OPINIÓN

Belaunzarán: ¿Por qué y para qué regular la marihuana?

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Fernando Belaunzarán Méndez
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Promedio global

Por Fernando Belaunzarán  @FerBelaunzaran
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NOTA DEL EDITOR: Fernando Belaunzarán es licenciado en Filosofía por la UNAM y diputado federal del PRD.

El legislador de izquierda presentó el pasado 15 de noviembre una iniciativa de ley que propone legalizar la producción, distribución y consumo de marihuana.

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¿Tiene sentido mantener el paradigma prohibicionista, seguir con el combate frontal y militar que tanta destrucción y muerte ha generado en nuestro país, para tratar de impedir, sin mucho éxito, por cierto, que ingrese a Estados Unidos una sustancia que allá ya está permitida y regulada, como es el caso de la marihuana?

La iniciativa que recientemente presenté en la Cámara de Diputados regula la producción, el procesamiento, la distribución, la venta y el consumo de la cannabis y establece un programa nacional para prevenir, atender y rehabilitar adicciones, así como el fondo con el que se financiaría, proveniente de los recursos que obtendría el Estado por concepto de licencias, derechos e impuestos durante toda la cadena.

Estoy consciente de que se trata de un tema polémico y controvertido, de esos que polarizan y desatan pasiones. Pero aspiro a que se manifieste un gran consenso en el Poder Legislativo, donde está representada la pluralidad de la nación. Me refiero a que, con independencia de los distintos puntos de vista que al respecto tengamos, compartamos la convicción común de que es indispensable, necesario y apremiante impulsar el debate sobre la mejor estrategia para enfrentar el problema de las drogas.

El Congreso mexicano no puede ser omiso ni estar ausente de esta discusión inaplazable y trascendente para el país y la región. Por el contrario, debe llevarla a cabo con rigor y preeminencia, de cara a los mexicanos que tanto han padecido por la violencia desbordada.

Por supuesto que también estoy consciente de los costos políticos que conlleva enarbolar una causa que choca con prejuicios arraigados y que se presta con facilidad al estigma y la descalificación; pero pienso que la responsabilidad que tenemos como diputados es defender lo mejor para el país y el interés general, aunque no se trate de un asunto “popular” -así, entre comillas.

Al debate voy, respetando las diferencias, pero defendiendo con firmeza mis puntos de vista. Llevamos un siglo de prohibicionismo, la historia de un trágico error. A 100 años del llamado Congreso del Opio, y a cuatro décadas de que Nixon acuñó la frase de “guerra contra las drogas” y se escaló el conflicto, rebasando a las policías y convirtiéndose en una política militar, los resultados no podrían ser más desastrosos y, añadiría, dolorosos. El consumo, lejos de reducirse, no ha dejado de incrementarse, y las organizaciones criminales se han fortalecido, sofisticado y convertido en emporios trasnacionales de enorme poder económico y militar y, por lo mismo, también político.

Grandes y poderosos intereses, pues es el negocio ilegal más lucrativo del mundo. La ONU calcula que genera 2.1 billones de dólares al año, equivalente al 3.6% del PIB mundial.

México ha pagado el mayor costo por ser frontera del principal consumidor. Tenemos 60,000 muertos en un sexenio, cifra propia de una guerra civil, descomposición social, debilidad e infiltración del Estado, corrupción a los más altos niveles, éxodo masivo de sectores pudientes en la frontera. Los capos pueden ser capturados o eliminados y la industria los suple con la mano en la cintura. Difícil encontrar un fracaso más contundente y elocuente.

La marihuana es la droga más consumida en México, Estados Unidos y el mundo. Por eso, aunque no es la más cara, sí es la que mayores recursos representa a las organizaciones criminales. En 2008, Barry McCaffrey, zar antidrogas norteamericano, lo calculaba en 60% de las ganancias de los cárteles mexicanos. Por eso quitarles ese mercado significaría un duro golpe a sus finanzas. Ellos son tan fuertes como sus recursos, no lo olvidemos.

La iniciativa presentada representa un cambio en el paradigma. En lugar de la represión, que ya fracasó, se basa en el fortalecimiento del ejercicio responsable de la libertad. Educación, información científica, persuasión, atención a enfermos. El gasto siempre creciente en seguridad y armamento no deja de multiplicarse, a costa de otras necesidades apremiantes del país, como invertir en educación y en ciencia y tecnología, donde estamos muy debajo de lo que nos hemos propuesto explícitamente, incluso a nivel de la ley.

La iniciativa garantiza los recursos necesarios, puesto que todo lo que se consiga por concepto de licencias, derechos e impuestos serviría para financiar el programa nacional de atención, prevención y rehabilitación de adicciones.

Los controles son estrictos en todo el proceso, desde la producción hasta el consumo. No habrá publicidad, los puntos de venta no podrán estar cerca de las escuelas y la Secretaría de Salud entregaría permisos, cuidando de que se trate de personas probas, sin antecedentes penales y sin vínculos con el crimen.

Quiero ser enfático: regular no es promover, no es incentivar, no es propiciar el consumo. La única garantía de evitar la utilización de drogas es convenciendo, haciendo que cada persona que piense consumirla sepa a qué se atiene.

Estamos ante un asunto de Estado, pero también de Estados. En América Latina crece la demanda a Estados Unidos para que cambie el paradigma prohibicionista, precisamente lo que este país está haciendo en su interior. 18 estados de la Unión Americana han aprobado la cannabis médica y, recientemente, dos, Washington y Colorado, con fines “recreativos”. Hay un cambio cualitativo que no podemos soslayar.

Lo correcto es que México haga causa común con las naciones latinoamericanas y no vaya a ser esquirol de la política de doble moral norteamericana que quiere prohibirle al mundo lo que permite en su territorio. Esto último sería no sólo lastimoso sino hasta masoquista, después de todo lo que hemos y estamos padeciendo. Como muestra, el éxodo masivo en la frontera, no ya de desposeídos que huyen de la pobreza, sino de pudientes que están hartos de vivir con miedo.

Lo ideal, por supuesto, es que se empuje una solución regional y, si se puede global, mejor. De ahí la importancia de no emplazar el debate y tomar, de una buena vez, al toro por los cuernos. Como nunca antes, se ha creado un escenario internacional favorable para replantear el paradigma de combate a las drogas y construir una alternativa al prohibicionismo. ¡Que no se nos escape!

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