#Opinión

Opinión: Todos somos traidores (votemos por quien votemos)

Print Comments

Por Héctor Faya Rodríguez  @Hectorfaya
   0 Comentarios

Nota del editor: Héctor Faya Rodríguez es abogado y maestro en Gobierno por la Universidad de Georgetown.


No me preocupa tanto quién gane las próximas elecciones. Me preocupa más la intolerancia de muchos millones de mexicanos hacia la libre manifestación de las ideas.

Quienes piensen votar por Peña Nieto son tachados de traidores a la democracia. Son percibidos como ignorantes de la historia, insensibles al pasado priista de “71 años de autoritarismo y corrupción”. Según la perspectiva de casi todos los antipeñistas, todas las encuestas están vendidas, al igual que la mayoría de los medios de comunicación.

Los fieles a López Obrador son estigmatizados como retrógradas; como aspirantes a la implantación de un sistema de izquierda que “por default” está mal. Los llaman traidores porque aspiran a lo peor del estatismo fracasado; por el circo antidemocrático que armaron en las calles después del presunto fraude electoral del año 2006. Los lopezobradoristas son vistos como “hippies” hijos del chavismo, como un retroceso hacia el populismo, como un peligro para México.

De la misma manera, si alguien expresa que va a votar por Josefina, es porque seguramente no es consciente de los 60,000 muertos de la guerra contra el crimen organizado, de la tragedia de la guardería ABC o de la ineficacia del PAN para gobernar. Esto lo convierte en un traidor a México. Si alguien vota por el PAN, seguro es porque no lee los periódicos, porque es “mocho” o es de “derecha”.

Los que quieran votar por Quadri, mejor que ni lo digan; seguro es porque son del sindicato de maestros.

Y los que no voten o anulen su voto, que mejor se dejen de llamar mexicanos.

Estas elecciones están inundadas de intolerancia. Pensamos en elecciones pero olvidamos que la tolerancia es el ingrediente cultural más importante en una democracia. En México, en vez de respetar las convicciones particulares, le recordamos la madre a quienes piensan diferente. Lo anterior no es de sorprender cuando 65% de los mexicanos considera que no se respeta la opinión de los otros, según una encuesta reciente de Flacso.

Este rasgo muy particular de los mexicanos lo explicó hace más de 60 años Samuel Ramos en el libro “El Perfil del Hombre y la Cultura en México”. Decía Ramos que los mexicanos tenemos un tipo de pasión que, en vez de ser un medio para lograr un objetivo, se constituye un fin en sí mismo: la expresión de la vanidad y el orgullo personales ante cualquier otra cosa.

Por ello es que nos cuesta tanto combinar, en un mismo espacio de civilidad, la expresión de dos (o más) ideas diferentes. La idea ajena se convierte, parece, en una amenaza a la integridad personal. Por esto, muchos prefieren afirmar que quien tiene una preferencia electoral diferente es porque está comprado, porque es un antidemocrático o porque de plano es un idiota.

Una vez escuché de Bill Clinton uno de los comentarios más inteligentes: "cuando te casas con una sola idea entonces ya no hay vuelta atrás: conoces todas las respuestas, la evidencia es irrelevante y los argumentos se convierten en una pérdida de tiempo; es entonces cuando empiezas a actuar con base en simples presunciones y ataque".

El 1 de julio tendremos un ganador de las elecciones presidenciales, pero llegue quien llegue encontrará un camino minado de ilegitimidad, sembrado por la intolerancia. Habrá ganado los votos, pero no el respeto a su persona o a sus ideas; no la legitimidad que tanto necesita para gobernar.

Hay que ser muy conscientes de que el cambio verdadero no se dará con un nuevo presidente o presidenta, sino con la transformación de la cultura política antidemocrática, todavía tan arraigada en México.

La tolerancia no es condescendencia, es armonía en la diferencia. No es sólo un deber moral, es una obligación política. No es parte de la democracia, es su prerrequisito. No es indiferencia, es un ejercicio político para ejercer nuestros derechos con el reconocimiento de las libertades fundamentales de los demás.

La tolerancia significa, en pocas palabras, aceptar que los seres humanos podemos vivir en paz, en pluralismo, aunque pensemos y tengamos valores diferentes.

Hoy el odio, la ignorancia y los estereotipos intensifican la política de la polarización. Y no hay hasta el momento mejor cura para la desintegración del tejido social causado por la polarización, que la tolerancia.

Síguenos en twitter y facebook

Por favor déjanos tu comentario