OPINIÓN

Attolini: Peña es presidente gracias a AMLO, el PRD y el PAN

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Por Antonio Attolini  @AntonioAttolini
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Antonio Attolini es estudiante de Relaciones Internacionales y Ciencia Política en el ITAM.

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“Papá, cuéntame otra vez…”

-Ismael Serrano

Durante las dos pasadas elecciones el candidato presidencial que abanderó al PRD, PT y Movimiento Progresista (antes Convergencia), Andrés Manuel López Obrador, resultó perdedor y en ambas ocasiones existió un reclamo posterior a por qué las elecciones no debieron ser consideradas legítimas.

En los dos casos se termina por desconocer al ganador de la contienda electoral, en 2006 porque los votos que dieron la victoria a Felipe Calderón se “contaron mal” y en 2012 porque los votos que dieron la victoria a Enrique Peña Nieto “no eran legítimos”.

Nadie puede negar que el reclamo de Andrés Manuel ha sido razonable en las dos ocasiones, sin embargo, lo que sí está puesto en duda son las acciones que emprendió después, motivado por la ferviente tensión postelectoral de él y sus seguidores. Mi tesis es que estas acciones no sólo no fueron las correctas, sino que estas mismas terminaron por trivializar la propia causa política por la que se llamaba a luchar en un primer momento. A continuación señalo cómo y por qué.

El bloqueo de Reforma de 2006 sólo fue concurrido por un núcleo duro de votantes altamente politizados sin que se consiguiera mayor simpatía por parte de ciudadanos no involucrados en el bloqueo; si su reclamo era la irregular manera en la que los votos de 2006 fueron contados, la presión tenía que hacerse en contra del IFE y la falta de transparencia en los organismos encargados de licitar los contratos a las compañías involucradas en el proceso electoral (como en el caso de Hildebrando Zavala, pariente de la que terminaría siendo la Primera Dama, Margarita Zavala) así como en la falta de rendición de cuentas por parte de la Cámara Baja a sus representantes a la hora de elegir a los Consejeros Electorales del IFE (los cuales dan “carpetazo” político al desproporcional acceso a medios de comunicación que los candidatos tuvieron en su momento así como la intervención mal regulada de organismos empresariales a favor o en contra de un candidato en particular).

El bloqueo de Reforma terminó por trivializar la causa por la que estaban luchando en un primer momento y rezagarla de la agenda política.

De lo que se hablaba era de la basura en las calles, lo fea que se veía la ciudad, el tráfico desquiciado que éste generaba y lo mal que la estaban pasando los comerciantes de la zona. ¿Se ve?

El reclamo de fraude electoral en 2012 ya no se basaba en por quién se había votado, sino cómo se había votado. Más allá de la jornada electoral del 1 de julio y donde Enrique Peña Nieto resultó ganador, el proceso electoral en su conjunto se vio plagado de irregularidades que podrían considerarse razón suficiente para anular la elección.

Si su reclamo eran las irregulares condiciones de competencia entre los candidatos presidenciales y Enrique Peña Nieto por el supuesto apoyo de Televisa a partir de prácticas de publicidad encubierta; la supuesta desviación de fondos no fiscalizados –por lo tanto, muy probablemente ilícitos- del fondo de inversiones Monex hacia la campaña del PRI; y el uso político de la encuesta GEA-ISA Milenio que posicionó a Enrique Peña Nieto durante casi 3 meses como inalcanzable –efecto de profecía auto cumplida- demostrándose ser una fotografía completamente desproporcional de las preferencias electorales al termino de la jornada electoral, lo que los partidos políticos agravados debieron haber hecho era presentar una investigación profunda y rigurosa que revelara las fallas estructurales del sistema para así consignar a los responsables y enmendar dichas fallas.

Lo que se terminó haciendo es una ridícula puesta en escena que consistió en presentar un desfile de puercos, ovejas, destapadores, cachuchas y playeras como pruebas del fraude electoral amparado todo con un discurso moral – que a la fecha continúa- sobre la falta de dignidad de aquellos que vendieron su voto a cambio de una despensa o de un costal de cemento desde la cómoda posición de alguien que no tiene necesidad de hacerlo. Una absurda tragicomedia postelectoral. ¿Por qué?

Las personas que viven en el Distrito Federal sufren de una especie de síndrome de superioridad moral para juzgar y evaluar a las personas del interior de la República por las decisiones que toman, o se ven forzadas a tomar (léase la supuesta compra/venta de votos). Esto no sería posible si como condición subyacente no existiera un sentimiento de inferioridad mal reconciliado que se basa, a mi parecer, en la incapacidad de ver elevado a un proyecto general de nación el proyecto político de la Ciudad de México, es decir, el de izquierda y, más particularmente, la izquierda del PRD el cual es considerado como el único y verdadero proyecto político posible. Cualquier posible intento de desviarse de este objetivo político es muestra clara de ceguera, ignorancia, traición y, en último caso, estupidez.

Enrique Peña Nieto es Presidente porque ni el PAN, ni el PRD pudieron convencer a los electores de todo el país de votar por las supuestas ventajas que cada una ellos tenía para quien votara por ellas y así alcanzar una mayoría en las urnas.

Enrique Peña Nieto es Presidente porque el PRD no quiso llevar a cabo la investigación a fondo necesaria sobre las denuncias de irregularidades – financieras, políticas y jurídicas- en la pasada elección porque terminaría por revelar que están tan coludidos en el mismo charco de corrupción como el Partido Revolucionario Institucional (en igual, menor o mayor medida pero coludidos al fin).

Enrique Peña Nieto es Presidente porque los legisladores encargados de realizar la Reforma Electoral de 2007 no previeron cómo los marcos regulatorios que diseñaron generaban incentivos perversos para la “payola” política, lo que permitió que la venta de espacios publicitarios se hiciera escudándose con la armadura de la sacrosanta libertad de expresión.

Enrique Peña Nieto es Presidente, nos guste o no. Nuestra tarea como sociedad civil es encontrar interlocutores válidos que permitan el diálogo y la negociación para verdaderamente posicionar los temas urgentes de la agenda nacional sin puestas en escena, sin simulaciones y sin lucro político de la causa nacional.

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