FERNANDO DWORAK

Opinión: ¿Por qué no existe una 'Pejebancada' de Morena?

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Por Fernando Dworak  @FernandoDworak
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En política, detrás de cada muestra de indignación hay una persona que necesita conocer más del problema, sus causas y lo que de verdad debería exigir.

Uno de los temas que más escozor despiertan es el trasfuguismo: cuando un legislador cambia de partido. El enojo es entendible: votamos por alguien que, al menos en teoría, debería apoyar la agenda que impulsa su respectivo partido.

Sin embargo, la política real es afortunadamente más compleja y fascinante. Tratar de acomodarla a los valores y limitaciones de cada uno es no entenderla del todo; aun peor, también se pierde la capacidad de apreciarla con toda su complejidad. Al fin y al cabo, es también un gran espectáculo.

Hace unos días, el diputado Martí Batres Guadarrama renunció al PRD para unirse a Morena, del cual fue eventualmente electo presidente. Sin embargo también solicitó seguir siendo parte de su Grupo Parlamentario en San Lázaro, aclarando que esa última decisión correspondía a sus excompañeros de partido. Y antes de que pudieran reaccionar los amarillos, solicitó licencia.

¿Por qué no ha habido una desbandada de diputados afines a López Obrador hacia Morena?

Antes, hay que preguntar por qué un legislador deja su partido. Hay dos respuestas básicas: porque no le queda de otra (léase: lo corren), o porque según sus cálculos es conveniente tomar ese riesgo pues tiene mucho que ganar. Es decir, y más allá de cualquier consideración, no hay tácticas “buenas” o “malas”, sino exitosas o fallidas.

Dentro de las consideraciones, del legislador se encuentran por lo general tres elementos: la fuerza del partido y en particular del grupo parlamentario, el capital político que tiene el individuo para tomar el riesgo, y la capacidad que tengamos los ciudadanos para evaluar, premiar o castigar estos actos con nuestro voto. Veamos cada uno de ellos.

La fuerza del partido implica la capacidad que tiene éste para controlar las carreras de sus militantes, elevando o no la capacidad de chantaje de los individuos. Por ejemplo en un sistema de distritos de mayoría, el legislador puede llegar a pesar más que la “franquicia” partidista, toda vez que tiene incentivos a cultivar su propia base electoral. Por otra parte, uno de representación proporcional hace que los políticos tengan que alinearse a su instituto si desean tener un buen lugar en las listas.

Dentro de esta categoría cabe incluir las normas parlamentarias para formar un Grupo Parlamentario, y las facilidades que se dan a los trásfugas.

Por ejemplo, un número elevado de legisladores para constituirse en bancada desincentiva la salida de disidentes. También cuenta si el que sale puede o no integrarse a otro grupo o conformar uno nuevo, pues esto incentiva romper con el instituto que los postuló. Y naturalmente un partido con pocos miembros hace que cada uno sea necesario para tener capacidad de negociación, de tal forma que las personas tienen mayor capacidad de chantaje que en uno grande.

A esto, ¿por qué es importante pertenecer a una bancada? Un órgano legislativo moderno sólo puede funcionar con grupos que de una forma más o menos predecible pueden garantizar tendencias estables de votación. Además, son los grupos parlamentarios los que asignan recursos y espacios a sus miembros como asientos en las comisiones (y en el caso de México, beneficios adicionales en términos de servicios y personal) o posiciones de liderazgo.

¿Qué se entiende por el capital político? Es una combinación de las capacidades de negociación que tiene el individuo y la percepción que de éste tiene la opinión pública, de tal manera que uno de estos elementos puede llegar a influir positiva o negativamente en el otro.

El ejemplo por antonomasia de lo anterior: en 1987 un grupo del PRI, al ver sus posibilidades para continuar su carrera bloqueadas por una nueva generación de políticos, decidió abandonar ese partido. De esa forma, al ver que su capacidad de negociación interna mermaba, aprovecharon el desgaste del tricolor para reinventarse políticamente como opositores. Hablamos, claro, del Frente Democrático Nacional y de personas como Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.

Sin embargo y como ya se ha dicho, hay tácticas que sirven y otras que no. Por cada trásfuga que logra un escape exitoso de su partido hay otros 10 que son recibidos coyunturalmente por otro instituto hasta que termina su mandato, porque eso reporta un voto más. Si los desertores no muestran la capacidad política suficiente, simple y llanamente desaparecen de la escena política en cuanto termina su utilidad.

¿Qué queremos decir con esto? Un trásfuga debe ser lo suficientemente hábil para lograr que su cambio de colores sea creíble, sin importar que entre un brinco de trapecio y otro acabe en extremos distintos del espectro político. Ahí está la diferencia entre “salir de un partido obsoleto” y “nomás dar bandazos”. Comparen las carreras de –digamos– Demetrio Sodi y Marcelo Ebrard. Ambos cambiaron varias veces de partido y vean dónde se encuentran.

Por último, está la capacidad de los ciudadanos para premiar o castigar con el voto. Normalmente en casi todas las democracias podemos evaluar las carreras políticas permitiendo que una persona se quede o no en su mismo encargo. Aquí no: todos se van a otra parte al terminar sus mandatos. Lo único que podemos hacer es votar según expectativas de cómo nos iría con esa persona. El “capital político”, en este caso, se compone de conceptos basados en reputación como decir que es un “entrón”, “le dice sus verdades a los poderosos” o “es chambeador” antes que en desempeño.

EL TRASFUGUISMO EN DIPUTADOS

Si lo vemos desde el punto de vista legal, las normas son muy generosas para el trásfuga. El artículo 26 de la Ley Orgánica del Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos dice que se necesitan al menos cinco legisladores para formar un Grupo Parlamentario. También establece que para formar uno se requiere el acta de formación, normas internas y nombre del coordinador. Es decir, el prófugo no es retirado de su encargo, y puede pasar de una bancada a otra con total libertad.

Entonces, ¿por qué no ha habido una desbandada de amarillos hacia Morena? La respuesta se puede formular con base en dos refranes que vienen a decir lo mismo, pero cuyo uso depende de las preferencias del lector. El primero: “nadie come lumbre”. El segundo: “nadie da paso sin huarache”.

Aún en el supuesto de que sean más de cinco legisladores quienes salgan del PRD, perderían las presidencias y secretarías que tuvieron gracias a su afiliación partidista. También se les quitarían los espacios y facilidades que hoy tienen en cuanto a personal de apoyo. Asumiendo que como Grupo Parlamentario puedan impulsar una renegociación de comisiones y recursos, se les daría mucho menos de cuanto hoy tienen.

Y esta situación prevalecerá en tanto Morena no cuente con recursos propios, acreditables o no. Mientras tanto, el PRD seguirá sin resolver sus tensiones entre moderados y radicales, en perjuicio de sus capacidades de negociación frente al PRI.

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