OPINIÓN

Antonio Attolini: Contra las descalificaciones pasionales

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Por Antonio Attolini Murra  @AntonioAttolini
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Antonio Attolini es estudiante de Relaciones Internacionales y Ciencia Política en el ITAM.

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“La actitud es escuchar, que está más allá de oír. Muchas veces oímos muchas cosas, pero tenemos que tratar de escuchar lo que el otro está queriéndonos decir. Esto es una actitud fundamental”.

-Paulo Freire

Los seres humanos tenemos capacidades únicas frente a otros seres vivos en el planeta, que nos permiten alcanzar más y mejores estadios de existencia.

Naturalmente uno pensaría en la racionalidad como una de esas capacidades distintivas entre animales y seres humanos. Sin embargo, definir a la racionalidad –de manera muy minimalista- como la capacidad de ordenar nuestros fines y plantear los medios necesarios para alcanzarlos, podría perfectamente incluir a los animales también.

Entonces, ¿qué queda? Uno podría argumentar, sin lugar a dudas, que el lenguaje es una característica distintiva innegable. Yo argumentaría que el lenguaje es una condición necesaria –un medio, vaya- para poder realizar aquella actividad que sí es característica y única de los seres humanos: la razonabilidad.

La razonabilidad es la inclinación de los seres humanos a desarrollar y determinar las directrices para la cooperación social. Esta inclinación se sostiene en la necesidad que todo ser humano tiene de explicar y justificar su conducta en términos que no puedan ser rechazados (el principio motivacional de Scanlon) por nadie.

Esto significa que todos pretendemos utilizar una suerte de “esperanto moral” o una “gramática pública” para explicar nuestras acciones. Esto, a la larga, termina por consolidar una red de significados, códigos, valores y juicios morales propios, al interior de una sociedad en particular, pero sin lugar a dudas liberal.

Bueno, ¿y toda esta teorización para qué? Para señalar que, a pesar de existir una aceptación de las premisas de la sociedad liberal que en el discurso decimos aceptar, en realidad, detrás de las palabras, se esconde una práctica que remite a una forma sutil de totalitarismo.

De hecho, esto es posible debido a que la principal amenaza del totalitarismo proviene precisamente de su naturaleza quimérica, al esconderse detrás de tantas distintas fachadas como la nacionalsocialista, la fascista, el estalinismo o, incluso –y como pretendo denunciar en estas líneas- detrás del liberalismo.

Jaspers decía que el totalitarismo era como un germen que se inocula silenciosamente y toma diferentes formas. En la historia encontramos ejemplos de esto: así le sucedió a la República de Weimar, así le sucedió al mismo Vasconcelos.

La razonabilidad presupone también que ninguna de las partes involucradas pretende imponer una forma de verdad sobre otra(s), ya que entonces los términos de cooperación social serían parasitarios de una sola forma de verdad (¿Gulags?), y como podría ser la propia la que termine por imperar, como bien podría ser la de alguien más.

Esta contaminación deriva en algo que, al principio, pregona por la Democracia y la Libertad (con mayúsculas platónicas), y termina por imponer una visión totalizante (Hannah Arendt dixit) en donde solamente su democracia y su forma de libertad (minúsculas fascistas) son válidas.

Pero no sólo eso, la disidencia al interior de estas coordenadas no solamente es negada, sino que además es considerada contraproducente y enemiga y, como en la guerra, al enemigo hay que destruirlo.

Siguiendo el argumento, invocar la cooperación social y hacerlo de esta manera sólo termina por ser una excusa para levantar un espejo de autoafirmación narcisista y autocomplaciente entre aquellos que piensan, sienten y hablan igual. En lógica, esto se llama la falacia naturalista: hacer a la aceptación el único criterio de validez, confundiendo la aceptación con la aceptabilidad; terminar por pensar que porque es deseado significa que es también deseable.

El liberalismo debería ser entendido como una forma de comunidad en donde los conflictos no impidan la cooperación y, de la misma manera, la cooperación no desactive los desacuerdos. El diálogo no es traición, ni la interlocución significa sumisión.

Un punto de vista similar ofrece Slavoj Zizek en su crítica a la izquierda como proyecto político. Las coordenadas políticas en las que generalmente se ha encontrado la izquierda (de resistencia y de oposición) han pasado a ser parte de su propio código de identidad. Amparados en un discurso ideológico, los de izquierda han asumido una posición de “mártires”, no sin seguir afirmando entre ellos mismos ser los únicos con un proyecto político “emancipador”, cuando lo que al final sucede es que terminan por reafirmar el statu quo.

Cualquier parecido con la realidad es precisamente una coincidencia de lo que se ha visto a lo largo de los últimos meses y años en el escenario político nacional. 

Que la deliberación pública gire alrededor de aquellos principios políticos que -encontremos- resulten contradictorios entre sí, para que así nosotros mismos -la ciudadanía- podamos ir asentando pisos de certeza alrededor de aquéllos que nos conduzcan hacia una sociedad más libre (no haya coacción por parte de alguna fuerza ajena), más justa (cada quien haga lo que tiene que hacer y sea responsable por sus actos) y más próspera (la mejoría social por parte de los más aventajados debe realizarse de tal manera que ello represente también una mejoría para los más desaventajados).

La buena educación permite a hombres y mujeres entablar un ejercicio de este tipo, y encontrar un camino común para problemas compartidos. La debilidad mental lleva al hombre y a la mujer a reaccionar de manera violenta, utilizando descalificaciones pasionales y sin fundamento, debido -precisamente- a una culpable incapacidad de usar la razón.

Estos son mis argumentos políticos. Espero que, entonces, la siguiente “carta” que se me escriba sea confrontando y contrastando estos términos con otros, y no solamente un documento lleno de descalificaciones basadas en prejuicios y presuposiciones acerca de mi vida personal, con la métrica moral de sus propios códigos de vida. Nadie es dueño de ninguna verdad, nunca. Lo que sí, es que es bien racional ser razonable, precisamente porque permite la satisfacción de nuestros proyectos personales, reconociendo en los otros una oportunidad de superación, y no un obstáculo y mucho menos un enemigo.

“Defendemos el proceso revolucionario como una acción cultural dialogada constantemente con el acceso al poder en el esfuerzo serio y profundo de concientización”.

-Paulo Freire

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