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Opinión: No existen las guerras sucias en la elección

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Por Fausto Pretelin  @faustopretelin
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NOTA DEL EDITOR: Fausto Pretelin Muñoz de Cote es editor de la sección Global del periódico 24 Horas, visitante permanente de parques temáticos, profesor de Política condimentada con marketing y colaborador de la revista Life & Style, que al igual que ADNPolitico.com es parte de Grupo Expansión.

Además, es autor del libro "Referéndum Twitter", de pronta publicación, y del blog www.faustopretelin.com


Empotrar puestos de resistencia y de bloqueos al paseo de la Reforma se convirtió en un escenario surrealista que ni Buñuel en sus mejores días se imaginó. Cortázar, quizá, al escribir La casa tomada derivó en alguna avenida parisina como boulevard Saint Germain, el crucero de los sueños libertarios. ¿Es guerra sucia un spot animado por imágenes reales?

Ficción más ficción es igual a hiperrealidad. No existen las guerras sucias a través de la publicidad, lo que sí existen son los mensajes hiperreales.

Acostumbrados a esconderse en el lenguaje retórico, un buen día los políticos, para la población (racional), dejaron de ser reales y se convirtieron en seres incrédulos, es decir, de caricatura. Desde ese momento la población sólo se deja seducir a través de mensajes hiperreales porque la “realidad” no es suficiente. El espejo del político es la imagen que de él o de ella describen sus competidores. Es la competencia la que puede utilizar una narrativa sin retórica.

Los spots de Peña Nieto, para proyectarlos en la realidad, tendrían que borrar su híperrealidad, aquella de los tics dinosáuricos encargados de seducir a Espino, Robles y Limón: traición a la esperanza.

El agotamiento en la comunicación política concluyó gracias a la publicidad comparativa. Suena a paradoja pero gracias a la naturaleza de la buena ficción, la población conoció los rasgos reales de los aspirantes a la presidencia. En pocas palabras, la incredulidad ad nauseam incentiva a la ficción.

La semiótica moldea a los conservadores. Andrés Manuel López Obrador viajó a Tlatelolco para dejarse desfigurar por la semiótica del siglo pasado. Del dos de octubre a los tiempos de Steve Jobs han pasado cuarenta años. Obrador, frente a los jóvenes de Tlatelolco envejeció. Los envejeció. Paradojas de vida, el grupo fresco y atractivo que nació en los pasillos de la Ibero, envejeció en el momento de declarar su poesía a Peña Nieto.

En efecto, todos quisiéramos ver a Bachar Al Asad dejar el poder en Siria; todos quisiéramos ver a Timoshenko fuera de las mazmorras estetizadas por el presidente ucranio Yanukóvich. Pero el ideal fundacional del #yosoy132 fue la apertura de medios. En media semana se convirtió en un órgano de gobernanza global debido a la presencia de toxicidad electorera. Como van, pronto le pedirán a Ahmadineyad que viaje a Tijuana a realizar un performance anti Obama.

El lenguaje es la trama del tiempo. Obrador se siente placentero desde la oposición. Sus palabras “mafia”, “fraude”, “ineptos” lo perjudican cuando se encuentra en temporada de pesca (de indecisos). Era el momento de dar el paso definitivo; el salto cualitativo. Sin embargo, él se siente contento en blanco y negro.

El voto de castigo será para Josefina. Los braceos a contracorriente de Fox (de manera explícita) y del presidente Calderón (con el monotema de la seguridad) son algo más que una muestra representativa.

La estética de la híperrealidad se observa en los spots de la televisión y no en las manifestaciones.

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