OPINIÓN

José Merino: El terrible encanto de Estados Unidos

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Por José Merino  @PPMerino
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José Merino, catedrático del ITAM, es licenciado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el CIDE, y tiene estudios de doctorado en Ciencia Política por la New York University.

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He tenido la misma duda y la misma intuición por años. ¿Por qué nos resulta casi inevitable empatizar con Estados Unidos? Debo decirlo mejor: con algunas de sus partes y sus momentos.

Creo que nunca lo había escrito por pudor; no se ve bien hacer apologías de nuestro vecino del norte. Nadie se enternece y apapacha a un gigante. También por falta de claridad; no encontraba una respuesta que me resonara, y la única que he encontrado es un poco literaria.

La elección del pasado 6 de noviembre trajo de regreso la duda y la intuición. Hay siempre algo profundamente emocional en las elecciones estadounidenses. Mucho de ello se debe, sin duda, a que el periodismo en Estados Unidos ha sofisticado la narrativa de las noticias a niveles que por aquí no conocemos.

Sin sacrificar la información factual, presentan permanentemente ángulos, contextos y, sobre todo, rostros, historias de vida, relatos de conflictos, divisiones, polarizaciones. Logran en una sola nota o reportaje vincular macrofenómenos con micromotivos. Es muy conmovedor. Todos caben; en todos hay historias que se expanden, que tocan a millones de otros.

Eso, tenemos empatías sólidas por muchas partes de Estados Unidos y, por supuesto, no se limita a la política, es más, no encuentra ahí quizá sus mayores efectos.

Ningún país del mundo ha definido nuestro discurso emocional como Estados Unidos. Ninguno ha definido el soundtrack de nuestros tiempos como Estados Unidos. Ningún otro país nos ha presentado personajes de ficción o personas humanas (aquí cabe decirlo así) con los que logremos establecer empatías, reflejos y fobias como Estados Unidos.  Los hay para todos los gustos, para todos los sesgos, para todas las sensibilidades.

Plantearnos la historia de la música, el cine, la ciencia, el periodismo o la literatura sin Estados Unidos es absurdo (y francamente aterrador). Estados Unidos es un hermosísimo experimento, una alucinante síntesis, un monstruoso procesador.

Se necesita tener atole en las venas para no desmoronarse al escuchar a Big Mama Thornton, Mahalia Jackson, Nina Simone, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong, Etta James, o el mismísimo Elvis; al leer The Federalist Papers, o un discurso de Theodore Roosevelt, Martin Luther King, César Chávez, o el mismísimo Barack Obama; al ver una película de Orson Welles, Martin Scorsese, o el mismísimo Paul Thomas Anderson; al leer algo de Walt Whitman, William Faulkner, Flannery O’Connor, Truman Capote, James Baldwin, o el mismísimo Philip Roth.

Hay algo en común: dolor.

No es un dolor pasivo o que derrote. El dolor estadounidense me parece más el dolor de las coyunturas al crecer, es un país que se duele mientras se mueve, que no termina nunca de entender su cuerpo porque nunca deja de cambiar y deformarse.

El terrible encanto de Estados Unidos es que nunca ha dejado de ser un país trágico. Dividido, excluyente, desigual, violento, fragmentado, carente, trashy, Ghetto... y ahí mismo, cruzando apenas la calle, uniforme, dador de oportunidades, innovador, creativo, sobrado, opulento. En ambos lados, masivo y visible. Es un gigante terrible y trágico.

Y ahí, en sus tragedias, nos vemos todos.

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