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Opinión: El encubrimiento y la censura con Benedicto XVI

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Por Emiliano Ruiz Parra  @ERuizParra
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Emiliano Ruiz Parra, maestro en Filosofía Política (University College London) y licenciado en Letras Hispánicas (UNAM), ha ejercido el periodismo político y social en impresos como Reforma, El Universal, Gatopardo y Quién. Autor de "Ovejas negras, rebeldes de la Iglesia mexicana del siglo XXI", libro sobre el sector disidente de la jerarquía católica.

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Un pastor rodeado de lobos. Así definió el Osservatore Romano —el periódico del Vaticano— a Benedicto XVI cuando se destapó el escándalo de los Vatileaks o filtraciones de documentos en 2012, en donde se revelaron las luchas intestinas por el poder en la Santa Sede.

Benedicto XVI anunció su abdicación como Papa de la Iglesia católica, efectiva a este 28 de febrero. En los medios de comunicación internacionales ha dominado la idea de que Joseph Ratzinger, "pastor rodeado de lobos", renunció porque fue incapaz de limpiar las redes de corrupción del Vaticano.

Incluso, Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, en su artículo de El País del 24 de febrero, lo exalta como un hombre con valentía y decisión que, sin embargo, no tuvo éxito en enfrentar los desafíos descomunales de la institución católica: la pederastia clerical y su protección sistemática, el lavado de dinero desde el banco vaticano y la disputa terrenal por el poder. De acuerdo con esta representación, Benedicto XVI era un intelectual honesto rebasando los poderes formales e informales de la curia romana.

Este juicio a Benedicto XVI no resiste un análisis profundo. El Papa alemán deja, por el contrario, claroscuros en sus ocho años de pontificado: es cierto que, por primera vez, un Papa enfrentó el tema de la pederastia, habló de él en público y pidió un genérico perdón a las víctimas.

Pero es cierto también que no se satisfizo la principal demanda de los grupos de víctimas: la apertura de los archivos eclesiásticos y la entrega de los abusadores a la justicia civil. Durante décadas, el patrón de la Iglesia católica fue cambiar de parroquia —a veces de país— a los presuntos abusadores de niños para que eludieran cualquier castigo. No hay indicios de que esta costumbre se haya extinguido. En el Vaticano tampoco se sancionó a los obispos y cardenales encubridores.

La sombra de Marcial Maciel y los Legionarios de Cristo será una marca indeleble para Benedicto XVI como ha quedado para su antecesor Juan Pablo II. Hay que recordar que el caso Maciel fue la bandera de campaña del cardenal Ratzinger en su carrera al papado: unos días antes de la muerte de Karol Wojtila, Ratzinger abrió la investigación al sacerdote mexicano. En su discurso en la apertura del cónclave repitió la frase: “¡cuánta suciedad!” para referirse a la tolerancia con los abusos dentro de la Iglesia. Salió elegido como guía de la cristiandad católica en abril de 2005.

En mayo de 2010, el Vaticano reconoció que Maciel había cometido “verdaderos delitos”. Maciel, sin embargo, tenía ya dos años de muerto. Mientras el cura mexicano estaba vivo, Benedicto declinó abrirle un juicio canónico y a lo más que llegó fue a ordenarle que se retirara a una vida de oración y penitencia, con la prohibición de oficiar en público (sagaz, Maciel desoyó el castigo y se dedicó a darse vida de rey en balnearios de Europa en compañía de su esposa, su hija y miembros de la cúpula legionaria).

Tres hechos ensombrecen la gestión papal del caso Maciel: el primero, una abierta mentira. Benedicto le dijo al periodista alemán Peter Seewald que tuvo indicios firmes de los abusos del cura michoacano hasta el año 2000. Pero en los archivos del Vaticano obraban 212 documentos que señalaban a Maciel como abusador de adolescentes desde 1944 (los documentos se compilaron en el libro La voluntad de no saber, de José Barba, Alberto Athié y Fernando M. González). Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger tenía acceso a ese expediente.

En segundo lugar, durante su visita a México, a pesar de presiones de la opinión pública y los medios de comunicación, Benedicto se negó a recibir a las víctimas de Maciel. Por ultimo, la estructura de la Legión de Cristo quedó prácticamente intocada. El delegado pontificio, cardenal Velasio de Paolis, se acomodó a cogobernar la Legión con los mismos hombres que solaparon los abusos del cura que se hacía llamar "Nuestro Padre".

No hay que olvidar que Ratzinger, antes de convertirse en Papa, fue el prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, el brazo judicial de la Iglesia católica, durante más de veinte años (1981-2004). En su escritorio se empolvaron las denuncias por pederastia clerical. Fueron esos mismos años en los que la Iglesia optó por proteger sistemáticamente a los abusadores. Benedicto XVI no ha aclarado si el encubrimiento fue una decisión suya o una orden directa de Juan Pablo II.

Por el contrario, durante esa época Ratzinger fue un eficaz censor de los disidentes. Al pensador más avanzado de la Iglesia católica, el austriaco Hans Küng, le prohibió enseñar en universidades católicas. A la Teología de la Liberación la redujo hasta casi desaparecerla. Libros sobre la vida de Jesús fueron prohibidos (como Jesús, una aproximación histórica, de José Antonio Pagola). Ya como Papa, despidió de manera fulminante al obispo de Toowoomba, William Morris, por solicitar en una carta pastoral la discusión del celibato sacerdotal y la ordenación de mujeres.

Benedicto XVI no tocó, tampoco, las grandes discusiones de la Iglesia, como la apertura del ministerio ordenado a las mujeres y los hombres casados. La Iglesia católica sigue siendo la última monarquía absoluta de Europa, gobernada por ancianos de falda larga. Mientras tanto, el agnosticismo, el Islam y las religiones cristianas protestantes acrecientan sus números. Benedicto fue un viejo inquisidor sin ánimos sinceros de reforma. Su renuncia cimbra a la Iglesia católica, pero no perturba a los lobos con sotana y solideo.

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