JULIO JUÁREZ

Opinión: Ganó el formato (de algo que aún no es un debate)

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Por Julio Juárez Gámiz  @juliojuarezg
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NOTA DEL EDITOR: Julio Juárez Gámiz es doctor en Comunicación Política por la Universidad de Sheffield, Inglaterra. Es Investigador de tiempo completo en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.


Quedó demostrado que el ganador del segundo debate fue un formato más suelto, un moderador más ágil y la ausencia de distracciones en la producción. 

Aunque todavía estamos muy lejos de poder llamarle a estos encuentros televisivos debates. Baste como ejemplo la explicación tan detallada e incomprensible de la mecánica de las intervenciones de los candidatos a los televidentes, perdiendo minutos valiosos para quienes sintonizaron el programa desde un principio. Una vez arrancado el programa la disminución del reloj e intervenciones de cada uno de los contendientes se explicó a sí misma.

Pensemos en un titular hipotético para definir lo que vimos la noche del domingo 10 de junio: Reconocen candidatos que atacar puede generar más perdidas que ganancias. Al menos aquellos que están convencidos de que lo más importante en este momento es administrar su ventaja. 

Si las intervenciones de los candidatos y la candidata en el debate se explicaran únicamente por la posición que ocupan en las preferencias electorales, al menos la reconocida por sus equipos de campaña, no sería muy difícil explicar por qué Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador decidieron ignorarse en la noche del domingo.

Parecería que cada uno está convencido de que atacarse puede poner en riesgo su posición en los sondeos de opinión. Peña sabe que ha ido a la cabeza en todas las encuestas desde finales del año pasado, su peor escenario es que la disminución de esta ventaja dibuje a un segundo lugar más claro y competitivo. Está sucediendo y, sin embargo, decidió asumir un papel mucho menos frontal que en el primer debate respondiendo, eso sí, acusaciones aisladas de la candidata blanquiazul.

Para López Obrador su crecimiento en las preferencias le alcanza, al menos retóricamente, para subirse al segundo lugar y jugar, al igual que el puntero, a la defensiva. Muy distinta su estrategia en esta ocasión a diferencia de los sucedido en el primer debate cuando el candidato de las izquierdas dedicó toda su energía a atacar al puntero.

Más aun, quedaría claro también que para Josefina Vázquez Mota el riesgo es mantener el status quo. Continuar a la baja de las preferencias parecería haber confundido a la candidata que ya no sabe si va en segundo o tercer lugar pues, por si las dudas, repartió ataques a los dos candidatos ya mencionados. Hasta Gabriel Quadri de la Torre recibió puntuales descalificaciones de la candidata blanquiazul. Por cierto que el candidato de Nueva Alianza, regaños más regaños menos, pareció competir con Javier Solórzano para ser él quien condujera la discusión de los demás.

Es evidente que no toda la estrategia del debate debería de estar atada a las mediciones de opinión pública. Las últimas semanas han incrementado el tono y la agresividad de la campaña. Manifestaciones en las calles, discursos encendidos en los medios, descalificaciones mutuas y, al final del día, pocas razones de peso que logren aun destrabar el entusiasmo de los indecisos.

¿Sirven los debates en una democracia? Sin duda. ¿Pueden cambiar el sentido de esta elección? Lo dudo. En todo caso, ambos encuentros han representado con claridad la manera en la que, primero, los equipos de campaña interpretan el contexto previo al debate y, segundo, el escenario que quieren construir cuando éste termine. Y así concluyen los debates electorales en 2012, al menos con los cuatro candidatos presentes, restando tres semanas para consolidar ventajas o alterarlas.

 

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