OPINIÓN

María Amparo Casar: El PRI, maestría en pragmatismo político

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Por María Amparo Casar  @AmparoCasar
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NOTA DEL EDITOR: María Amparo Casar es licenciada en Sociología por la UNAM; maestra y doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la University of Cambridge, King's College; catedrática e investigadora del Departamento de Estudios Políticos del CIDE; columnista en el diario Reforma; miembro de los comités editoriales de la revista Nexos y el Fondo de Cultura Económica, y colaboradora en espacios de análisis como el programa Primer Plano de Once TV México.

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Los partidos no cambian por vocación, sino por necesidad. La historia del PRI es la mejor evidencia. A este partido se le atribuye la virtud de haber sido siempre flexible, de saberse adaptar a las circunstancias, de haber tenido la destreza para cambiar de rumbo segun soplara el viento.

Lo ha hecho en su estructura organizativa y también en sus principios y programa de acción. 

En su origen nació como una federación de partidos, porque lo urgente era unificar bajo un solo mando a los caciques regionales y locales que se dividían el poder en el territorio nacional.

Logrado el propósito y superado el reto de la dispersión, lo que hacía falta era controlar a las masas movilizadas por la Revolución, y servirse de ellas como apoyo a los objetivos de la élite política. Se pasó entonces al partido de masas organizado por sectores, incluido el militar.

Poco después se juzgó riesgoso el mantener a los militares en la política, así que se volvieron a modificar los estatutos para dejar fuera a este sector.

Simultáneamente, se vio la conveniencia de dar entrada a quienes ni eran campesinos ni tampoco obreros sino un conjunto de trabajadores, profesionistas y pequeños y medianos empresarios, que se dio en llamar "sector popular" pero que era el casillero donde cabian "todos los demás".

Así, desde la perspectiva organizacional, y de acuerdo con la necesidad del momento, el PRI pasó de ser una confederación de partidos a un partido de masas, a uno corporativo y a lo que la ciencia política denomina un catch all party.

La ideología y sus aspectos programáticos también fueron cambiando y adaptándose. La mayor parte de las veces, de acuerdo con el gobernante en turno. El PRI pasó, por ejemplo, de una retórica anti-capitalista e incluso socialista, a una industrialista y proteccionista, y a otra liberal y aperturista.

Más recientemente, en la XIV Asamblea, el PRI cambió sus estatutos para protegerse de la llamada "tecnocracia" que se venía apoderando de más y mejores puestos desde que López Portillo llegara a la Presidencia. Entonces, introdujeron los candados para frenar a quienes se veían como advenedizos y sin méritos políticos y partidarios para ocupar las candidaturas a los cargos de elección popular que, además, cada vez estaban más competidos. 

Poco tiempo después, pero ya habiendo perdido la Presidencia, los priistas hicieron otro cambio programático. En esta ocasión, no se trataba de adoptar una nueva ideología con su consecuente traducción en políticas públicas. Era un cambio mucho mas modesto: la prohibición de generalizar y/o aumentar el IVA, y la negativa a aceptar inversión privada en el sector energético.

La razón: a este tipo de posturas -en particular la de haber votado en favor del aumento del IVA del 10 al 15%- se atribuía en parte la derrota electoral del 2000.

Haciendo honor a su trayectoria de pragmatismo político, en la XXI Asamblea, el PRI ha decidido volver a modificar sus estatutos y principios programáticos. Los principios programáticos había que cambiarlos porque, para materalizar la promesa de crecimiento, al presidente le hacen falta dos reformas: la energética y la fiscal. Las dos, justamente impedidas o al menos limitadas por los documentos básicos del partido.

La receta está en el pasado: el programa de acción del partido está para hacer realidad el proyecto del presidente, no al revés.

Los estatutos tambien había que cambiarlos porque -verdad de perogrullo- en el proyecto del presidente y del partido hay que seguir ganando elecciones, y los candados que se autoimpuso el PRI no se avienen bien a esta era de la competencia democrática: demasiados requisitos para conseguir una candidatura y muchas opciones de salida en caso de no obtenerla.

De un solo golpe, eliminando los requisitos de militancia y trayectoria y aceptando las candidaturas externas e independientes pero arropadas por el propio partido, se ataja o de plano se evita el transfuguismo. En un lance de audacia, el PRI podrá tener no uno sino dos candidatos en cada elección. A esto se llama pragmatismo. El PRI ha sabido ejercerlo con maestría.

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