COLUMNISTA INVITADO

Opinión: La protesta, el megáfono del que no tiene micrófono

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Por Andrés Lajous  @AndresLajous
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NOTA DEL EDITOR: Andrés Lajous es activista político, licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el CIDE, maestro en Planeación Urbana y Desarrollo Internacional por el Massachussets Institute of Technology, articulista en el periódico El Universal y columnista y editor de Nexos Online.


La protesta en la Universidad Iberoamericana en contra del candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, provocó el posicionamiento de varios temas en la campaña electoral: las violaciones de derechos humanos en Atenco, la legitimidad de protestar, y el papel de los medios masivos de comunicación en la distribución de información políticamente relevante.

El último mensaje fue reafirmado por las marchas de estudiantes de universidades privadas, el viernes pasado, a las instalaciones de Televisa exigiendo una cobertura noticiosa equilibrada.

Las varias marchas alrededor del país conocidas como marchas #AntiPeñaNieto que se llevaron a cabo este sábado, pusieron sobre la mesa un cuarto tema: la capacidad de las redes sociales para convocar y coordinar la movilización de miles de personas.

La combinación de estos elementos es lo que hasta el momento está marcando tanto los métodos como el contenido de un movimiento de oposición al candidato puntero y su partido. En un principio resulta sorprendente que en estas protestas el grueso de los participantes sean jóvenes universitarios. Sin embargo, justamente la forma en la que está hecha la convocatoria y el contenido de las manifestaciones están determinadas por la edad de los participantes.

Estas protestas muestran la brecha en la experiencia de vida y educación que el paso del tiempo marca entre una generación y otra. Estamos viendo la movilización de una generación preocupada por las violaciones de derechos humanos, con una obsesión por la capacidad para comunicar y comunicarse sin mediadores (como suele pasar en los medios de comunicación masiva), y el ejercicio de los derechos civiles como uno de los fundamentos de la democracia.

Una forma de imaginar a esta generación es pensándola como aquella que ha vivido (y ha sido educada por) el discurso del IFE, la CNDH y la información que recibe y genera vía internet, una combinación de elementos que aunque empezaba a existir desde finales de los años 90, en la última década se ha vuelto central en la experiencia de formación política, pero en particular de la experiencia universitaria en nuestro país.

Lo que parece ser el motivo básico compartido de quienes se han movilizado estos últimos días es la representación diferenciada que hay entre el comportamiento del candidato del PRI a la Presidencia, la forma en que éste es presentado en los medios de comunicación, y la información que circula de manera independiente sobre él, su gestión de gobierno y su partido político.

Es decir, para muchas personas que se informan vía medios digitales, hay una disonancia entre la información que reciben sobre Enrique Peña Nieto y la información que después ven reflejada en medios de comunicación masivos. Tal vez el mejor ejemplo de esto es la forma en la que la Organización Editorial Mexicana (OEM) presentó la protesta en la Ibero como: “Éxito de Peña en la Ibero, pese a intento orquestado de boicot”.

A esta disonancia se sumó la incapacidad de los dirigentes del PRI (y PVEM) de leer lo que está sucediendo. En vez de pensarla como una protesta de estudiantes legítimamente preocupados y enojados por la posibilidad de la victoria electoral del PRI, a partir de una crítica fundada en las prácticas autoritarias de los gobernantes electos por su partido, leyeron la protesta como un acto de intolerancia de sus adversarios. En vez de leer la movilización como una de las consecuencias de la distribución de información barata y descentralizada que permite internet, la leyeron como un ataque orquestado por integrantes de otros partidos políticos.

Incluso han ido más allá y han tratado de descalificar cualquier manifestación y protesta (incluidas las que no violan derechos civiles de terceros como las de los últimos días) como actos de violencia. Estos dirigentes políticos usaron su acceso diferenciado a medios de comunicación masiva justamente para crear una historia que ya resultaba incompatible con la que se estaba distribuyendo en internet.

Los dirigentes priistas (y muchos comentaristas y comunicadores) están leyendo y tratando un fenómeno nuevo, propio de estos tiempos, con los mismos instrumentos que leían las críticas al PRI antes de la transición: “No son estudiantes, son porros. Si son estudiantes están manipulados. Si no están manipulados, entonces son violentos. Si son violentos entonces sus argumentos quedan descalificados”.

En contraste, con lo que ahora se han topado es con estudiantes, no violentos, bien informados, que conocen y están ejerciendo sus derechos civiles. Estudiantes que saben que están usando la movilización para construir un megáfono (o miles) porque que no tienen micrófonos.

Es por esta razón que estas movilizaciones son un peligro real para quien pretenda reconstruir el ejercicio del poder político que existía en el pasado.

Para hacerlo, nada más y nada menos, tendrían que echar para atrás el discurso (e instituciones) que construyó al IFE y a la CNDH, detener el flujo de información de forma independiente que ofrece internet, y criminalizar el ejercicio de los derechos civiles (y al menos en los últimos dos temas el PRI ha dado muestras recientes de intentarlo).

No me atrevo a decir que estas manifestaciones serán determinantes en el resultado electoral; sin embargo, lo que sí son es un avance, una probadita, de lo que pueden ser nuevos controles democráticos sobre el ejercicio del poder.

Si no son el inicio de una derrota electoral, sí son el inicio de un movimiento de oposición construido con base en los cambios políticos y sociales más importantes de las últimas dos décadas.

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