GOBIERNO

Opinión: El presidente Peña Nieto pierde credibilidad

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Por Pablo Majluf  @ceeymx
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Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

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La creciente falta de credibilidad en el gobierno de Enrique Peña Nieto es hoy su principal adversidad y lo está acercando rápidamente hacia un fatídico cul-de-sac... un callejón sin salida.

Todos los candidatos presidenciales tienen que hacer promesas. Si no las hacen, no ganan. Y una vez que ganan, si éstas no se cumplen, tienen que reiterarlas o hacer nuevas. Pasa en todo el mundo. Sobre todo en los países con tendencias populistas como el nuestro donde las promesas son, digamos, anzuelos efímeros. 

Pero hubo algo diferente en las promesas de Peña Nieto. Comparadas con las de sus antecesores –Vicente Fox y Felipe Calderón–las suyas gozaron de cierta credibilidad. ¿A qué me refiero? A que no obstante haber recibido sólo el 38% ciento de los votos, el candidato supo conferir, iniciado su mandato, la sensación de que él –o por lo menos su equipo de ministros estelares– sabía qué hacer. Y así se vendieron: eficaces, pragmáticos, hacendosos…

La fórmula funcionó –momentáneamente– por dos razones.

Primero, porque 12 años de panismo inmóvil le dieron al nuevo presidente el beneficio de la duda. Y segundo, porque efectivamente pareció funcionar: en el primer año se aprobaron más reformas que en toda la breve historia democrática de México –¡con el consentimiento de todos los partidos!– algo que, sobre todo en materia energética, parecía francamente imposible.

El problema es que, como era previsible, nada ha cambiado. Los problemas principales de México evidentemente no se han resuelto. Somos el país del G20 que menos ha crecido este año –un ínfimo 1.8%– cuando deberíamos de ser el que más. No se ha resuelto el problema de seguridad: aunque Michoacán muestra mejoras, Tamaulipas, partes de Guerrero, y otras regiones del país siguen ingobernables. Desigualdad, educación, telecomunicaciones, movilidad social, pobreza, en fin.

Iluso, empero, era el que pensaba que los milenarios problemas de México se resolverían en tan sólo un año y medio. Pero eso no importa. Si lo que estamos evaluando es la credibilidad del presidente, la opinión pública tiene la última verdad. Y, según las mediciones, al presidente hoy sólo lo aprueban entre 37 y 48% de los mexicanos, dependiendo quién haga la encuesta. Estadística a todas leguas mediocre.

Pero el problema no es sólo que las columnas que sostenían el discurso de Peña Nieto –las trilladas reformas– aún no hayan dado fruto, sino que, para usar un cliché, todos los huevos fueron puestos en una misma canasta. Si las reformas no funcionan, o tardan demasiado en florecer (y así parece que será), el gobierno de Peña Nieto no tendrá mucho margen de maniobra. En pocas palabras, se haría realidad la fábula de Pedro y el lobo: “ahí vienen las reformas, ahí vienen las reformas…”

Ahora bien, quizá el problema –habrá que considerarlo– no sean las reformas, sino la impaciencia del pueblo mexicano; todo hombre liberal, de corazón democrático, del lado correcto de la historia, estuvo a favor de las reformas. Eran necesarias. El mundo entero estaba de acuerdo. Hoy la pregunta –además de la posibilidad de que hayan estado mal diseñadas– es si el gobierno tiene un plan B; y suponiendo que lo tuviera, si no será demasiado tarde cuando intente ponerlo en funcionamiento. Por eso, ahora, lo único que el gobierno puede pedirle al pueblo, como una religión cuyas doctrinas carecen de evidencia, es un poco de fe.

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