bomba de gas lacrimógeno se le ha incrustado en la mejilla y lo ha derribado mientras cargaba una pancarta en la que se leía "¡México sin PRI!".

Alrededor de Juan hay decenas de jóvenes noqueados, sus compañeros que a las 7 de la mañana protestaron afuera de la Cámara de Diputados contra la toma de protesta de Enrique Peña Nieto como presidente de la República, tienen algunas heridas, moretones en las piernas, oídos lastimados por las detonaciones y una expresión común en el rostro de no saber qué ha sucedido.

Mariana y Juan habían pasado una hora protestando pacíficamente, pero la incursión de un grupo de encapuchados identificados como "La Acampada de Indignados" cambió todo el panorama.

A diferencia de los manifestantes que se unieron horas antes, algunos identificados con el movimiento #YoSoy132, este grupo "La Acampada de Indignados", no llevaban pancartas, sino cuatro carritos de supermercado con bombas molotov.

Las aventaron sobre el cerco, volaron sobre las vallas y cayeron sobre un grupo de policías, a quienes los explosivos les incendiaron el casco y los escudos. El humo negro de las bombas caseras armadas en envases de vidrio fueron la pauta para que iniciara la revuelta.

De pronto, ya no hay banderas ondeantes en el aire; en cambio, hay bombas que parecen balas perdidas afuera de la Cámara Baja. Salen del cerco policiaco hacia la calle de un lado a otro, sin dirección exacta, golpeando todo lo que se cruce en su camino. Lo único que anticipa el golpe de esas pequeñas latas redondas del tamaño de un puño es un zumbido que estremece a los manifestantes.

"¡Están tirando bombas esos hijos de la chingada!", grita un joven y todos corren a esconderse. Unos no vuelven por el miedo y otros se meten a la terminal de autobuses a recuperar el aliento y salir a pelear.

El temor hace tropezar a algunos, que son cargados por sus compañeros para ponerlos a salvo; otros, los más intrépidos, esperan a ver caer las bombas en un lugar seguro para recogerlas, ardientes, y devolverlas al cerco como pedrada.

¡Le dieron a mi novio, ayúdenme!”, insiste Mariana a gritos, pero cada quien está tratando de poner a salvo su propia integridad.

Las bombas lanzadas este 1 de diciembre sólo dejan tres posibilidades a los manifestantes: si caen lejos, los jóvenes huyen a esconderse; si caen cerca, el gas picante les hace llorar los ojos y les cierra la garganta; si explotan en el cuerpo, dejan una grave herida sangrante que amerita pedir una ambulancia.

Son tres minutos de unas 40 bombas aventadas al azar. A uno le pega en el estómago; a otro en el rostro; a una en los senos. La batalla se ubica entre la entrada del Metro San Lázaro y la calle Héroes de Nacozari.

La sicosis se desata cuando una bomba de gas lacrimógeno pega en la cabeza de un hombre que huía de la agresión, identificado como José Francisco Kuykendall, profesor de teatro en el INBA, quien cae sobre el carril confinado de la avenida Eduardo Molina.

Tres jóvenes tratan de auxiliar al profesor, que dirigió la obra de "Acampada #YoSoy132", pero no responde. Su cabeza calva ha sido perforada, con un supuesto orificio de entrada y salida, por el proyectil, que ha salido de un lugar impreciso. Sangra y se puede ver un poco de masa encefálica expuesta.

"¡Ya mataron a uno, lo mataron!”, grita un joven, desesperado, quien en respuesta toma una piedra y la azota contra el piso. "¡No puede ser, no puede ser!", se lamenta.

Como pueden, mientras gotea, llevan a José Francisco a una ambulancia de la Cruz Roja, que lo traslada al hospital ubicado en Polanco en estado crítico. Es sometido a cirugía urgente y hasta el momento su estado de salud es crítico.

Nadie se llama por su nombre. Todos son "compañeros" y "compañeras", porque, dicen, entre los manifestantes hay infiltrados de la Secretaría de Gobernación que están atentos a registrar los datos personales de todos.

La batalla sigue por tres horas: los manifestantes secuestran un camión de basura del Gobierno del Distrito Federal y lo estrellan contra la valla para después incendiarlo; los uniformados avientan chorros de agua e intensifican el envío de bombas sobre quien sea.

A las 10:23 horas, las tres ambulancias no se dan abasto: cuatro estudiantes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), uno de la Vocacional 3, dos de Prepa 5, uno de la UNAM, tres de la UAM reciben atención médica por heridas de balas de goma e impactos de las bombas.

La manifestación se divide en dos grupos: los veteranos, que saben por experiencia que chorros de Coca-Cola alivian el ardor del gas lacrimógeno en los ojos y la garganta y los novatos, quienes caminan con los ojos enrojecidos y cara de espanto, mientras hablan por celular a sus casas.

"¡Banda, banda, ya llegó el parque!", dice uno de los "compañeros" encapuchados, mientras se abre paso entre los manifestantes empujando un carrito de supermercado con tres bombas elaboradas con tanques de gas doméstico de 20 kilos. Todos aplauden.

