MARÍA AMPARO CASAR

Opinión: Las 3 vías para devolverle el prestigio al Congreso

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NOTA DEL EDITOR: María Amparo Casar es licenciada en Sociología por la UNAM; maestra y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la University of Cambridge, King's College; catedrática e investigadora del Departamento de Estudios Políticos del CIDE; columnista en el diario Reforma; miembro de los comités editoriales de la revista Nexos y el Fondo de Cultura Económica, y colaboradora en espacios de análisis como el programa Primer Plano de Once TV México.

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A punto está de iniciar trabajos la nueva legislatura. Conocemos ya la composición de las cámaras, las posibilidades de alianzas, los que serán los coordinadores parlamentarios y miembros de los principales órganos de gobierno.

Más aún ya empiezan a circular las prioridades de la agenda legislativa de cada uno de los partidos y declaraciones sobre sobre las posibles coaliciones.

De lo que no se habla es de la fama y reputación de los legisladores y de lo que habría que hacer para ganar el respeto de los ciudadanos.

El Congreso como órgano de representación es una de las instituciones políticas que menor aprecio reciben de la población. Los diputados y senadores son el estrato de funcionarios que menos credibilidad–junto con la policía- recaban entre la ciudadanía. La calificación de los legisladores es, siempre, reprobatoria. 

Una encuesta reciente de Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) viene a confirmar lo que las encuestas de cultura política y de confianza  institucional nos vienen repitiendo año con año: la mayoría de los mexicanos pensamos que cuando los diputados y senadores legislan lo hacen en beneficio propio o de su partido y no de la población; cobran mucho y trabajan poco; no son representantes populares. La encuesta agrega dos datos preocupantes: la gran mayoría de la población (72%) responde que de ninguna manera le gustaría ser legislador y menos del 10% dice que recurriría a su representante para tratar de impulsar una ley que beneficie a los mexicanos.  

El gran desprestigio que revelan las encuestas parece no importarles en lo absoluto y no se ven iniciativas ni acciones para remontarlo.

No estaría mal explorar algunas vías para represtigiar a esta institución que es uno de los pilares de cualquier democracia. Van tres acciones posibles en esa dirección.

La primera es la reelección. Mientras las carreras de los diputados y senadores no dependan de su desempeño legislativo no tendrán incentivos para servir a sus electores. Saben que después de sus periodos legislativos tendrán que proseguir sus carreras en otros terrenos y nunca volverán a someterse al juicio de quienes los elegimos.

La segunda es la rendición de cuentas. Mientras la mayor parte del presupuesto del Congreso (que este año alcanzó los 10,000 millones de pesos) se mantenga en el reino de la opacidad y la discrecionalidad, los legisladores seguirán utilizándolo  para propósitos distintos a los de representar a sus electores y legislar en favor de sus intereses.

La tercera es la creación de cuerpos de especialistas apartidistas que cumplan la función de asesoría en el diseño de las iniciativas que eventualmente se convertirán en las políticas públicas que marquen el rumbo del país.

El Congreso necesita una reforma interna. Las tres propuestas son simples, conocidas y viables. Se han puesto a prueba en la mayor parte de los parlamentos en el mundo. Tienen, además, la ventaja de no requerir recursos adicionales a los que ya se asignan al Congreso. El problema es que la iniciativa de reforma sólo puede provenir de ellos mismos y no se ven ni los incentivos ni la voluntad política para que los propios legisladores decreten la desaparición de sus privilegios.

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