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Opinión: Enrique Peña Nieto necesita legitimidad

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Por Héctor Faya Rodríguez  @hectorfaya
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Nota del editor: Héctor Faya Rodríguez es abogado y maestro en Gobierno por la Universidad de Georgetown.

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En el punto número uno en la lista de “cosas por hacer” del próximo presidente de México, debe estar el ganar legitimidad. Peña Nieto será presidente porque un 38% del electorado votó por él; pero debe preocuparle que casi 60% de los electores votó por diferentes opciones. La legalidad le ha dado la Presidencia a Peña Nieto, pero la legitimidad política (la cualidad de ser aceptado y apoyado ampliamente) debe ser construida por el presidente electo para poder gobernar un país tan dividido social, económica y políticamente.

Un sistema autoritario o monárquico no necesita legitimidad para gobernar porque éste gobierna a súbditos, no a ciudadanos. Pero en una democracia, la falta de legitimidad del presidente puede llegar a erosionar tanto su poder, que puede dejarlo inválido. Hoy, por ejemplo, la falta de apoyo al presidente Calderón por parte de legisladores ha dejado en la congeladora las grandes reformas pendientes desde hace dos décadas; y la falta de apoyo de gobernadores y alcaldes ha dejado sólo, en muchas partes del país, al presidente en la lucha contra la delincuencia.

Algunos avances y retrocesos en la construcción de la democracia mexicana, han ido de la mano del esfuerzo de nuestros presidentes por vencer su falta de legitimidad. Recordemos que instituciones como el Instituto Federal Electoral (IFE), lo que hoy es el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), nacieron durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Estos organismos fueron la herencia institucional de una administración que llegó al poder bajo el estigma del fraude electoral y el autoritarismo.

En 1994 Ernesto Zedillo llegó al poder sin la sombra del fraude, pero en un clima social descompuesto por los magnicidios políticos, la crisis económica y el levantamiento zapatista. Por ello, para ganar legitimidad, Zedillo enfocó sus baterías en profundizar la democracia. En lo electoral, Zedillo reconoció que las elecciones federales que lo llevaron al poder fueron inequitativas y por lo tanto injustas. Por ello, promovió la reforma electoral de 1996, considerada la más completa en la corta historia de nuestra democracia. En otros frentes, promovió la reforma que otorgó autonomía a la CNDH y en lo político declaró la “sana distancia del presidente con su partido político (PRI)”. El resultado fue previsible: la llegada de un nuevo partido a la Presidencia de la República en el año 2000.

Vicente Fox no requirió hacer grandes faenas para ganar legitimidad. La ventaja de ser el primer presidente de México de oposición desde 1929 fue, por sí misma, una bocanada de aire fresco para los mexicanos. Lamentablemente, las expectativas cayeron cuando los ciudadanos nos dimos cuenta que la llegada de la alternancia política en la Presidencia no significaba necesariamente una mejoría en el bienestar general. Nos dimos cuenta que un cambio de partido en el gobierno no era, por sí mismo, suficiente para generar un cambio social. El desencanto con la democracia cimbró a los mexicanos.

En este contexto de decepción y polarización política llegó Felipe Calderón a las elecciones de 2006. Ya no era un partido en el gobierno lo que se discutía sino el modelo de país que necesitábamos: neoliberalismo o estado protector; derecha o izquierda. En esa elección, Calderón venció a AMLO por apenas medio punto de diferencia. El nuevo presidente estaba acorralado y sin apoyo. Desde entonces, la conquista de la legitimidad presidencial se convirtió en el objetivo más importante del presidente. El núcleo de esta búsqueda está en prácticamente todos sus discursos: la necesidad de apoyar al gobierno en la guerra contra el narcotráfico y los enemigos de México.

Enrique Peña llega a la Presidencia en 2012 en un contexto muy parecido al de Felipe Calderón, quien en 2006 ganó la Presidencia con el 36% de los votos, pero con un 58% en contra. Me pregunto cuál será el golpe en la mesa que intentará dar Peña Nieto para ganar la confianza de quienes no votaron por él, y así intentar obtener la legitimidad y el apoyo que tanto necesita para gobernar. Creo que la primera señal la veremos en la conformación del gabinete. Demostrar fehacientemente que gobernará con una nueva generación de priistas y mostrar incluso la capacidad de gobernar con actores de otros partidos políticos sería una muy buena señal. Éste sería un buen inicio para comenzar a construir acuerdos básicos con el Congreso e inaugurar un tipo de gobierno en el que el PRI no tiene experiencia: gobernar con la sociedad civil.

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