Pero al tratar de dirigirlas contra el cerco, los tres tanques caen desde una altura de 30 centímetros al piso. Se estrellan. Todos callan. Nadie mueve un músculo. Todos salen del pasmo, cinco segundos después, cuando alguien grita "¡Va a estallar!" y los manifestantes corren.

No explota. El tanque aguanta el golpe y lo vuelven a colocar sobre el carrito, pero parece tan inestable que optan por aventarlo hacia un lote baldío, donde explota, derriba una barda y el cascajo es usado como escudo.

Entonces las armas de los manifestantes pueden ser todo lo que esté a su alcance: destruyen cuatro parabuses, rompen a mazazos la banqueta, desprenden tres postes de luz y todo eso lo dirigen contra el cerco, que sigue bombardeando a los manifestantes, cuya defensa es tirarse pechotierra.

Los paramédicos de la Cruz Roja en la zona cuentan ya 43 heridos, mientras que un automóvil con megáfono de los manifestantes vocea dos muertos y uno que ha perdido el ojo.

A las 11 de la mañana, ya no hay municiones para seguir en San Lázaro. Las bajas de los manifestantes los obliga a retirarse para dirigirse al Zócalo capitalino, dejando el campo de batalla con olor a pólvora.

En el piso están las marcas de la batalla: pañuelos con sangre, bombas huecas y decenas de cartuchos de balas de goma.

El contingente, que según sus organizadores ya alcanza las 2 mil personas, se repliega caminando por Eje 1 y arrasa con lo que encuentra: teléfonos públicos, oficinas de gobierno, luminarias, parabuses, todo lo que huela a iniciativa privada y gubernamental es arrancado de tajo y atacado a pedradas.

A la altura de Metro Morelos, los quejosos roban gasolina, aditivos y hasta dinero en efectivo a tres establecimientos; también obligan a un chofer de Coca-Cola a dejar el camión y se llevan los refrescos porque, dicen, los van a usar como remedio contra el gas lacrimógeno.

"¡Abajo el sistema, muera el saqueo de la nación!”, vocifera uno de los manifestantes, mientras sus amigos roban las propinas de los trabajadores de la gasolinera.

Al llegar al Centro Histórico, donde Enrique Peña Nieto daba su primer discurso como presidente de México en Palacio Nacional, el grupo se divide en tres.

El primero, de unas 30 personas según la Policía del Distrito Federal, llega hasta las calles de Palmas y Madero, donde un grupo de granaderos bloquean el paso. En respuesta, los jóvenes arrancan dos luminarias y cortan el cable del suministro eléctrico con herramienta especializada para usarlo como proyectil contra los uniformados, pero no logran pasar.

El segundo, de unos 50, va a Paseo de la Reforma, donde rompen los cristales de oficinas gubernamentales como la Torre Contigo y de decenas de establecimientos mercantiles.

Pero el grupo más numeroso – unos 150, según la policía – camina por avenida Juárez y saquea lo que se encuentre a su paso: tiendas de conveniencia, de ropa, cafeterías, hoteles y un restaurante Wings es apedreada hasta que sus cristales se rompen y los manifestantes pueden entrar; se roban el dinero y rompen las botellas del bar para crear más bombas molotov.

"¡Esto es culpa de Peña Nieto!", grita uno y pintarrajea el recién remozado Hemiciclo a Juárez; luego, el mismo joven, quema una manta que protege a un inmueble declarado patrimonio histórico de la capital y todos aplauden. "¡Rebelión, rebelión!", es su grito de guerra.

Los 500 metros entre Paseo de la Reforma y Eje Central está vandalizada y el humo de la manta quemándose llena de ollín a los edificios contiguos, que ya no tienen ventanas.

Las bombas molotov pasan frente a hoteles de cadenas internacionales y  cafeterías de renombre mundial para estrellarse contra grupos de granaderos que avanzan marchando, golpeando y deteniendo a quien se le cruce en el camino. En total, el gobierno capitalino reportó, por lo menos 65 personas detenidas.

Alrededor de las 3 de la tarde, las cosas parecen calmarse: entre los jóvenes y los uniformados ya no tienen fuerza para enfrentarse. Se repliegan, abandonan el enfrentamiento cargando cada grupo a sus heridos.

Hasta las 7 de la noche, el saldo oficial informado por el jefe de Gobierno del Distrito Federal es de 4 heridos trasladados a la Cruz Roja y un número indeterminado de lesionados enviados a diferentes hospitales; según los manifestantes, la cifra asciende a 100.

El otro saldo es una ciudad vandalizada, decenas de negocios robados, destruidos, desechos y cientos de ventanales rotos, que no pudieron defender los empleados ante los encapuchados que gritaban "¡Aquí se ve como gobierna el PRI!".

Y una pinta en aerosol sobre el asfalto de la avenida Juárez, a 100 metros del grafiteado Hemiciclo del Benemérito de las Américas: "Esta es la bienvenida".

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