JOSÉ MERINO

¿Cómo quiere su izquierda? Moderna y verdadera

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Por José Merino  @ppmerino
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NOTA DEL EDITOR: José Merino es licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el Centro de Investigación y Docencia Económicas, catedrático en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y tiene estudios de doctorado en Ciencia Política por la New York University.


Resulta que después de la elección, la conversación no gira en torno a la caída hasta el tercer puesto del partido gobernante por 12 años. Sobre los renglones (o entre ellos) de columnas y editoriales tampoco aparecen sistemáticamente las razones del triunfo del PRI, analogías con sus experiencias bajo la democracia en gobiernos locales, o las implicaciones para la democracia mexicana (como forma de gobierno, no como mecanismo de selección).

No, parecemos estar absortos discutiendo sobre la izquierda. Creo que se debe, en gran parte, a que es la izquierda quien protagoniza el debate postelectoral. Pero creo también que hay una estrategia mediática por fijar la agenda ahí, junto con una preocupación sincera de quienes depositan en ese lado del espectro ideológico sus expectativas políticas.

Es inquietante, porque esas razones caminan juntas. No hay una crítica a la izquierda en términos de sus contenidos de política pública o su ejercicio de gobierno. Las opiniones se centran en Andrés Manuel López Obrador y un diagnóstico, generoso en adjetivos, de su persona (o personaje, si gustan). Como opuestos a Andrés Manuel anteponen, también pródigos en adjetivos, términos como “responsable”, “institucional”, y la favorita de varios, “moderna”.

¿Cómo es una izquierda moderna?, o mejor aún, ¿Qué nos quedaría si a esa concepción vaga de izquierda le restamos lo que no parece gustarles de Andrés Manuel?

No lo sé (y sospecho que tampoco sus predicadores).

¿Es una izquierda que no se centra en la desigualdad o es una izquierda que se centra en el desarrollo como instrumento central de su combate?, ¿es una izquierda que se inclina frente a las instituciones, o es una izquierda que sacude el statu quo en busca de mejores instituciones?, ¿es una izquierda que apunta y nombra a los beneficiarios de un sistema de complicidades públicas y privadas de pocos a costa de la exclusión de muchos, o es una izquierda que estrecha sonriente la mano de todos y alza esa misma mano para aprobar, “¡por fin!” dirían algunos, las “reformas estructurales”?, ¿es una izquierda liberalmente aguerrida o aguerridamente liberal?

Las instituciones tienen implicaciones distributivas, tanto políticas como económicas. Parecemos olvidarlo. Demos un vistazo a la distribución de ambas en México y defendamos, si podemos, esas mismas instituciones. Las instituciones definen también el espacio de lo posible. Demos un vistazo a nuestro proceso electoral, ése que inicia años antes del banderazo oficial y la apertura de casillas, y defendamos, si podemos, esas mismas instituciones.

Defender en abstracto a las instituciones puede perfectamente implicar defender un statu quo basado en la exclusión de muchos y los privilegios de pocos. No hay mejor defensa de las instituciones democráticas que buscar su mejoramiento por vías… democráticas. ¿No lo ha hecho Andrés Manuel?

Me daré licencia para leer de más: creo que quienes hablan de una izquierda “moderna” piensan simplemente en una izquierda sin Andrés Manuel. Y resulta inevitable volver a preguntar, con base en su desempeño como Jefe de Gobierno del Distrito Federal o su actuar durante las elecciones del 2006 y 2012, ¿qué nos ha resultado tan inquietantemente pre moderno?

La crítica a la izquierda parecería reducirse a una crítica a Andrés Manuel; menos aún, a sus modos. Furiosos le reclamamos el cierre de Reforma en 2006, y nos olvidamos de la calificación de esa misma elección que nombró a quienes sí pusieron en riesgo ese proceso. Cuestionamos las credenciales democráticas de quien denuncia ilegalidades en el proceso electoral del 2012 (oh sí, dentro de las instituciones), pero no las de aquellos que presuntamente las cometieron.

Ésta no es una defensa de la izquierda; al contrario, es en todo caso un llamado para hacer una crítica más contundente. Y vaya ironías, la crítica a nuestra izquierda es una crítica que pasa necesariamente por las instituciones: sistema político, electoral y de partidos. Aspirar a un sistema más abierto, competitivo, plural y transparente.

Nada mejor podría pasarle a nuestra izquierda que un sistema que permita el ingreso de nuevos partidos, en lugar de garantizar la sobrevivencia presupuestal de partidos pequeños inviables electoralmente, y definidos por nombres propios. Nada mejor podría pasarle a la izquierda que una derecha competitiva en el Distrito Federal, ahí en donde el PAN está en verdadero peligro de extinción. Nada mejor podría pasarle a la izquierda que un sistema de representación política y rendición de cuentas: reelección.

Nada mejor podría pasarle a la izquierda que un PAN y PRI “modernos”. En suma: hablemos de instituciones democráticas, y desde ahí, de la izquierda (y derecha) que queremos.

Tampoco es un artilugio para quitar toda responsabilidad a la izquierda. Parte de ella es cómplice de las instituciones que critica y no pocos de sus representantes actúan exactamente del mismo modo que sus oponentes.

Veo también en no pocos simpatizantes de izquierda posturas profundamente autoritarias. Bajo el rótulo de “verdadera”, imaginan una izquierda poco deliberativa, poco abierta a la pluralidad, y montada sobre el Estado para imponer al resto su fe.

Imaginan que la democracia es un sistema que excluye a la derecha o un sistema en el que si todos supiéramos lo que ellos saben, tendríamos exactamente las mismas preferencias. Son los mismos que piensan que el debido proceso es un concepto sacrificable en nombre de la “justicia” para las víctimas (como si estuviesen en conflicto), o que en nombre de una definición casi mítica de los “excluidos”, podemos restringir libertades o postergar batallas sobre derechos.

Entre “moderna” y “verdadera” hay una izquierda en la que entro cómodo: democrática. Una izquierda que desde procesos democráticos y desde la defensa beligerante de las libertades, pone en jaque al statu quo y propone deliberadamente el bienestar de todos, en el entendido que cuando redistribuimos y mejoramos las condiciones del que menos tiene, nos beneficiamos todos, particularmente los que más tienen.

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