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Opinión: La fuerza histórica del voto

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Por Héctor Faya Rodríguez  @hectorfaya
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Nota del editor: Héctor Faya Rodríguez es abogado y maestro en Gobierno por la Universidad de Georgetown.

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Una de las conquistas políticas más importantes en la corta historia de la democracia mexicana es la garantía del sufragio universal. La universalidad del voto significa que toda la población considerada mayor de edad puede votar independientemente de su raza, sexo, creencias o condición social.

No siempre hemos podido votar todos y por igual. Cuando se discutió el concepto del voto en el Congreso Constituyente de 1856-1857, el grupo conservador propuso que sólo tuvieran derecho al voto quienes sabían leer y escribir. La propuesta fue rechazada por los liberales, quienes afirmaron que quienes no sabían leer o escribir no tenían la culpa de una falta de política gubernamental a favor de la instrucción pública. Desde entonces se reconoció a todos los hombres mayores de edad el derecho al voto.

Pero la victoria jurídica no significó una victoria práctica. Durante la dictadura de Porfirio Díaz, los derechos políticos fueron ignorados por el gobierno federal y los gobernadores de manera sistemática durante tres décadas. Fue entonces cuando los principios Sufragio Efectivo, No Reelección (la exigencia de una agenda mínima democrática) adquirieron la suficiente fuerza y consenso para hacer estallar la revolución social de 1910.

El fruto de la revolución, la Constitución de 1917, retomó los reclamos políticos de las clases medias y amplió el cuerpo electoral. Nuestra Constitución actual determinó en el artículo 34 que tendrían la calidad de ciudadanos los mexicanos mayores de 21 años que tuvieran un modo honesto de vivir. Sin embargo, la universalidad del sufragio todavía no era una realidad, pues las mujeres fueron relegadas de la vida electoral durante la primera mitad del siglo XX. No fue sino hasta 1953 cuando se modificó la Constitución para garantizar los derechos político-electorales a mujeres y hombres por igual.

En 1970 la universalidad del voto tuvo otro avance importante. Volvió a modificarse el artículo 34 de la Constitución para reducir el requisito de la edad para ser ciudadano. Ahora, todos los mexicanos mayores de 18 años eran considerados ciudadanos con derechos plenos para votar. Sin embargo, es importante precisar que las generaciones que votaron desde que fue instalado el régimen post revolucionario hasta la década de los años 80 vivieron una paradoja: emitieron a través de las décadas miles de votos en las urnas sin posibilidad alguna de competencia real al régimen priista. La universalidad del sufragio ya existía; lo que no existían eran las condiciones para su validez.

A finales de los años 70 se reveló un cambio profundo de la sociedad mexicana. El crecimiento de una clase media cada vez más preparada y menos identificada con su gobierno generaron las condiciones propicias para la construcción de una oposición real al régimen hegemónico. Desde entonces, una serie de reformas electorales y conquistas políticas en 1977, 1886, 1990, 1993 y 1996 transformaron las reglas del juego y generaron las condiciones para que la universalidad del sufragio pasara, de ser sólo un simple ideal, a una práctica real garantizada por autoridades electorales creadas para vigilarlo.

Los últimos 20 años hemos sido testigos de la transformación del escenario político nacional gracias a la fuerza del sufragio universal y a las nuevas reglas del juego. Hoy es una realidad que, por medio del voto, los ciudadanos podemos retirar o regresar el poder a los partidos políticos en casi todo el país. Esto ha ayudado a la sociedad mexicana a cambiar para bien. Sin la universalidad del voto y sin condiciones equitativas de competencia difícilmente podríamos entender la participación tan intensa que han tenido en estas elecciones las mujeres, los jóvenes estudiantes y la sociedad en general.

Las elecciones del primero de julio no deben representar un rumbo al que hemos llegado, sino una fecha más en el avance democrático que debe ser, más que nunca, incesante. Podemos mejorar mucho todavía, independientemente del resultado. Es fundamental interiorizar que la democracia no termina con el voto, sino que comienza después del voto. Los ciudadanos debemos convertirnos en vigilantes permanentes del poder público y asegurar las conquistas democráticas para profundizarlas.

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