FERNANDO DWORAK

Opinión: ¿Queremos políticos profesionistas o profesionales?

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Por Fernando Dworak  @FernandoDworak
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Fernando Dworak es licenciado en Ciencia Política por el ITAM y maestro en Estudios Legislativos por la Universidad de Hull, Reino Unido. Ha sido asesor y secretario técnico de la Comisión de Participación Ciudadana de la LVI Legislatura, y director de Estudios Legislativos de la Secretaría de Gobernación; es coautor del libro "El legislador a examen", y consultor político en los sectores público y privado.

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¿Se puede estudiar para ser un buen político? Esta pregunta me recuerda un texto en el que Otto Von Bismarck decía que aprendió el arte de la política al negociar en los ruidosos mercados de Pomerania, al contrario de los perfumados salones de Berlín.

Para decirlo de otra forma, una universidad puede formar profesionistas, pero ninguna garantizaría que éstos sean exitosos o destacados; eso depende en realidad de la ambición, capacidades y circunstancias de cada uno de los egresados.

Un buen político, o lo que podríamos definir como tal, es el resultado de atributos personales y el entorno donde actúa y compite.

Aunque deseable, la educación universitaria puede no ser necesaria. En todo caso es más importante que los ciudadanos tengamos la capacidad de evaluar el desempeño de nuestros gobernantes y representantes.

En días pasados ADNPolítico.com presentó los perfiles de los diputados y senadores que componen la LXII Legislatura (2012-2015). Junto con María Amparo Casar y Luis Carlos Ugalde fui entrevistado para dar puntos de vista sobre la relevancia o no de la preparación académica de nuestros representantes y me gustaría aprovechar esta editorial para compartir algunas reflexiones adicionales.

LA POLÍTICA COMO VOCACIÓN

Una de las preguntas que más escucho cuando se me invita a dar una plática es por qué el Congreso no tiene representantes de cada una de las carreras. Incluso señalan que hacen falta candidaturas independientes que no estén “maleadas” por los partidos.

Mi respuesta es que la política, como cualquier otro oficio, es una vocación. Incluso entran a esta actividad todo tipo de especialistas en los diversos temas. La diferencia es que ellos, al contrario de la mayoría de sus colegas, tienen alguna ambición o inquietud por lo público.

Es más, ¿para qué desearía un profesionista exitoso dedicarse a la política si no fuera por esa razón? En primer lugar los sueldos son poco competitivos para alguien destacado.

Y lo que es peor, por más bien que haga su trabajo como legislador, el profesionista sabe que no puede hacer carrera ahí pues tendrá que irse al tercer o sexto año, por más que se esmere en hacer un trabajo brillante.

Esto representa un problema más grave: en ese tiempo habrá perdido el seguimiento de su tema e incluso clientes, quedando rezagado frente a sus competidores. Para decirlo de otra forma, es difícil que una persona deje una carrera que le brinda estabilidad por una aventura incierta.

Suelo comentar también que a partir de 2015 habrá la posibilidad de que cualquier ciudadano pueda postularse para un cargo público, cumpliendo algunos requisitos. Una vez hecho eso les pregunto quiénes de los asistentes se interesarían por competir; hasta el momento nadie ha levantado la mano; y si alguien lo llegase a hacer, imagino que será porque tiene un interés por el tema.

Si nadie quiere ser político por ese vago concepto que algunos llaman “amor a la patria” que sólo he visto en cierta película de Cantinflas, ¿qué hacer entonces con lo que tenemos? Al respecto y como dije en la entrevista, ningún sistema electoral puede garantizar que entren personas que no tengan ambición política.

Sin embargo, y como sucede en cualquier otro oficio, sólo la evaluación constante puede hacer que permanezcan los más aptos para una función. De eso hablaremos más adelante.

¿QUIÉNES SON “LOS MEJORES”?

Venimos de un régimen que por décadas controló tanto los accesos a las candidaturas como los resultados de las elecciones. Para mantener su legitimidad implantó la idea de que no importaba que todo estuviera decidido: tarde o temprano llegaría un gobernante que, con vocación, preparación y amor a México cumpliría los ideales de la Revolución Mexicana.

Naturalmente esa persona nunca llegó. Pero no importaba mucho, pues al contrario del resto de las democracias votamos por promesas y no por desempeño.

Sin embargo esta creencia continúa arraigada. Tal vez por eso creemos que el desempeño de un político depende de la preparación y no de nuestra capacidad para evaluar. El problema es que la diferencia entre asumirse como ciudadano en lugar de súbdito, depende de cuál de esos enfoques se asuma.

Dicho lo anterior de otra forma, no es lo mismo pensar que alguien nos va a rescatar a que cada uno asuma su responsabilidad frente a lo público. Una perspectiva lleva a la democracia y la otra al autoritarismo y, en el peor de los casos, al totalitarismo.

A esto, ¿qué implica ser “el mejor” en cuanto a la función pública se refiere? Si un profesionista en la política no es viable, hay personas que creen que un académico o un intelectual serán los más idóneos. El problema es que la experiencia histórica muestra que son los que más rápido pierden la perspectiva de las cosas.

Por ejemplo Martin Heidegger vio en el nazismo la concreción de sus ideas en 1933. Y a quien le guste la literatura recomiendo La lección de Eugene Ionesco para este caso.

A final de cuentas, ¿qué es cultura e instrucción? Algo muy relativo y cada quien piensa en sus intelectuales ideales según sus sesgos ideológicos, lo cual es normal. Es decir, creer que alguien es depositario de una verdad absoluta para darle el poder es otra vez efecto de una visión de súbdito.

Lamentablemente no existe una educación para ejercer el poder. Suponer que debería existir implicaría pensar en una sociedad estratificada por castas y estamentos, como en la antigüedad.

¿POR QUÉ SE ESPECIALIZA UN POLÍTICO?

Si no es cuestión de perfiles o de educación, ¿cómo se logra que una persona se especialice en un tema? La mejor respuesta a la que se ha llegado es: a través de la ambición.

Como se dijo hace unos meses en este espacio, un legislador de mayoría se dedicará a temas que reditúen en términos de exposición y apoyo en sus distritos. Gracias a eso hará carrera en las comisiones correspondientes. Por otra parte los de representación proporcional tendrán un mandato de su partido para tratar asuntos específicos, por lo que ya contarán con un “expertise” particular.

En casi todas las democracias esto se va logrando a través de una carrera que inicie y se desarrolle en un mismo puesto, lo cual dependerá de la capacidad que tengan los ciudadanos para ratificar o retirarlo.

Es decir, la calidad de los políticos depende la existencia de premios y castigos por parte de los votantes. Una vez más, el problema depende más de nosotros que de ellos.

Si ninguno de nosotros cree ya en Santa Claus, es recomendable que demos el siguiente paso en nuestro crecimiento cívico y dejemos de creer en el Rey Filósofo o en el político virtuoso por naturaleza.

Sólo así podemos comenzar a tener una democracia madura.

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