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Opinión: ¿Qué tipo de presidente necesitamos?

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Por Héctor Faya Rodríguez  @hectorfaya
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NOTA DEL EDITOR: Héctor Faya Rodríguez es abogado y maestro en Gobierno por la Universidad de Georgetown, especialista en Comunicación Política por la Universidad de Salamanca y profesor de Derecho en las universidades Iberoamericana y Panamericana. Ha colaborado en el Woodrow Wilson International Center for Scholars en Washington, D.C. y se ha desempeñado en el sector público y privado de México.

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Cuando por primera vez tuvimos un presidente de la República ni siquiera estábamos seguros de cuáles iban a ser sus facultades. De lo que sí estábamos seguros era qué esperábamos de él.

Era 1824; a sólo tres años de nuestra independencia, nos había decepcionado ya nuestro primer gobernante Agustín de Iturbide. Traicionando los anhelos republicanos de los insurgentes, Iturbide hizo que lo proclamaran Emperador de México y disolvió el Congreso.

Del primer presidente de México, Guadalupe Victoria, esperábamos un gobierno que reivindicara los ideales más profundos de los mexicanos. Queríamos que reconociera la soberanía popular, la división de poderes y las libertades humanas fundamentales.

Esperábamos que Victoria garantizara la seguridad de las personas, que defendiera la integridad del territorio nacional y que asegurara tanto el naciente sistema federal como la República. En pocas palabras, esperábamos que el primer presidente llevara a buen puerto el nuevo barco, que recién había zarpado hacia el mar de la historia por venir.

Desde entonces y hasta hoy, el presidente de la República ha sido la figura más decisiva de la política nacional. En él se depositan los poderes constitucionales más trascendentes: hacer la guerra y fungir como comandante en jefe de las fuerzas armadas; dirigir la política exterior como jefe del Estado mexicano; construir las políticas públicas más importantes; fungir como jefe de toda la administración pública federal; dirigir la economía; resolver las grandes crisis; entre muchas otras.

Pero también, en México la Presidencia es mucho más que un cargo lleno de poderosas atribuciones. El presidente es, por nuestra historia, una idea, un símbolo; es mística del poder y una esperanza de redención. Las conquistas históricas y las circunstancias sociales han otorgado a muchos presidentes la condición de líder moral de la nación y salvaguarda de los intereses más preciados de los ciudadanos.

El presidente de la República ha sido siempre un poderoso imán de una inmensidad de intereses. Alrededor de él, se han agrupado la totalidad de las fuerzas económicas y sociales del país y los intereses de otras naciones. Como ha dicho Carpizo, la concentración del poder en el presidente tuvo, desde un principio, una función estratégica: hacer realidad la integración de la nación en un país desarticulado en lo económico, lo político y lo cultural.

La ideología, el carácter, el perfil psicológico y los rasgos personales de los presidentes de México han caracterizado épocas enteras. Por ello muchos ven como sinónimos naturales la etapa de la Reforma con Benito Juárez, la dictadura con Porfirio Díaz, la democracia con Madero, el golpismo con Huerta, el constitucionalismo con Carranza, el institucionalismo con Calles, el nacionalismo revolucionario con Cárdenas, el estatismo con López Portillo, el neoliberalismo con Salinas, la democracia ineficaz con Fox y la guerra contra el crimen con Calderón. El estilo personal de gobernar, diría Cossío Villegas, imprime las páginas de la historia.

La excesiva concentración de poder en el presidente de la República durante el siglo XX mexicano estuvo acompañada de una democracia de papel. El centralismo real concentró en el presidente el manejo discrecional de los recursos de la federación y los provenientes del exterior.

Además, los presidentes emanados del PRI eran jefes del Estado mexicano, jefes del partido, jefes de los gobernadores, jefes de los grupos sociales más relevantes, jefes de los medios de comunicación y jefe de los poderes legislativo y judicial. Raramente la sociedad civil fue escuchada o formó parte protagónica en la política.

Fue hasta la Presidencia de Ernesto Zedillo cuando el poder presidencial disminuyó visiblemente por primera vez. Varios factores contribuyeron a ello: el cambio de un modelo económico de estado interventor a uno neoliberal; las reformas político-electorales de los años 90; la crisis de legitimidad del PRI; la irrupción del pluralismo político en el Congreso; el crecimiento de la clase media; la creación de organismos autónomos en distintas materias; y la creciente independencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Durante los períodos de Vicente Fox y Felipe Calderón la Presidencia terminó por acotarse drásticamente. Lo anterior, porque el presidente ha dejado de ser el árbitro omnipotente de las decisiones políticas o económicas fundamentales; y también, por su incapacidad de ejercer sus funciones propias eficazmente.

De lo anterior, hay una cosa que celebrar: el florecimiento de una sociedad civil mucho más participativa que, en vez de sentarse, es ahora capaz de sentar al presidente o a quien pretenda serlo para ser escuchada.

Pero también hay una cosa que lamentar: la debilidad del presidente para garantizar la seguridad de las personas, para negociar con el Congreso, para generar crecimiento económico, para implementar políticas efectivas contra la pobreza y para proteger los derechos humanos de las personas.

El nuevo presidente de México tiene que entender muy bien su papel. Debe darse cuenta que ser un presidente débil o fuerte hoy en día es cuestión de liderazgo, no de autoritarismo o de achicamiento.

El nuevo presidente debe reivindicar la figura presidencial, pero con absoluta colaboración entre poderes. Debe oír a la sociedad civil, pero sin ser preso de la inoperancia del que sólo escucha y no actúa. Debe romper los monopolios políticos y económicos, y al mismo tiempo asegurar el estado de derecho. Pero sobre todo, debe reivindicar a la política como el arte de convivir mejor como sociedad.

Ni Peña, ni Josefina, ni AMLO pueden venir a vendernos la idea de que son los redentores de la patria. Esa película ya la vimos. Necesitamos un presidente para el siglo XXI. 

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