JULIO JUÁREZ

La manipulación del Movimiento Progresista

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Por Julio Juárez Gámiz  @juliojuarezg
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NOTA DEL EDITOR: Julio Juárez Gámiz es doctor en Comunicación Política por la Universidad de Sheffield, Inglaterra. Es Investigador de tiempo completo en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.Las opiniones de los colaboradores y los usuarios de ADNPolítico.com no representan el punto de vista de este sitio ni el de Grupo Expansión


Revisé la impugnación del Movimiento Progresista con la que solicita al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación invalidar la elección presidencial de 2012.

Lo primero que pensé fue en un auditorio repleto de espectadores que con los ojos elípticamente destellantes asienten ante las afirmaciones de la imagen proyectada. Una manipulación que, vía intravenosa, somete la voluntad y borra cualquier rastro de conciencia.

La deshumanización del individuo que, obsesionado con lo que ve y escucha, hace suyas las ideas y opiniones de otro. Vi redactado el paradigma, caduco hace muchas décadas, de que los medios son todopoderosos y que basta con estar expuestos al rayo letal del control inconsciente, para sucumbir a la voluntad perversa del emisor del mensaje.

Pero si no basta con ondear la bandera de la teoría del magic bullet, figura anglosajona que reduce el efecto mediático como una bala fulminante que cambia de tajo el orden de cosas en nuestra mente, la impugnación echa mano de otro neologismo para explicar sin cortapisas cómo fue que la difusión de “encuestas-propaganda” creó un efecto bandwagon. En otras palabras, que la amplia ventaja “artificial” de un candidato sobre los otros convenció a votantes indecisos -y no tanto- de cambiar su voto a favor del puntero dado que, reza el rational choice, a la gente le gusta ganar cuando elige una opción entre varias.

El punto no es desconocer teorías ni anularlas, sino admitir que el estudio del comportamiento electoral en un país como el nuestro nos debe impulsar, desde un debate teórico y metodológico, a evadir explicaciones reduccionistas del efecto de los medios. A la aguja hipodérmica le han sucedido infinidad de aproximaciones teóricas y empíricas que sostienen, con distintos grados de profundidad, que los seres humanos somos procesadores de información altamente caprichosos y convenencieros. Oímos y vemos mejor lo que se adapta a nuestras creencias que aquello que las confronta.

Paradójicamente, la impugnación del Movimiento Progresista busca hacer con los magistrados lo mismo que ellos acusan a la “mafia en el poder” de hacer con el electorado: manipular la realidad con verdades a medias y atractivas hipótesis, hasta ahora imposibles de comprobar, acerca del efecto que tienen los medios de comunicación en el electorado mexicano.

El documento habla también de los impactos negativos que de 2005 a 2012 lleva registrando Andrés Manuel López Obrador en los noticieros de Televisa, aunque no dice si estos son una nota informativa, una imagen, una editorialización o todas las anteriores. Se enlistan como evidencia de inequidad y desventaja la cobertura de episodios políticos tan pretéritos como el proceso de reforma energética en 2008 o el caso “Juanito” en la delegación Iztapalapa en 2009. Los abogados del Movimiento Progresista deducen que la cobertura “negativa” hacia López Obrador en estos casos determinó el resultado de la elección en 2012. Una especie de tendencia negativa acumulada argumentada desde la lógica de quienes piensan que los medios tienen que tratarlos bien todo el tiempo.

En materia de medios de comunicación, sorprende mucho que las “pruebas” del fraude son contundentes por la adversidad del resultado más no por la solidez misma de su comprobación. El masoquismo queda acogedoramente incubado en el discurso del complot y el fraude. Un maldecir bienpensante de quien justifica su rencor al “sexenio de las bayonetas” que se nos viene.

López Obrador llamó masoquistas a quienes decidieran regresar al PRI a los Pinos. Reconoció así la posibilidad de que eso sucediera y, a la vez, calificó a quienes no fueran capaces de preferirlo a él como quienes gozan con verse humillados o maltratados por otras personas.

En la campaña el calificativo sonaba ocurrente. Hoy, a la luz de la zoológica estrategia que busca invalidar la elección, parece que el masoquismo de una parte de la izquierda es mucho más rentable que el de los “masoquistas” que entregaron sus votos al sadismo priista. El reconocimiento de que el mal siempre gana a la mala y el bien siempre pierde también a la mala. Un acogedor hogar de espinas desde donde esa izquierda hace su mejor política.

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