FERNANDO RODRÍGUEZ DOVAL

Opinión: Por la transparencia total en las encuestas

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Promedio global

Por Fernando Rodríguez Doval  @ferdoval
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NOTA DEL EDITOR: Fernando Rodríguez Doval es licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México, maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Panamericana y diputado federal por el PAN.

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En todo proceso electoral las encuestas desempeñan un papel fundamental. Aún cuando está comprobado que influyen poco en los resultados finales, sí tienen incidencia en las diversas dinámicas de una campaña.

Por un lado, incentivan un eventual voto útil o estratégico, y más en sistemas como el presidencial mexicano en donde no existe la figura de la segunda vuelta.

Además, son uno de los principales elementos que toma en cuenta un posible donador a la hora de decidir apoyar económicamente o no a un determinado candidato. También sirven para modificar las estrategias de los partidos y candidatos y para dotar de contenido su discurso y plataforma. En algunos casos, las encuestas movilizan -o desmovilizan- a diversos sectores del electorado.

De esta forma, las encuestas son uno más de los muchos estímulos e informaciones que reciben los electores durante una campaña. No es, pues, el único ni el más importante, pero su influencia en el entorno general de la campaña no puede ser soslayada.

En el reciente proceso electoral la mayoría de las encuestas fallaron estrepitosamente. Fue éste un fenómeno que venía ocurriendo desde las elecciones estatales de 2010. Casualmente o no, la equivocación de las encuestas consistió, tanto en 2010 como en 2012, en sobreestimar casi siempre al PRI y sus candidatos.

Por mencionar tan sólo algunos ejemplos, vemos que Consulta Mitofsky daba en su última encuesta preelectoral 15 puntos de ventaja a Enrique Peña Nieto sobre Andrés Manuel López Obrador y además le otorgaba al PRI una cómoda mayoría absoluta en el Congreso de la Unión y el triunfo en la gubernatura de Morelos; Ulises Beltrán (Excélsior) daba también 15 puntos de ventaja a EPN, al igual que Parametría; Jorge Buendía (El Universal) otorgaba al vencedor una ventaja de 17; GEA-ISA (Milenio) cerró su encuesta diaria con casi 19 puntos de diferencia, mientras que Indemerc lo hizo en 20...

Los resultados oficiales hablaron de una diferencia del primero y segundo lugar de solamente 6.5 puntos. Ante estas evidencias, las casas encuestadoras están obligadas a reconocer sus errores, revisar sus metodologías y hacer autocrítica.

Es de justicia también reconocer a aquellos encuestadores que más cerca estuvieron del resultado final: Alejandro Moreno (Grupo Reforma), Lauro Mercado (Mercaei), Ipsos-Bimsa y María de las Heras (q.e.p.d).

Ante los hechos anteriores surge la pregunta, ¿deben regularse las encuestas? Muchas de las opiniones que se escuchan en el mundo político sugieren que sí, precisamente a partir de la triste experiencia del 2012. Sin embargo, no hay que dejar de lado que una de las debilidades más problemáticas de nuestro sistema electoral es precisamente la sobrerregulación.

Espanta, en este sentido, la iniciativa presentada por los diputados Martí Batres y Gerardo Villanueva para prohibir las encuestas durante las campañas electorales. Es ésta una propuesta no solamente profundamente antiliberal, sino además liberticida. Su argumentación parte implícitamente de un supuesto que francamente no se puede compartir: el elector como ser totalmente manipulable por parte de los medios de comunicación, actores políticos, encuestas, etc. Es una visión del ciudadano menor de edad que necesita de un Estado paternalista que lo "proteja" de quien se quiere aprovechar de él. En esta visión todo se debe regular y proteger.

No, no se deben prohibir ni sobrerregular las encuestas. Mayor regulación, nos muestra la evidencia empírica, no necesariamente se traduce en mayor calidad y menor manipulación.

¿Qué hacer entonces? Los diputados federales del PAN estamos preparando una iniciativa para que todo encuestador que haga públicos sus resultados tenga que dar a conocer también dos cosas: primero, quién patrocinó la encuesta; segundo, si está brindando sus servicios profesionales a algún partido o candidato.

Nada de inmoral tiene que un encuestador trabaje para un determinado partido. Todos los que hemos sido candidatos hemos echado mano de encuestadores. Pero los ciudadanos tienen derecho a saberlo.

Lo anterior no para restringir la actividad del encuestador, sino simplemente para que los ciudadanos tengan mayor información sobre el contexto que rodea a cada encuesta y, eventualmente, a partir de ello se formen sus propios juicios.

Han existido casos escandalosos de encuestadores poco éticos que aparecen en medios de comunicación haciendo análisis electorales aparentemente objetivos y, al mismo tiempo, trabajan en el cuarto de guerra de algún candidato, cuya preferencia es ponderada -y aumentada- mediante la manipulación de los márgenes de error. Eso es lo que debe transparentarse.

Más que prohibición o sobrerregulación, transparencia total. Y que sean los ciudadanos los que saquen sus propias conclusiones.

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