OPINIÓN

Miguel Carbonell: La profesión más importante... el maestro

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Por Miguel Carbonell  @MiguelCarbonell
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Miguel Carbonell es investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su cuenta de Twitter tiene más de 99,000 seguidores. Su sitio web es www.miguelcarbonell.com

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No salen en las páginas principales de los periódicos, ni ocupan espacio en los noticieros de televisión y radio. No son celebridades seguidas por millones de fans, ni tienen cuentas en Suiza. No manejan coches de lujo ni pueden ir a esquiar en la nieve en el invierno. Pero pocas cosas en el mundo podrían entenderse sin ellos: son los maestros, las personas que dedican su vida a enseñar a los demás, a transmitir el conocimiento acumulado durante milenios por la humanidad, a formar nuevos y mejores ciudadanos, a abrirles los ojos a los niños ante las complejidades del mundo moderno, a desarrollar su pensamiento y la imaginación.

Seguramente Bill Gates no habría inventado el sistema Windows si no hubiera tenido buenos profesores en la escuela primaria y secundaria, y Steve Jobs no hubiera podido imaginar el iPad sin haber tenido conocimientos básicos de dibujo y de diseño. El mundo no sería el mismo si no hubiera habido maestros dedicados a perpetuar los conocimientos de lógica sistematizados por Aristóteles, sin la memoria de los avances médicos logrados por los antiguos griegos, sin la observación de las estrellas hecha por los primeros navegantes que se aventuraron a explorar los mares del mundo. De hecho, todo el conocimiento que se ha logrado no serviría de nada si no pudiera ser debidamente transmitido y mejorado generación tras generación, en esa tarea magnifica e infinita que llevan a cabo los profesores.

Si lo pensamos con detenimiento nos daremos cuenta que, en realidad, el significado y el rumbo de nuestra vida adulta dependen en buena medida de lo que aprendimos en la escuela, de amor y dedicación que pusieron nuestros maestros al enseñarnos matemáticas, historia, civismo, idiomas extranjeros, etcétera.

De ese conocimiento adquirido en la infancia dependieron en el pasado y siguen dependiendo en el presente los inventos que nos han permitido mejorar admirablemente la calidad de vida de miles de millones de personas en el planeta.

Por eso es que no resulta extraño que hoy en día el desarrollo de los países tenga como columna vertebral sus sistemas educativos. La inversión en infraestructura y medios pedagógicos de frontera ocupa un gran espacio en los presupuestos públicos y también en el de las familias, que saben que invertir en la educación de los hijos es determinante para asegurarles un futuro promisorio.

Sin embargo, pese a todas las evidencias, la profesión de maestros sigue sin contar con el reconocimiento social que merece. Son mucho más conocidos artistas mediocres, personajes que viven de la fama vacía, deportistas con efímeras carreras y magro desempeño, políticos corruptos, dirigentes de sindicatos poco recomendables, funcionarios completamente obtusos, incluso delincuentes que están huidos o presos desde hace años.

Hace unos meses coincidí en un vuelo a Oaxaca que partía de la Ciudad de México con un personaje que en ese momento era diputado y que se encuentra entre lo peor de la política mexicana (lo cual ya es mucho decir) y probablemente del país entero. Se trata de una verdadera excrecencia social cuyos despropósitos y agresiones con seguridad lo habrían enviado a la cárcel en otros países. Pues ese día no dejó de tomarse fotos con personas que se le acercaban y lo trataban como si fuera un ídolo, cuando sus merecimientos daban para exactamente lo contrario. En la misma sala estaba un profesor emérito de la UNAM que durante décadas se ha dedicado a hacer las investigaciones más importantes en el campo de las ciencias duras; no solamente nadie se acercó a tomarse una foto con él, sino que ni siquiera fue reconocido por ninguno de los demás viajeros.

Esa anécdota, que podría ser complementada con cientos más en el mismo sentido, refleja la realidad de nuestro mediocre país, en el que se adula a los pillos y tramposos, incluso a los corruptos o los delincuentes confesos, pero se deja de reconocer la trayectoria de quienes hacen el trabajo más importante de todos: el de formar y modelar nuestras mentes. Mucho cambiará México cuando se pongan en la primera línea de la gloria nacional a sus profesores, aunque para ello deban transcurrir varios decenios o acaso siglos.

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