VIDAL ROMERO

Opinión: Más poder a los alcaldes y menos a los gobernadores

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Por Vidal Romero  @vidalromero_
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Vidal Romero es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Stanford. Es profesor-investigador del ITAM y actualmente es profesor visitante del Center on Democracy, Development, and the Rule of Law de la Universidad de Stanford.

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Pareciera una de esas cosas fijas en nuestras vidas que porque siempre ha estado ahí, debiera permanecer: la división del país en entidades federativas. Pero, ¿no hay otra forma más eficiente de organizarnos? La respuesta es que sí, sí es posible tener una división más eficiente del territorio del país. Una mejor opción es reducir al mínimo, casi a lo simbólico, las atribuciones de los estados y que la unidad relevante después de la Federación sean los municipios.

Quizá suene extraña la propuesta en el contexto mexicano, pero si lo pensamos fríamente —despojándonos del bagaje de recuerdos de trajes típicos, platillos regionales y el mapa de México con esas líneas amorfas que separan el territorio en 32 subunidades— también resulta muy extraño que exista la división por entidades.

En buena medida, los estados operan en un territorio que ya está doblemente ocupado políticamente: por los municipios y por la federación. El municipio como unidad básica tiene sentido, ya que es el gobierno más cercano a la población, el que está en mejores condiciones para conocer las preferencias locales. La función del gobierno nacional es también obviamente necesaria, es lo que da sentido al país frente a otras naciones y es la unidad que coordina al interior.

¿Entonces qué hacen los gobiernos estatales que no puedan hacer los municipios o el gobierno nacional? La respuesta corta es que no mucho.

Comencemos por el origen. Las entidades federativas surgen en México posterior a la Independencia sin una lógica de identidad étnica, económica, religiosa o alguna otra; fueron creados a partir de resabios de la organización colonial que respondía a asignaciones de tierras a los favorecidos por la Corona española.

Las posteriores particiones y reorganizaciones del territorio tampoco siguieron una lógica de coincidencias entre sus habitantes. Había, sin embargo, razones suficientes que hacían rentable la organización, especialmente la unión de fuerzas regionales para la defensa del territorio. Este fin, sin embargo, ya no tiene sentido hoy en día; los estados ya no tienen, desde hace muchas décadas, el control de los militares.

El daño más grave de la existencia de los estados es en lo fiscal. Una buena forma de pensarlo es que funcionan como coyotes. Son intermediarios entre la Federación que, malamente, transfiere la mayor parte del dinero que se gasta necesariamente en algún municipio. Pero son intermediarios muy ineficientes: son caros, porque implican burocracias enormes, corrupción (adicional a la federal y municipal) y redundancia de muchas funciones con los municipios, eso sin contar redundancias adicionales con las delegaciones federales; y sabemos que muchas de sus decisiones necesariamente tienen algún sesgo político, lo que no necesariamente es negativo —así funcionan las democracias, el partido que gana beneficia más a los suyos— pero si el partido en la gubernatura y el municipio no coincide, entonces el sesgo no es “democrático”.

¿Qué perdemos al reducir al mínimo posible a los estados? Algunos argumentarían que podrían existir problemas de coordinación para lograr bienes públicos entre los municipios, por ejemplo, carreteras o sistemas de agua. Pero, esto lo puede hacer, y lo hace en muchos casos, la federación.

En todo caso, la estructura estatal no parece ser la mejor forma de agregar preferencias municipales, en buena medida por la alta heterogeneidad de todo tipo que existe en el interior de las entidades. El noroeste de Jalisco tiene más coincidencias con el sur de Nayarit que con la Zona Metropolitana de Guadalajara; o la costa de Oaxaca con la costa de Guerrero y Chiapas que con el valle central de Oaxaca; y así podríamos seguir con mil ejemplos.

Nótese que no es un esquema centralista el que esbozo aquí, sino uno de amplia delegación a municipios, en lugar de a estados.

Sería más eficiente que los municipios se agruparan, voluntariamente, por sus intereses; así tendríamos, por ejemplo, a los municipios pesqueros, o a los turísticos, o a los industriales, o a los de extrema pobreza, hablando entre ellos y juntos promoviendo sus intereses frente al resto de actores políticos de forma especializada. En lugar de delegarlo al gobierno estatal que simultáneamente atiende múltiples temas de forma no especializada y muy cara.

Tenemos un sistema de administración de nuestros recursos obeso, una buena dieta es reducir al máximo el consumo de los gobiernos estatales.

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