COLABORACIÓN INVITADA

Opinión: México, no apoyes la (eterna) lucha antidroga de EU

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Por Rafael Fernández de Castro Sámano  @MovieTimess
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Rafael Fernández de Castro Sámano es colaborador de The Huffington Post. Hizo prácticas profesionales en The Drug Policy Alliance, un ‘think tank’ que busca promover la legalización de las drogas en EU, y actualmente estudia Comunicación y Cine en la Universidad del Sur de California.

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“Quinientos dólares, cabrón, y lo único que tienes que hacer es entregar el sobre”.

Es 1984 y Anthony Papa escucha con atención a Polinski, quien remoja su bigote en un whisky barato. Tony estaba desesperado, aquella tarde su esposa le espetó: “si no pagas la renta me voy y me llevo a la niña”.

El día siguiente a las 18:00 horas, José Pontes, un puertorriqueño con pinta de matón italiano, se aparece en la residencia de los Papa portando un sobre manila con un pedazo rectangular adentro.

“Cuatro onzas y media de cocaína.” Tony se sube al Buick Riviera de Pontes y manejan hasta Mount Vernon, a las afueras de la ciudad de Nueva York, a sólo 20 minutos de la frontera del Bronx.

Llegan 40 minutos tarde, se estacionan en un área industrial desolada con un frío que entume los huesos. Tony se baja del coche, le tiemblan las piernas y camina precavido. Llega hasta la grúa, adentro se encuentran dos hombres, se abre la puerta del copiloto. Le entregan 75,000 dólares en un fajo de billetes enrollados con una liga y él les da el sobre. Se da la vuelta y se dirige nuevamente hacia el coche.

Los faros de la grúa se prenden y lo ciegan, los hombres se bajan. Tony intenta correr, pero es demasiado tarde, siente el frío metal del barril del arma presionado contra su oreja izquierda. “¡Policía! ¡No te muevas hijo de puta!”

La guerra frontal del Estado Mexicano contra el narcotráfico está por cumplir seis años. Es una batalla en donde México y nuestro vecino del norte comparten una enorme responsabilidad. Sin embargo, rara vez nos preguntamos en México qué tipo de guerra se libra en las calles de Estados Unidos. Los mexicanos sentimos que toda la violencia, muerte, corrupción e impunidad se queda al sur del Rio Bravo.

Sin embargo, Estados Unidos ha librado una cruenta guerra contra las drogas por más de cuatro décadas, cuyos devastadores efectos podrían considerarse incluso mayores que las intervenciones militares en Vietnam e Iraq.

En 1971, el presidente Richard Nixon necesitaba un nuevo chivo expiatorio. El comunismo no dejaba de ser una amenaza y el terrorismo islamista aún no se consolidaba. Nixon le declaró la guerra a las drogas.

Algo similar hizo el presidente Felipe Calderón en 2006. Esta prolongada guerra le cuesta al pueblo estadounidense 51,000 millones de dólares al año, y se calcula que se han gastado un billón de dólares en más de cuatro décadas. Este eterno conflicto ha creado millones de víctimas y numerosos chivos expiatorios, como Tony Papa, quienes ejemplifican la podredumbre del sistema estadounidense.

Los costos exagerados y las experiencias como la de Papa deberían servir de ejemplo para que nuestras autoridades no intenten imitar a las políticas estadounidenses en materia de narcotráfico.

La actual estrategia de enfrentamiento - avasallar al crimen organizado- está haciendo que México abra los ojos y descubra una indiscriminada penetración y corrupción de sus instituciones.

El presidente Felipe Calderón destapó la cloaca sin un equipo preparado ni un plan estratégico, y los demonios fermentados durante los gobiernos priistas emergieron.

Ahora México experimenta el deterioro de su imagen en el mundo: cerca de 60,000 asesinados, miles de denuncias por violaciones a los derechos humanos, desaparecidos, huérfanos y el desgarramiento de su tejido social y penetración institucional.

Tony fue sentenciado a 15 años de prisión. Era la primera ofensa de un hombre de familia sin antecedentes criminales. El juez no tuvo compasión. Los "dealers" salieron bajo fianza con ayuda de sus abogados. En Estados Unidos, como en México, la justicia es un resultado comprado. Inculparon a Tony y le recordaron que se quedara callado, sabían donde vivía su familia.

El abogado de Tony no tenia idea de como lidiar con las brutales leyes de Rockefeller. En 1973, el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, creó las leyes más severas e inhumanas de Estados Unidos para acabar con la venta y posesión de drogas en el estado. Este tipo de iniciativas draconianas ha sido recurrente y popular en la historia de Estados Unidos. A los políticos les gusta dar una percepción de mano dura contra el crimen.

Las leyes Rockefeller -aunque las sentencias se han reducido- influyeron el sistema de justicia federal y están a la base del incremento acelerado del número de arrestos. En un intento fallido por reducir la “epidemia” de droga y capturar a las cabezas del mercado ilícito, Rockefeller creó una serie de leyes intrínsecamente racistas y encerró a generaciones de minorías empobrecidas.

