ECONOMÍA

Opinión: El PAN y su propuesta de aumentar al salario mínimo

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Por Fernando Rodríguez Doval  @ferdoval
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Fernando Rodríguez Doval es diputado federal por el PAN; es maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Panamericana y licenciado en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México.

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A muchos ha sorprendido la propuesta del PAN de hacer una consulta para aumentar el salario mínimo. A pocos, sin embargo, la propuesta ha dejado indiferentes un tema que, bien aprovechado, puede servirle a Acción Nacional para recuperar parte de su identidad y esencia original.

El PAN nació en 1939 en un mundo dividido entre el socialismo estatista y el individualismo liberal. Sus fundadores pretendieron asumirse como una tercera vía entre estas dos visiones, a partir de las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia católica y, posteriormente, de los postulados de la Economía Social de Mercado, tesis desarrollada por pensadores alemanes después de la segunda guerra mundial.

La Economía Social de Mercado pretende combinar la libre iniciativa con el avance social y entre sus principios fundamentales están la idea de que el empresario –sobre todo el mediano y el pequeño– es el agente central del proceso económico, la autonomía del banco central y el libre acceso a los mercados.

Como principios reguladores, por parte del Estado, propone el control sobre los monopolios a fin de garantizar la libre competencia, una política redistributiva de ingresos para beneficiar a los más pobres de forma subsidiaria, la reglamentación del trabajo sin caer en la rigidez y la existencia del salario mínimo.

En materia laboral, los grandes pensadores del humanismo socialcristiano y de la economía social de mercado han rechazado que el trabajo sea una simple mercancía sujeta a la oferta y a la demanda.

Efraín González Luna, uno de los fundadores y principal ideólogo del PAN, sostenía que el trabajo del hombre desborda el ámbito personal y tiene la virtud de servir otras vidas, siendo un agente insuperable de solidaridad y de amor.

La dignidad personal del trabajador impide que su sueldo deba ser simplemente la intersección entre las curvas de la oferta y la demanda, por lo que debe buscar garantizar sus necesidades familiares al mismo tiempo que incentivar el aumento de su productividad.

Muchas de estas tesis fueron sistematizadas en los años sesenta por Efraín González Morfin, quien fue jefe nacional del PAN y su candidato presidencial en 1970. Le llamó “solidarismo” a su doctrina, precisamente porque consideraba que la solidaridad debe ser el valor que guíe las relaciones en una sociedad caracterizada por la interdependencia entre sus miembros.

Efraín afirmaba que el PAN no era “gestor de intereses parciales”, es decir, no era un partido al servicio de una sola clase social, sino de todos los mexicanos.

Otro prominente pensador panista, Carlos Castillo Peraza, diría años más tarde que la prioridad para el PAN debían ser “los que menos tienen y más tiempo han esperado”.

Así, vemos que la propuesta del PAN de hacer un debate serio para aumentar el salario mínimo no es oportunista ni, mucho menos, ajena a su doctrina.

Por el contrario, Acción Nacional tiene plena legitimidad para proponerlo, si consideramos además que los 12 años de gobiernos federales panistas han sido los únicos en la historia reciente de México en los que el salario mínimo en términos reales no perdió poder adquisitivo.

Más que generar inflación, el aumento en el salario mínimo, si se le desvincula de las unidades de medida para multas, créditos, contratos o pagos de diverso tipo, puede producir una reactivación del mercado interno a partir de un mayor consumo de las familias. Consumo que ha caído en los últimos meses tras la aprobación de una reforma fiscal nociva para los micro, pequeños y medianos empresarios.

Muchas victorias culturales ha conseguido el PAN a lo largo de su historia. La próxima está relacionada con demostrar que puede ser un verdadero partido popular y que la lucha por un auténtico desarrollo social no es patrimonio de la izquierda, sino del humanismo político y de quienes desde hace muchas décadas han defendido en México las tesis de la economía social de mercado, las cuales permitieron la reconstrucción de varios países europeos que, tras la devastación de la segunda guerra mundial, hoy tienen impresionantes niveles de bienestar con finanzas públicas sanas y sin las políticas clientelistas, asistencialistas ni parasitarias propias de la socialdemocracia.

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