OPINIÓN

Miguel Carbonell: Los odiadores profesionales en internet

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Por Miguel Carbonell  @MiguelCarbonell
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Miguel Carbonell es investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su cuenta de Twitter tiene más de 104,000 seguidores. Su sitio web es www.miguelcarbonell.com

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Todos tenemos uno. O varios. No hace falta ser un personaje público, ni ser muy conocido. Basta con expresar una opinión o defender una postura sobre casi cualquier tema para que aparezcan los "odiadores profesionales", cuyas voces se multiplican y reproducen hasta el infinito en internet.

Actúan desde el anonimato y no aportan nada. Son cobardes, ya que casi siempre escriben sin poner su nombre. Medran de lo que dicen los demás, ya que son inútiles para tejer cualquier forma de pensamiento propio. Su papel es destruir, insultar, llenar de odio las redes sociales.

Por sus venas corre el veneno de la envidia (esa suprema forma de admiración), lo que hace que dediquen buena parte de su tiempo y de su energía a denostar a los demás.

Antes las voces del odio se veían menguadas por el difícil acceso a los micrófonos y las páginas editoriales. En público se cuidaban de dar su punto de vista repleto de insultos, por el rechazo que de inmediato hubieran generado.

Ahora tienen a su disposición ese gran foro universal que es internet. Cualquiera puede abrir una cuenta en una red social, bajo el nombre que quiera y sin aportar más datos. Esa es una de las grandes fortalezas de las redes, pero también es la oportunidad que durante tanto tiempo estuvieron soñando los mediocres, los medrosos, los odiadores.

Personajes que en otros países estarían considerados entre lo más granado de la intelectualidad, como Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín o Jorge G. Castañeda, reciben en Twitter docenas de insultos, casi siempre enderezados por sujetos cuyo equipamiento neuronal los hace manifiestamente incapaces de entender los libros que han escrito aquellos, pero que se sienten capaces (envalentonados por el ruido general que sacude las redes sociales durante las 24 horas del día) de llenar de calificativos a quienes tienen por costumbre ejercitar la inteligencia y aportar argumentos, razones y lucidez al debate público mexicano.

Los odiadores profesionales no aportan nada. Del teclado de sus computadoras no salen teorías, explicaciones o pensamientos. Su tarea es más primitiva y animalesca: avanzan con el mazo y el cincel, arrojando improperios a todo el que se les cruce. Lo mismo se meten a discutir temas políticos que reprenden a ciudadanos anónimos por expresar su apoyo a determinada causa.

No han leído ningún expediente judicial, pero se sienten portadores de verdades esenciales y definitivas que les permiten saber –según ellos- qué persona es culpable y qué persona es inocente de haber cometido un delito.

Su empeño no es por hacer más fértil y riguroso el debate público, sino por volverlo completamente estéril: si de ellos dependiera, nadie escribiría nada. El reino con el que sueñan es el de más puro silencio, porque en ése terreno su falta de inteligencia no sería tan evidente.

Muchos llegan a cruzar la línea que separa la legalidad de la ilegalidad y contra ellos se deben presentar denuncias y alinear los instrumentos del Estado de derecho para que asuman las responsabilidades que correspondan. Lo que no se puede hacer en el mundo real, tampoco debe ser permitido con la excusa de que se lleva a cabo a través de una pantalla cibernética. Un delito es calificado como tal tanto si se realiza en la realidad física, como si se comete en la realidad virtual.

Nos guste o no, hay que aceptar la presencia de los odiadores profesionales cuando se participa en las redes sociales. Hay quienes no han soportado su acoso y han dado de baja sus cuentas, despidiéndose con un sonoro portazo. No parece la mejor opción, porque de esa manera ellos se sienten legitimados y se les va dejando terreno libre. La mejor venganza contra un troll es triunfar, leí alguna vez en Twitter y creo que quien lo escribió tiene toda la razón.

Frente al odio hay que aportar más argumentos, frente a la mediocridad se responde con empeño y compromiso, frente a los insultos se contesta con la indiferencia. Bastaría con ver a la cara a muchos de los odiadores profesionales para quedar en ese mismo momento vengados y redimidos. Veríamos entonces sus rostros opacos, su lenguaje completamente plano, su escasez de recursos mentales.

La mejor respuesta al odio es simplemente seguir adelante. Y en algunos casos extremos, la aplicación de la ley. No merecen más, esos infrasujetos que intentan rodearnos y hacernos desistir. Lo bueno es que casi nunca logran su objetivo. Lo mejor de todo es que seguimos y seguiremos escribiendo, les guste o no. Y además lo hacemos con mucho gusto, asumiendo el papel creativo que por fortuna acompaña a la gran mayoría del género humano. 

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