CABILDEO

Análisis: ¿Es mala la 'Telebancada'?

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Por Fernando Dworak  @FernandoDworak
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Uno de las creencias más peligrosas en una democracia es suponer que existe un bien superior al cual todos debemos atenernos.

Si bien puede haber algunos temas donde es fácil definir algo similar (por ejemplo, erradicar la pobreza o consolidar el liderazgo de México en la región), siempre hay divergencias en los “cómo”, y para expresar las distintas posturas existen los partidos. Al respecto se espera que como ciudadanos nos enteremos de las plataformas y, con base en el contraste, elijamos la que consideremos mejor.

Conforme uno baja a temas cotidianos se torna imposible definir ese “bien superior” sin terminar en la arbitrariedad o perjudicando a otros. Cierto, en una democracia hay ganadores y perdedores, pero siempre es importante saber que nadie tendrá esa condición siempre.

Además, es necesario pensar en compensar a quienes son afectados por una política determinada; pero creer que existen valores o principios aplicables para todos es el primer paso de regreso al autoritarismo.

Una sociedad es mucho más compleja de lo que cada uno podría imaginar y todos, mientras persigamos un bien lícito o no dañemos los derechos de terceros, somos libres de ejercer nuestros derechos y perseguir lo que consideremos sea nuestro bienestar. Y como ciudadanos tenemos el derecho (incluso se podría decir que la obligación) de intervenir en las decisiones públicas al defender nuestros intereses.

Una de las formas más eficaces para intervenir en la toma de decisiones es a través del Congreso. Hay grupos de interés que tienen afiliados entre los legisladores, como ADNPolítico.com reportó hace ya unas semanas. También es posible que grupos de interés busquen intervenir en temas que les conciernen o para que un tema se discuta, para lo cual se acercarán a los legisladores.

Ambas actividades implican cabildear. Aunque para algunos esta palabra tenga connotaciones negativas, es una actividad legítima e importante, si bien requiere de ciertos estándares de transparencia. Veamos esto con base en dos eventos que tuvieron lugar en estos días.

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El pasado 30 de octubre un grupo de jóvenes identificados con el movimiento #YoSoy132 irrumpieron en la instalación de la Comisión de Radio y Televisión en la Cámara de Diputados, en contra de la “Telebancada”. Frente a esto, la diputada Purificación Carpinteyro (PRD) reclamó que el presidente de esta comisión, Federico González Luna (PVEM) incurría en conflicto de interés por tener vínculos con las televisoras.

Bajo el argumento arriba expuesto, no sólo es legítimo que haya una “Telebancada”, sino que en un órgano legislativo se espera que todos los grupos que tengan interés en algún tema negocien al interior de la comisión correspondiente. A decir verdad, todos los partidos buscan incluir a grupos afines, e incluso les dan asientos en el Congreso.

Unos datos para quien dude de lo anterior: el PRI lleva décadas asignando espacios por cuota a los sectores obrero y campesino; el SME, asientos en el Congreso por mediación directa de López Obrador; el PAN ha postulado a dirigentes de organismos empresariales, tanto federales como locales.

Hablar de que unos merecen tener representación y otros no, es hablar de que existen “buenos” o “malos”, y eso contraviene los valores de la democracia.

¿Votaría la “Telebancada” en contra de la democratización de los medios? Depende de qué se entienda por esto, y tal concepto varía según el grupo al que se pregunte. En todo caso, las televisoras buscarán proteger su interés, como todos lo hacemos a final de cuentas. Pretender que no lo hicieran es un autoengaño. Y poco ayuda que activistas y legisladores eviten definir qué se va a entender por “democratización de medios”, de tal forma que los ciudadanos tengamos la capacidad de distinguir con base en propuestas que muestren a los beneficiarios o perderdores, y no en conspiraciones o valoraciones.

La existencia de candidatos afines a Televisa y TV Azteca implicaría, en el peor de los escenarios, que estas compañías han hecho un trabajo de planeación estratégica que otras asociaciones con intereses contrapuestos (o partidos que se opondrían a sus planteamientos) no han llevado a cabo. O quizá lo han hecho, pero esos vínculos se mantienen en la opacidad, y eso no está bien.

En todo caso lo único preocupante para la democracia en todo este asunto es el maniqueísmo de los activistas de #YoSoy132 y de la diputada Carpinteyro, de tal forma que no sabemos ni las agendas alternativas de reforma ni quiénes se beneficiarían de estas.

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Una sociedad plural incluye a muchos grupos de interés, sean (digamos) empresas, sindicatos, organizaciones no gubernamentales o asociaciones profesionales. En ocasiones buscan al gobierno o a los legisladores para modificar una política pública o tener acceso a financiamiento.

El cabildeo es una actividad que acerca al legislador con los ciudadanos a través de intercambio de información, independientemente del resultado que pueda traer esta gestión. Es decir, el que un diputado o senador reciba al grupo de interés en sus oficinas, pasee a sus representantes por el recinto parlamentario, los invite a comer y les dé una palmada en la espalda es de gran utilidad.

Por otra parte, el gobierno y los legisladores necesitan del contacto con estos grupos de interés para recibir información, consejos y colaboración. Visto de esa forma, el cabildeo es una actividad vital para el mantenimiento de una democracia, donde ambos actores se necesitan mutuamente.

Sin embargo, el cabildeo debe realizarse de manera transparente. Si llega a percibirse que algún grupo tiene acceso privilegiado al gobierno o a los legisladores a costa del interés público, la actividad se desprestigia y con ello las instituciones públicas. Esta situación puede empeorar si existen acusaciones, sustentadas o no, de corrupción.

Cuando algo así sucede, se reclama regular el cabildeo. Hay muchas formas de hacerlo, pero la más exitosa ha sido el generar políticas de transparencia sobre los ingresos e intereses externos de los legisladores. Esto es, listas públicas donde cada uno declara sus relaciones con grupos de interés, sean laborales o económicas.

Las leyes en torno al cabildeo no vetan la participación de algunos grupos de interés, pues sería antidemocrático. Tampoco ayudan a que el mal cabildero se transforme en uno bueno. Más bien, y como dicen en Estados Unidos, no es malo tener intereses, sino el no declararlos. Esto es, con transparencia todos los actores tienen confianza en que sus peticiones serán escuchadas y debidamente atendidas.

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Como ya se comentó, para que el cabildeo pueda incidir en mejores reformas debe ser lo más transparente posible.

Al respecto la Cámara de Diputados incluyó en su reglamento de 2011 reglas para esta actividad. Entre ellas se encuentra un registro de todas las personas que, a nombre propio o a través de alguna compañía, se acercan a los legisladores para influir en las decisiones públicas.

La convocatoria para el nuevo registro se había expedido hace unas semanas y la lista definitiva se presentó el pasado 1 de noviembre. De las 542 personas físicas y morales que solicitaron estar incluidas, sólo 252 lograron la autorización para ejercer esta actividad en San Lázaro.

Aunque es importante tener claro quiénes son los cabilderos, todavía faltan temas que incluir, como la declaración de intereses externos de los legisladores y sanciones claras para quienes violen las disposiciones del reglamento.

Sin embargo, la experiencia internacional muestra que este tipo de normas es eficaz cuando hay legisladores responsables ante sus electores, de tal forma que un escándalo de corrupción les cuesta el puesto.

Afortunadamente esta legislatura seguro dará mucho de qué hablar sobre el tema. Estemos al pendiente.

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