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Opinión: El encuentro de dos mundos electorales

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Por Julio Juárez  @ADNPolitico
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NOTA DEL EDITOR: Julio Juárez Gámiz es doctor en Comunicación Política por la Universidad de Sheffield, Inglaterra. Es Investigador de tiempo completo en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.


Hay dos mundos que se tocan y eclipsan al momento de explicar el resultado de la elección presidencial 2012.

El primero se inscribe dentro de la lógica liberal de las democracias de Occidente. Un país que, como cualquier otro régimen democrático, va a la urnas para elegir a sus representantes al Congreso y al presidente de la República. Un proceso definido por la libertad de acción de la ciudadanía frente a la oferta de plataformas e ideologías que brindan los partidos políticos. Un ejercicio definido y normado por nuestras leyes dentro de los cánones de la equidad, la transparencia y la certeza jurídica.

Es en este mundo en donde se dibuja la versión más aspiracional de nuestra democracia. Una, valga la redundancia, de primer mundo en donde podemos analizar profesionalmente la relación entre la comunicación política de los candidatos, el papel de los medios de comunicación y la formación de opinión pública. Hoy podemos hacer hipótesis sobre la influencia que tienen las actitudes políticas, las emociones, la imagen, las redes y movimientos sociales y la comunicación interpersonal en el comportamiento electoral de la sociedad mexicana. Pero hacerlo sólo tiene sentido cuando damos por sentado un piso mínimo de legalidad en la organización y calificación de la elección.

Hasta ahí el mundo felizmente compartido con otras democracias. Hasta ahí mi capacidad de intercambiar opiniones, conceptos y modelos acerca de lo que pasa en México durante un proceso electoral (y en el día a día de la vida política nacional) con colegas de otros países. Hasta ahí la experiencia comparable y conmensurable dentro de la lógica formal de la academia y la producción de conocimiento universal.

Lo que sigue es ese otro mundo, no menor ni jerárquicamente inferior, en donde lo surreal convive con el verdadero problema de fondo de la democracia mexicana. La enajenación del ciudadano como sujeto de cambio social. Muy a nuestro pesar seguimos viviendo en un país en el que la compra de votos, los acarreos, las operaciones cada vez más sofisticadas para coaccionar libertades políticas parecen hacer irrelevante el conteo de votos y los esfuerzos académicos por explicar el resultado electoral a la luz de todos los fenómenos que caracterizan una elección democrática.

¿Qué mundo pesa más en México? El multifactorial o el clientelar. Qué decirle a quienes me pregunten de las despensas, las tarjetas precargadas, los vales electrónicos para una tienda departamental o la relación de las televisoras con el poder político. Qué caso tendría explicar un mundo e ignorar, por incomodo y vergonzoso, el otro. Porque si algo no podemos permitir como mexicanos es acostumbrarnos a la coexistencia de ambos. Ello implicaría la más dañina de las simulaciones, por cómoda y llevadera.

En efecto, la verdad del asunto no esta en el Cofipe ni en la Constitución, ni podrá estarlo con adicionar nuevos artículos o considerandos. Se trata de un asunto cultural al que los mexicanos hemos maquillado con toda una parafernalia legal. Lo cierto es que ambos mundos existen. Es posible explicar el resultado de la elección a partir de la segmentación del voto y el cálculo reflexivo de quienes votaron por tal o cual candidato. También lo es a partir de la ignorancia y autoexclusión de miles de mexicanos que se conciben únicamente como sujetos de dádivas y prebendas electoreras. Amplios sectores de nuestra sociedad siguen pensándose como moneda de una transacción política.

Claro que muchos quieren que esto ya se acabe. Pero lo que ahora mismo está garantizado en la ley es el derecho a denunciar y hacer públicas las evidencias de corrupción electoral a varios niveles y en distintos Estados. Y ahí estamos parados, con un pie en cada mundo. Lo menos que se merece la calificación de la elección presidencial es reconocer y resolver, por la vía legal, esta terrible dualidad. Vale la pena esperar un poco y no azotarnos por que un candidato decide ejercer el derecho de impugnar el resultado. Usted, ¿a qué mundo electoral prefiere ignorar?

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