VIDAL ROMERO

Opinión: ¿Cómo aprovechar a los delincuentes de hoy?

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Por Vidal Romero  @vidalromero_
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Vidal Romero es doctor en Ciencia Política por la Universidad de Stanford. Es profesor e investigador del ITAM, y actualmente es profesor visitante del Center on Democracy, Development, and the Rule of Law de la Universidad de Stanford. 

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Tenemos claro que algo hay que hacer por las víctimas del delito y la violencia en México, y que es impostergable implementar medidas eficaces para prevenir que más individuos engrosen las filas de la delincuencia. Sin embargo, poco o nada hemos pensado, ya no digamos hecho, sobre qué haremos con los delincuentes capturados y en activo que contemplan ya a inmensos segmentos de la población.

Aún en el hipotético y optimista escenario de que la violencia y el crimen se reduzcan a niveles "aceptables", los delincuentes de hoy estarán ahí. ¿Cuál será su papel en la sociedad? Es impensable la disminución sostenida del crimen y la violencia sin una efectiva reintegración social de una buena proporción de los delincuentes.

De acuerdo con inferencias a partir de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2012 (ENVIPE), se cometieron durante 2011 un poco más de 22 millones de delitos.

Si suponemos (sin demasiadas bases) que en promedio en cada delito participaron 3 delincuentes y que cada grupo de delincuentes cometió en promedio 24 ilícitos al año —2 por mes, suponiendo que no “trabajan” todos los días por enfermedad o pereza; algunos realizan retiros tácticos esperando que se calmen las aguas, otros son encarcelados, algunos asesinados, unos mueren de causas naturales, y unos más cambian de giro— tendríamos bajo estos supuestos que en México hay cerca de 3 millones de malhechores de todo tipo.

Podemos cambiar los supuestos y, en todo escenario medianamente razonable, tendremos millones y millones de delincuentes.

Si además multiplicamos este hipotético número de delincuentes para incluir a sus familias, que de una u otra forma sufrirán algunas consecuencias sociales o laborales por estar relacionadas con criminales —el promedio de integrantes de un hogar en México es de 4.1 según el último censo—, el número de personas relacionadas directa o indirectamente con el crimen ronda los 12 millones. Alrededor de 1 de cada 10 mexicanos.

Tenemos un problemón enfrente, y parece que preferimos hacer como que no existe o que es problema del gobierno.

Sabemos que las cárceles no funcionan para rehabilitar socialmente a los delincuentes y no debemos esperar, sentados quejándonos, a que el gobierno lo resuelva.

También sabemos que el costo de oportunidad de la salida de la vida del crimen es alto. Y como sociedad no tenemos mecanismos eficaces para reintegrar a los criminales.

Existe una fuerte influencia de la “cultura del narco”, pero no hay nada que se le oponga. Por ejemplo, en muchos segmentos sociales es aceptable y hasta valorado el pertenecer a pandillas o vestir emulando a los atuendos de los narcos. Los corridos cuentan historias de éxito, de valor, y honor de los narcotraficantes. Es una especie de propaganda que sobredimensiona los potenciales beneficios y matiza los costos de las actividades criminales.

El ineficiente y corrupto sistema de procuración e impartición de justicia que tenemos tampoco ayuda a incrementar el cálculo de los costos esperados.

Algo hay que hacer. Debiéramos crear mecanismos para reducir el costo de oportunidad de dejar las actividades delictivas, en los cuales los criminales se perciban como parte del cuerpo social y útiles. El punto no es “ayudar” a quienes nos hicieron daño como sociedad, sino beneficiarnos de su reintegración y contribuir a prevenir la formación de nuevos delincuentes.

Podríamos comenzar con algo muy sencillo: pláticas sistemáticas en escuelas y centros comunitarios de delincuentes ex-convictos “arrepentidos” en las que relaten sus experiencias y los costos que tuvieron por su actividad, incluyendo desde ladrones comunes de carteras hasta jefes de cárteles de narcotraficantes.

Estos relatos públicos permitirían mostrar de viva voz de los mismos delincuentes que el crimen no es una actividad rentable en el mediano plazo, proveyendo la adecuada información para que los candidatos a criminales puedan evaluar mejor su utilidad esperada.

Es algo similar a lo que se hace en escuelas de muchos países, en las que se invita a individuos que tuvieron algún accidente automovilístico provocado por el consumo de alcohol o drogas a que relaten su historia para que los estudiantes tomen sentido práctico de los costos del consumo de dichas sustancias.

Con el elevado número de delincuentes que existen en el país, y con la adecuada difusión, bastaría con que una pequeña fracción de los millones de delincuentes decidiera participar para lograr un impacto positivo en nuestra sociedad.

La operación de este tipo de iniciativas debe provenir de organizaciones de la sociedad civil. El gobierno no debe participar; el gobierno es parte en este conflicto.

Existen otros mecanismos más complejos, pero de eficacia probada bajo ciertas circunstancias, que ayudarían a reintegrar a los delincuentes y a prevenir la inserción de individuos en el crimen, como las comisiones de la verdad. Algunas organizaciones civiles ya han esbozado propuestas, pero aún sin aterrizar nada.

La evidencia de guerras civiles en distintas zonas del mundo muestra los beneficios de la reconciliación entre los grupos enfrentados de la sociedad. Y no es sugerir que no se castigue a los delincuentes, el castigo debe existir y es fundamental para incentivar a otros a no delinquir, sino pensar en dar una segunda (o tercera, o cuarta...) oportunidad como sociedad a los individuos que ya han sido castigados. Todos ganaríamos. 

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