EMILIANO RUIZ PARRA

Opinión: ¿Peña Nieto podrá retroceder 70 años nuestro reloj?

Print Comments

Por Emiliano Ruiz Parra  @ERuizParra
   0 Comentarios

Emiliano Ruiz Parra, maestro en Filosofía Política (University College London) y licenciado en Letras Hispánicas (UNAM), ha ejercido el periodismo político y social en impresos como Reforma, El Universal, Gatopardo y Quién. Está por publicar "Ovejas negras, rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI", libro sobre el sector disidente de la jerarquía católica. Con este texto inicia una serie de colaboraciones en ADNPolítico.


Retrasen sus relojes 70 años, como dice una frase recurrente en las redes sociales.

Hace unos días conocí a alguien que podría caracterizar al “viejo PRI” en el Estado de México, la cuna política del presidente electo Enrique Peña Nieto. Aquí su historia.

Era 1997, el año en el que el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Con una cobija como única compañía, el mexiquense hacía antesala todos los días en la Secretaría de Gobernación. Llegaba al amanecer y se iba a las tres de la mañana.

Una noche, por fin, el entonces secretario de Gobernación, Emilio Chuayffet, le concedió tres minutos para escucharlo mientras caminaba de su despacho al coche.

“Quiero ser alcalde de Ecatepec”, le dijo.

El hombre de la cobija recibió, tres días más tarde, un mensaje manuscrito del secretario en el que le deseaba suerte como “futuro presidente municipal”. Tras ser alcalde, Jorge Torres formó parte del gabinete estatal.

El mexiquense de la cobija me contó su historia sin que yo se la preguntara, mientras lo entrevistaba para una investigación periodística sobre un tema distinto. Su oficina está repleta de fotografías en las que aparece con la clase política local, expresidentes y exgobernadores. Salimos a conversar a la calle. Se puso lentes negros de policía judicial. Lo seguía un séquito de cinco personas que cargaban su portafolio, se reían de sus chistes y le ayudaban a recordar anécdotas.

Torres es miembro del llamado “Grupo Toluca” y clásico representante del “viejo PRI”. Sólo Peña Nieto sabe si lo invitará al Gobierno Federal que entrará en funciones el 1 de diciembre, pero lo cierto es que el ambiente que Torres me describe es el mismo en el que el presidente electo se formó políticamente: priismo rancio de antesalas, lentes oscuros y asistentes que se ríen de chistes sosos. Un priismo que tuvo en Arturo Montiel a su mejor representante.

Durante la campaña electoral pasada, la izquierda y el movimiento #YoSoy132 alertaron que Peña Nieto representaba el regreso del régimen autoritario, encabezado por un presidencialismo omnipotente, la dictadura perfecta del PRI -como la describió Mario Vargas Llosa- que simulaba elecciones, tenía partidos de oposición, prensa aparentemente libre, división de poderes y federalismo, pero que hasta 1989 ganaba todas las gubernaturas, en la que los partidos de oposición eran testimoniales y la prensa tenía prohibido criticar al presidente.

México vivió una transición lenta, pero real.  Es cierto que persisten prácticas como la compra del voto, pero ahora las elecciones son organizadas por organismos públicos autónomos, el PAN ganó las elecciones presidenciales de 2000 y 2006, en 22 entidades del país ha habido alternancia y, desde 1997, el presidente de la República carece de mayoría absoluta en el Congreso.

Durante los 12 años de panismo algunos medios criticaron duramente a Fox y a Calderón, otros cedieron a las presiones de Los Pinos y actuaron como voceros del Ejecutivo, pero los márgenes de maniobra se ampliaron como nunca antes.

Es posible que Enrique Peña Nieto pretenda retrasar los relojes 70 años y ejercer el poder como “presidente imperial", preguntar la hora y que le respondan “la que usted diga, señor presidente”, pero esos anhelos chocarán con un país diferente y un régimen político distinto.

En los años dorados del PRI, el presidente de la República ponía y quitaba gobernadores: Carlos Salinas de Gortari removió a 17 titulares de ejecutivos estatales. Durante los sexenios de Fox y Calderón, los gobernadores del PRI, del PAN y del PRD se volvieron los ganadores de la transición: sin la sombra de un presidente omnipotente, gobernaron sus estados como virreyes, con pleno control de sus congresos locales y del presupuesto público. Humberto Moreira, sólo por citar uno de los casos extremos, aumentó la deuda de Coahuila 100 veces, al hacerla crecer de 323 millones a 36,000 millones de pesos. Y se fue impune.

No se ve por qué los gobernadores del PRI estén dispuestos a perder la autonomía que ganaron con la transición. Ni siquiera está claro que Peña Nieto tenga el control de las fracciones parlamentarias del PRI como lo tuvieron Salinas y Zedillo.

La reforma laboral afectará derechos de los trabajadores; la propuesta de reforma hacendaria implicará, muy probablemente, la imposición del IVA generalizado y, quizá, la reforma energética plantee ceder una parte de la renta petrolera al capital privado (como el esquema de Petrobras que ya elogió el presidente electo), pero algunos diputados y senadores del PRI ya le hicieron saber a Peña Nieto, discretamente, que no quieren pagar el costo político de esas reformas.

Peña Nieto no podrá aspirar a ser un presidente imperial. Quizá ni siquiera consiga asumirse como el jefe máximo de su partido. Enfrentará un congreso dividido, gobernadores virreinales y, para colmo, los poderes fácticos: todos aquellos cárteles lícitos e ilícitos que defienden sus intereses y compiten por dominar sus mercados e influir en sus marcos regulatorios.

Puede que regrese la cultura política del viejo PRI con sus cobijas en las antesalas de Los Pinos y Gobernación, y que la tentación presidencialista palpite en las sienes de Enrique Peña Nieto; pero el presidente de la República, quizá, no será más que un administrador de un abanico de intereses y de fuerzas que no estarán dispuestos a ceder el poder conquistado en la alternancia.

Síguenos en twitter y facebook

Por favor déjanos tu comentario