MARÍA AMPARO CASAR

Opinión: En la democracia importa el fondo y las formas

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Por María Amparo Casar  @amparocasar
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María Amparo Casar es licenciada en Sociología por la UNAM; maestra y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la University of Cambridge, King's College; catedrática e investigadora del Departamento de Estudios Políticos del CIDE; columnista en el diario Reforma; miembro de los comités editoriales de la revista Nexos y el Fondo de Cultura Económica, y colaboradora en espacios de análisis como el programa Primer Plano de Once TV México.

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En la democracia importa tanto el fondo como la forma. Seis días antes de la transmisión del poder, el recinto donde se llevará a cabo fue cercado por la fuerza pública, la circulación interrumpida y el servicio del Metro y Metrobus suspendidos. Aunque la toma de protesta ocurre sólo cada seis años, el acto debería ser uno de rutina democrática.

Pero no lo es después del lamentable espectáculo que se vivió en 2006 cuando el presidente electo tuvo que escabullirse por la puerta trasera, llevar a cabo la protesta de ley, y salir corriendo para pronunciar su discurso en el Auditorio Nacional.

En la casa del Congreso no fue bienvenido Calderón cuando inició su mandato y nunca le abrieron las puertas. Tamaño despropósito en un sistema de división de poderes pero con mandato de colaboración entre el Ejecutivo y el Legislativo para que las cosas se muevan es incomprensible.

Por segunda vez consecutiva la ceremonia de toma de protesta saldrá de la normalidad y estará amenazada al interior de la Cámara de Diputados por un grupo de legisladores que amagan con impedir que ocurra –no hace falta más que un puñado de ellos- y fuera de San Lázaro por aquellos que sostienen que hubo fraude.

Pero no es una cosa de símbolos nada más. Es difícil explicar a cualquier observador extranjero –o a nosotros mismos- que en México, después de llevar a cabo un proceso electoral que involucró a 7 partidos y 4 candidatos, que costó 15 mil millones de pesos y que arrojó una diferencia de más de 6% en la votación recibida entre el primero y el segundo lugar, se tenga que montar una mesa de negociación con el fin de acordar el traspaso del poder.

Es difícil explicar que el presidente no pueda dirigir el discurso inaugural de su administración ante los representantes del Poder Legislativo con los que tendrá que trabajar, negociar y acordar durante tres y seis años.

Es difícil explicar que en una democracia se planten más de 600 policías en el exterior y más de 200 en el interior para garantizar lo que por derecho le corresponde a Enrique Peña Nieto.

Es difícil explicar que los propios legisladores hayan tenido que modificar la Constitución para prever que en caso de no poderlo hacer en el salón de Plenos, el presidente electo pueda tomar posesión ante el presidente de la Suprema Corte de Justicia.

Todos estos son signos de que la democracia mexicana no está consolidada. Tenemos normas que garantizan la equidad en la competencia, pero actores que no aceptan los resultados.

Tenemos legisladores que asumen sus puestos pero no están dispuestos a jugar con las reglas del juego que ellos mismos se dieron. Las normas y las instituciones de la democracia importan pero la conducta política de los actores encargados de operarlas es tan o más importante.

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