Estados Unidos es hoy el país del mundo con más presos. De acuerdo con el Instituto de Justicia Política, un “think tank” de Washington D.C., hay más de dos millones de presos, de los cuales aproximadamente una cuarta parte lo está por crímenes de posesión o venta de droga.

Las leyes Rockefeller eventualmente constituyeron un modelo de negocios que hoy se conoce como el complejo industrial carcelario. Construir prisiones es un negocio lucrativo y existen grandes corporaciones que se benefician al comprarle y manejarle las cárceles a los estados de la Unión.

Consecuentemente, compañías como Corrections Corporations of America intentan reducir sus costos y maximizar las ganancias contratando menos guardias, gastando menos en mantenimiento e incrementando el número de prisioneros para llegar al 100% o más de capacidad. ¿Cómo llenan la cuota de prisioneros estas cárceles? Con las miles de personas -sin historiales de crimen- que cometen algún delito relacionado con droga.

En la cárcel, Tony se tuvo que endurecer rápidamente para sobrevivir. “Si no das la cara, tarde o temprano todos se enteran de que se pueden meter contigo”. La cárcel no es un reformatorio, es una jungla donde los hombres se convierten en animales, una verdadera universidad del crimen. Redes de prostitución, todo tipo de desviaciones sexuales y un esplendido buffet de sustancias ilícitas.

Tony representa uno de los dilemas del régimen prohibicionista de Washington: ¿cómo puede Washington intentar controlar la droga en las calles, e incluso en otros países, cuando ni siquiera puede controlarla sus propias cárceles?

La mayoría del medio millón de prisioneros es gente que cometió un crimen similar al de Tony. The Drug Policy Alliance, una de las organizaciones que encabeza el debate sobre despenalización de drogas en EU, calcula que aproximadamente 6 de cada 10 personas en prisiones estatales están ahí por venta o posesión de drogas y sin antecedentes violentos.

En México tenemos una imagen de adolescentes californianos consumiendo todo tipo de drogas y divirtiéndose sin freno. Es parcialmente una apreciación verdadera. En 2003, los afroamericanos estaban siendo arrestados 238% más veces que los blancos. La justicia estadounidense no está interesada en apresar a los "springbreakers" que conocemos.

De acuerdo con The Sentencing Project, en 2012 uno de cada 15 niños afroamericanos y uno de cada 42 latinos tiene un padre en prisión, mientras que los blancos sólo uno de cada 111. La justicia discrimina entre ricos y pobres; más aún, entre blancos y negros y latinos.

Mientras que Washington hace la guerra a sus propios ciudadanos, invoca a los demás países del mundo, particularmente a México, para que se sumen a su lucha y ataquen a los traficantes y productores. Apoyar la guerra estadounidense contra las drogas es apoyar leyes inhumanas y un sistema que no busca soluciones de raíz.

Consecuentemente, es apoyar una guerra que esta destinada al fracaso o a la lucha eterna. Si no tenemos cuidado, en México la guerra contra los capos fácilmente se puede convertir en una guerra contra los ciudadanos. En el campo de batalla las líneas entre amigos y enemigos se nublan y los abusos a los derechos humanos se multiplican.

El gobierno estadounidense ha impuesto durante décadas sus políticas antidrogas de manera directa –por imposición bilateral- e indirecta mediante organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Las convenciones globales de la ONU que criminalizan las drogas acaban por legitimar las políticas de interdicción de Washington. La legalización y la regulación de la droga se ha convertido en un concepto tabú porque Estados Unidos se ha empeñando en que así sea.

¿Por qué no abrir el debate y poner todas las opciones sobre la mesa? Reconozcamos la valentía del presidente Calderón y su disposición para acabar con estas mafias, pero un tumor no se extrae con fuerza, sino con precisión, paciencia y con el equipo adecuado.

La legalización y regulación de la marihuana es lo que la estrategia necesita. Abrir este debate no significa que estemos perdiendo la guerra, simplemente expresa que se necesitan modificaciones.

Golpear a las finanzas del narco y apropiarnos de su producto es más efectivo que cortar cabezas. Los actuales presidentes de Guatemala, Colombia, Costa Rica y Uruguay han promovido un debate sobre despenalización y México debería sumarse a este movimiento para explorar nuevas alternativas. Las leyes inhumanas y la militarización a la que se aferra Washington no es una política efectiva contra un crimen organizado inteligente, coordinado, bien armado, adinerado y global.

México requiere su propio modelo para mejorar la seguridad de sus ciudadanos. Para eso es necesario romper, primero, con el modelo estadounidense. Habrá que buscar experiencias de intervención más relevantes, como las de Brasil, Colombia y la República Dominicana, y evitemos que esta guerra de seis años se convierta en el Vietnam o el Iraq mexicano.

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