ELECCIONES 2012

Opinión: Adiós AMLO

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Por Héctor Faya  @hectorfaya
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Nota del editor: Héctor Faya Rodríguez es abogado y maestro en Gobierno por la Universidad de Georgetown.


Desde muy temprana edad las circunstancias me dijeron que la construcción del futuro de México no iba a ser fácil. En mis tres décadas de vida he visto fraudes electorales, magnicidios políticos, guerras internas y corrupción sistémica. También, vi a mis padres sufrir las crisis económicas y la inestabilidad del país por la irresponsabilidad del gobierno.

Pero definitivamente, lo peor que he visto es la pobreza de nuestro país. La pobreza es un mal en sí mismo, pero aunada a las profundas desigualdades se convierte en un agravio multiplicado, que erosiona la cohesión social y genera ciudadanos incompletos. Un país con niveles de pobreza y desigualdad como el nuestro difícilmente podría llamarse libre y democrático.

Siempre he tenido aprecio por la izquierda. Poner en el pilar de un programa de campaña o de gobierno el combate a la pobreza y la desigualdad me parece lo más justo y loable. Quienes voten por López Obrador estarán apoyando al candidato que mejor conoce el país, al más auténtico, al que tiene mayor conciencia social y al que mejor representa a los más desfavorecidos.

Pero la forma es fondo. Para vencer la pobreza no basta desearlo, sino aplicar las políticas públicas adecuadas. Las ideologías en México han funcionado como recetas que se siguen al pie de la letra, con fatales resultados. Qué mejores ejemplos que el intervencionismo estatal sofocador de los años setenta (izquierda radical); o el neoliberalismo más puro partir de los años noventa (derecha radical).

Hay izquierdas modernas en el mundo (con grandes resultados) que reconocen que el libre mercado es la única y mejor vía para generar crecimiento, que asumen su papel como regulador de las fallas del mercado como las prácticas monopólicas, y que generan una buena dosis de políticas públicas redistributivas del ingreso (como las fiscales), y de inclusión social (como los programas sociales). Esto en lo económico; en cuando a lo político, las izquierdas modernas reconocen las reglas democráticas del juego.

AMLO no representa una izquierda moderna por dos razones. Primero, su programa de gobierno es heredero del nacionalismo revolucionario de los años setenta. No hay espacio para que el sector privado amplíe su esfera de participación. Como dice Carlos Elizondo Mayer-Serra, quiere tener un gobierno más fuerte, más intervencionista, con más atribuciones, pero más austero y menos corrupto. Bajo su estilo de liderazgo personalista y voluntarista, no es necesario cambiar las instituciones para modificar los incentivos; todo depende de la cabeza, del líder, quien logrará que toda la burocracia sea honesta y trabajadora.

La segunda y más importante razón por la que AMLO no representa una izquierda moderna es su rechazo a la democracia y sus reglas. Citando a AMLO, su confianza no está en el IFE, sino en los ciudadanos, “que son los que decidirán si hay o no fraude”. Bajo su visión, es imposible perder; va arriba en las encuestas y sólo con otro fraude le pueden ganar la Presidencia, “lo que no vamos a permitir”. Lo anterior, aunque no lo diga, es mandar al diablo a las instituciones (de nuevo), que están hechas precisamente para que los ciudadanos decidan qué es mejor para ellos.

Si AMLO gana o pierde el 1 de julio lo deberán determinar las autoridades electorales que organizarán las elecciones, con el apoyo de millones de mexicanos que participarán en las casillas de manera directa. Si hay irregularidades en un conjunto de casillas deberá investigarse. Si existen delitos electorales como la compra de votos en algunos lugares deberá denunciarse y castigarse. Pero si el candidato de las izquierdas pierde y nos viene con la historia de un fraude maquinado y generalizado, la sociedad debe decirle adiós a AMLO para siempre.

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