#OPINIÓN

Si los políticos fueran helados ¿cuál sería el de chocolate?

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Por Chumel Torres  @ChumelTorres
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NOTA DEL EDITOR: Chumel Torres es, con sus más de 46,000 seguidores en Twitter, lo que se conoce como un “twitstar”. Ingeniero, manzanita podrida y príncipe de los nerds, es colaborador habitual de ADNPolitico.com.

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¿Nunca les pasó que cuando compraban helado (o nieve, en el norte) de Napolitano siempre se acababa primero el de chocolate? ¿Sí? En mi refri, los otros dos sabores permanecían allí olvidados hasta el final de los tiempos o hasta la próxima quincena que mi mamá fuera al súper, pero el de chocolate volaba.

Todos en mi casa éramos fans. Esto me intrigaba, era un patrón demasiado claro que me invitaba a pensar que si en todas las casas era igual ¿para qué chingados ponen los otros dos? ¿Por qué poner dos sabores medianamente ricos junto a uno que es muy superior? O bien ¿Por qué demonios no comprábamos helado (nieve, en el norte) de puro chocolate? ¿No sería eso algo más inteligente? ¿No seríamos una familia más feliz? ¿No me dejaría mi papá de pegar con el cable de la plancha? (ok, exageré eso último).

Yo les diré por qué: contrastes.

Es fundamental en el comportamiento humano la necesidad de comparar, siempre. Es parte de nosotros. A la humanidad nos encanta saber qué lado de la almohada es el más rico, qué detergente hace el blanco más blanco, cuál bebida energética tiene más electrolitos, ¿que no sé para qué sirven los electrolitos? No me importa: los quiero todos.

Y lo más importante es que necesitamos comparar porque la mayoría no sabemos decidir si no tenemos un contraste: un blanco y un negro, un Chivas y un América, un Lennon y un McCartney, un... ok, entienden el punto.

Y en este tema de las comparaciones y los contrastes, hubo una esta semana que para mí fue, en principio, motivo de orgullo, luego de risa y por último de preocupación (como cuando te enteras que México es potencia en telenovelas o el primer lugar en obesidad infantil).

Muchos saben que el pasado miércoles el señor don presidente de la República estuvo en el programa de política “Tercer Grado”, y en él respondió por más de 90 minutos las inteligentes (y no tan inteligentes) preguntas de ocho periodistas de Televisa (paradoja), quienes, como en concilio de Elrond, no se ponían de acuerdo si felicitar o sermonear a Frodo por haberse ido a Mordor, y, lo peor, habernos arrastrado junto con él.

Nunca había visto que a un programa le quedara tan bien su nombre: “Tercer Grado”. Aquello parecía un salón de clases de tercero de primaria en donde todos los chiquillos se arrebataban la palabra, preguntaban cosas inconexas, sin una línea, sin un plan, hasta que el profesor Felipe Jirafales dijo “ta ta ta ta” y se puso a repartir respuestas y a poner en su lugar a cuanta cuestión le ponían enfrente, cediendo la palabra y callando a bocajarro como si fuera de él el show.

Estadísticas reales, números oficiales, estudios recientes, fuentes fidedignas, índices actualizados, problemáticas globales y demás flechas daban en el centro de paupérrimos argumentos, posturas flacas, comentarios sin fundamento y réplicas enclenques con una maestría que daba risa y penita.

Pero, hagamos algo, quitémosle la banda presidencial al señor Calderón, enfoquémonos en el Felipe político y reflexionemos que ese miércoles vimos y oímos a un político docto, preparado, con una enorme capacidad de diálogo y réplica, capaz de abordar los más variados temas y torear las más diferentes faenas. Un político que sabe lo que dice, y si no, por lo menos lo dice tan bien que reduce a talco a 8 periodistas al mismo tiempo.

Y, en contraste, esa misma semana arrancaron de manera oficial las campañas electorales a la Presidencia. Los “4 (No Tan) Fantásticos” van a tener –agárrese– 40 millones de spots para las elecciones.

¿Se imaginan 40 millones de insufribles comerciales con las no tan lindas caras de los precandidatos? ¿Alguien quiere pensar en los niños? Dios. Y yo que me quejaba de los infomerciales (perdónenme, cuchillos Jinsu). Lo que sí es que esta espotiza será una excelente oportunidad de venta para los sistemas de televisión satelitales.

Pero eso no es lo grave, ni que hagan mítines y fiestas en las que se “impulse el lavado de dinero”, ni que nos forren la ciudad de volantes tanto que nos orillen a lo que propone mi buen amigo Iván P.: “Hoy voy a tomar fotos a los postes, árboles y calles en general para tener un bonito recuerdo de cómo son, antes de que las tapicen de propaganda electoral”.

Lo grave es eso, el contraste, el que estoy viendo a un político saliente y los que vienen, francamente no han mostrado las capacidades que tiene el que para mí debe ser el número uno del país.

Son cuatro candidatos a la silla que están más preocupados por tener gente en sus eventos que por decir algo que nos mueva los corazones, que nos haga creer en algo en lo que ya francamente cada vez creemos menos, que nos haga movernos de nuestro asiento de apatía y hacer algo por este pobre y mil veces puteado país que tanto nos necesita.

Lo que me da miedo es el contraste, el que ya se me está acabando la nieve de chocolate y los otros sabores no tienen cara de que me vayan a gustar. Habrá que ver si mi mamá va a ir al súper pronto.

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